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jueves, 2 de septiembre de 2010

Creando un antipartido político ( y 04, por ahora)


Hagamos recapitulación de los artículos anteriores, en el primero hacía una declaración que debía ser la democracia, en el segundo considerá la situación actual en las democracias del sur de Europa, de las que España es paradigma, y en la tercera, apelando a Madison, denuncié cual era la situación de todos nuestros males: la presencia de los partidarios de "un partido único" con múltiples facetas y la ausencia de un contrapoder, creo que esto justifica la creación de un antipartido político, lo que a la mayoría de los lectores les puede sonar a extraño, acostumbrados como están a recibir sólo la información que elude cualquier alternativa a lo existente.

En la cuarta entrega abordaré el problema fundamental, como convencer a mis compatriotas de que todos los partidos políticos son idénticos, que en realidad conforman un partido único que es exclusivamente una representación del poder y no de nuestra voluntad soberana, de los ciudadanos a los que representa. No quiero con ello, aunque me dan ganas, acusar a todos los políticos de deshonestidad, seguro que hay muchos honestos, que incluso se dejan la vida en la obra y reciben menos de lo que entregan, pero también hay muchos que se aprovechan de su condición de representante público y los que son honestos no dicen nada, consintiendo el estado de corrupción y despropósito en el que estamos viviendo.

La pregunta clave es la siguiente: ¿qué puedo hacer, yo, ciudadano medio, asqueado de la política por el espectáculo al que estamos asistiendo, para cambiar esta miserable realidad?.

Queridos lectores, aquí estamos en páramos ignotos, yo soy uno más, no tengo ni puñetera idea, pero quiero pensar que el poder siempre ha tratado de oprimir y los seres humanos hemos logrado, poco a poco,a lo largo de la historia, zaherirnos de su opresión, porque si no yo no podría estar escribiendo ahora mismo estas palabras para publicarlas posterioremente en un blog.

Mi propuesta es crear un antipartido político, que se contraponga a todos los existentes, un contrapoder necesario e imprescindible, porque los partidos políticos se han apropiado del poder y lo utilizan en su interés, antes que en el de los ciudadanos que lo representan. La clave del proceso es regresar a la democracia, si alguna vez la hubo. Los partidos políticos representan sus propios intereses y no los de los ciudadanos que eligen a sus representantes públicos en las urnas. Siguiendo las enseñanzas de Madison, debemos crear una nueva facción que se oponga a todas las existentes, pero que no participe de sus mismas reglas, es decir un antipartido político, en el que no haya partidarios, sino ciudadanos libres y responsables que tomen decisiones y se comprometan con ellas, sin llegar a convertirse en políticos al uso, que terminen atrapados en las redes del poder. Hasta aquí el largo preámbulo, vamos a sus aplicaciones, a las acciones que alumbren su existencia.

Sé que es una locura, pero la única fórmula que veo para afrontar ese objetivo es la confianza, primero en nosotros mismos, sabiendo que somos capaces de intentarlo al menos, pero también es necesario una organización o muchas que lo hagan posible. ¿Pero quién va a estar dispuesto a hacer algo por los demás que le ocasione innumerables molestias sin recibir nada a cambio?. En una sociedad en la que el dinero es el único Dios, eso resulta prácticamente imposible. Sin recursos, tanto materiales como humanos, pocas cosas se pueden hacer. Estamos condenados a vivir en una situación de potencia que nunca alcanza el acto, es decir, de impotencia en realidad.

Vivimos en una sociedad de masas, de seres a a los que se ha desposeído de su identidad, acogotada por la cultura de la imagen y la propaganda, con unos medios de comunicación que viven de la reiteración de la misma noticia sin reflexión propia; el poder se disfraza de su mejor cara para vendernos la especie de que está haciendo todo lo que puede por nosotros y no puede hacer más. Pero las pensiones se congelan, suben los impuestos y cada día hay más gente que se va al paro o pierde su casa por no poder pagar la hipoteca.

Para participar en el juego de la política hay que alcanzar una cuota de existencia pública y eso resulta penoso y además es postergado y anulado por los medios de comunicación, más interesados en mantener el conflicto en lo existente, que en aventurarse por nuevos caminos. La sociedad está secuestrada y paga su rescate cada día con un deterioro de sus condiciones vitales y su malestar paulatino.

Todos esperamos que las cosas se resuelvan por sí mismas, pero eso no va a ocurrir, porque el poder siempre busca perpetuarse y alejar a los ciudadanos de su condición de libertad. Vivimos enajenados por el poder, nos han adoctrinado en que nuestro papel en la democracia ser resume en acudir cada cuatro años a las urnas y posteriormente vivir de una forma pasiva y servil ante lo que aconteca, nos han convertido en sociedad, en consumidores, en contribuyentes, en electores, en usuarios, en clientes, pero al mismo tiempo estamos dejando de ser humanos, con capacidad de autodefinirnos y decidir nuestro destino.

Aquí creo que está la clave del asunto, debemos desclasificarnos en todos los epígrafes en que la sociedad y el Estado nos ha convertido, debemos recobrar nuestra identidad propia, volver a ser nosotros mismos, liberándonos de todas las etiquetas asignadas con que el poder nos encadena y somete.

Verán ustedes, yo soy un ciudadano, español, demócrata y libre, que quiere vivir en paz consigo mismo y con los demás, de su trabajo y no del alpiste del Estado para que todo siga igual, creyendo que vivimos en el mejor mundo de los posibles, cuando estamos encerrados en una jaula del poder como si fuéramos periquitos, cada día con más limitaciones pero también teniendo que sacrificarnos más exclusivamente para poder seguir sobreviviendo. Quiero decidir sobre lo que me conviene o no me conviene, pero quiero hacerlo por mi mismo y no por medio de otros que me representen, bien, mal o cómo les dé la gana. La representación política en una sociedad avanzada, con ciudadanos que no somos analafabetos, con acceso a una comunicación inmediata y funcionarios suficientes para trasladar nuestras decisiones a la realidad, es sincerament un anacronismo propio de la época de nuestros bisabuelos, el último reducto de la opresión señorial del Antiguo Régimen.

Debemos dejar de creer en esta pantomiama de “democracia” para recrear la Democracia auténtica, pero para ello sólo podemos hacerlo si nos unimos, ahora mismo conozco dos lugares, aunque hay muchos más en los que se está estableciendo un debate interesante sobre estas cuestiones, uno es Movimiento Democrático, asociación a la que pertenezco, y otro es el MCRC, a la que no pertenezco, pero que tiene mi confianza en que también busca como objetivo cambiar esta miserable realidad de la política en España.

Pues nada, aquí concluyen los episodios de la creación de un antipartido político, recomendando dos asociaciones en las que al menos se está produciendo un debate sobre la mezquina realidad política en la que estamos viviendo. Lo único que puede decir es que no pare la música, vamos a ver si entre todos somos capaces de crear una alternativa a lo existente, porque aunque no lo creamos, sólo depende de nosotros mismos, como decía Unamuno, quien confía en sí mismo no necesita que los demás confíen en él. Nos vemos y continuamos con la épica batalla de cómo podemos ser sociales sin dejar de ser nosotros mismos, lo que se explica muy fácil si en vez de un conglomerado de individuos informe, una masa, que es lo que le interesa al poder, consideramos que la sociedad debe ser un agregado de ciudadanos, con identidad propia, que saben que no pueden ser enajenados declarándolos partidarios de un poder único con muchas caras.

Ahí está la clave, en dejar de ser partidarios de todo lo que existe en la política actual, algo que nos enajena, para ser dueños de nuestro destino creando algo nuevo que se oponga a todo lo existente. Ahora depende de todos y cada uno de nosotros. Manos a la obra, porque la unión hace la fuerza.

Biante de Priena

Creando un antipartido político (03)

"Dejemos de ser partidarios, derribando el muro de los partidos políticos que nos separa artificialmente, porque las cosas que nos unen son muchas más que las que separan a los ciudadanos. Los partidos políticos son exclusivamente una representación del poder que nos asfixia, no de los electores que han votado por ellos, salgamos de la hipnosis".

Maldito gobierno

Quizás no sea bueno organizar las cosas con urgencia, pero es extraordinariamente absurdo mantener una paciencia infinita con los impresentables que se han acantonado en la fortaleza del poder para vivir magníficamente a costa de nuestros impuestos. La situación política que atravesamos en España es penosa, como decíamos ayer, con un 78,9 % de ciudadanos que desconfían de su Presidente de Gobierno, juicio en la que una mayoría de militantes socialistas coinciden. Aunque no lo creamos estamos viviendo una situación histórica, sin precedentes en la democracia española.

Porque el pueblo está siendo “malgobernado” contra su voluntad en una "democracia", sometido, acallado, oprimido, pero nada puede hacer para eludir la coerción del poder, más que esperar hasta la próxima convocatoria electoral para manifestar su descontento. Esta coyuntura es un anacronismo propio del Antiguo Régimen en el que había un poder absoluto con súbditos y siervos. Hoy, sin embargo, somos ciudadanos libres y soberanos y para poco nos sirve, gracias a que la oligarquía de facciones que son los partidos políticos, forman el entramado de poder que nos aherroja a su voluntad. La voluntad del pueblo no debería restringirse exclusivamente a los periodos electorales, a la conveniencia de los representantes políticos que se han convertido en señores feudales, pasándose la Constitución por el forro, administrando el poder de forma tiránica, para mantener sus privilegios en contra de los intereses generales.

Vivimos en un régimen de perversión de la democracia, una degeneración del “contrato social” que estableció Jean Jacques Rousseau en su día. En España ya no hay democracia, sólo oclocracia y behetría. La oclocracia es el gobierno de los tiranos que se apoyan en las muchedumbres a las que alimentan para permanecer en el poder. Las muchedumbres son instruidas y amaestradas por los sindicatos (alter ego del PSOE) para que hagan lo que le conviene a los gobernantes, y anestesiadas en la confusión por los medios de comunicación con propaganda de forma permanente. La behetría de forma resumida es la elección de amo a que tenían derecho los siervos en algunos lugares y en otros tiempos.


Maldita oposición

¿Y qué hace la oposición mientras tanto?, esperar a ver como su enemigo cae derribado sobre los españoles, sin hacer nada, porque en realidad lo único que les interesa es la conquista del poder y no la penosa situación que estamos atravesando y a la que nos han condenado entre todos lo políticos que se han elegido en las urnas. La oposición tampoco representa los intereses de los ciudadanos, sino los suyos propios.

La clave está en el poder y su apropiación indebida, el poder permite repartir los recursos públicos entre aquellos que a los que mandan bien les parezca, algo más propio de un régimen trasnochado que de una democracia avanzada. Los gobiernos se corrompen, pero para eludir el dedo acusador de la justicia, establecen una política clientelar entre los afines para que acallen cualquier crítica o reacción a la detentación y la usurpación. El pueblo español, formado por soberanos y ciudadanos, se ve entonces postergado de las decisiones porque los que viven a la sombra del poder han ocupado todos los espacios de resistencia y dirigen las críticas, que siempre serán amortiguadas en beneficio exclusivo de su supervivencia. Un ejemplo son los sindicatos, otro las asociaciones y colectivos, pero quizas el más paradigmático sea la creación de nuevos partidos políticos, como Ciutadans y UPyD que en realidad sirven de cinturón de hierro para proteger a los que administran el poder, con sus críticas para desahogo de los creyentes en que un cambio de partido por una convocatoria electoral sería suficiente para que cambiaran las cosas. Algo realmente imposible, porque el régimen oclocrático español, la behetría en la que vivimos está putrefacto y agotado. Cambiar los collares a los perros no impedirá que nos sigan mordiendo.

La hora de la verdad

Por eso es necesaria y urgente la creación de un antipartido político en España, que con los rastrojos en los que se ha quedado la Constitución Española tras las agresiones a que ha sido sometida por los políticos exija un cambio de régimen, desde una democracia autoritaria y limitada hasta una democracia real y definitiva. Aunque la gente se piense que estamos muy mal, realmente estamos muy bien, debemos dar las gracias a José Luis Rodríguez Zapatero por haberse cargado la gallina de los huevos de oro de la partitocracia española, tanto como a Fernando VII por sus felonías que permitieron que la realidad para los ciudadanos diera un salto cualitativo hacia la democracia y la libertad. Hoy los españoles estamos siendo testigos de primera fila de lo que es la política y sus miserias como nunca antes lo habíamos sido, ni en el franquismo, ni en el GAL, ni en el 11-M. Ahora es la ocasión para que las cosas cambien de forma definitiva en España y para siempre.

Un antipartido político tendrá siempre como objetivo eliminar la representación indirecta de los ciudadanos y la concentración de poder en manos de los nuevos señores feudales de las distintas siglas. Mostrar a los ciudadanos la auténtica realidad mafiosa de la política. Promover el abandono de los modelos autoritarios de poder, para fomentar la autoridad desde el respeto de los ciudadanos y no desde la imposición de los privilegiados. Y si es necesario, organizar la resistencia y la desobediencia civil ante la tiranía y opresión de los partidos políticos. Quizás no sea la única solución, porque un antipartido político exige a los ciudadanos un criterio propio y libre en sus decisiones, una responsabilidad política de la que hoy carecen, porque son tratados como niños pequeños por un poder paternal que les ofrece la solución a todos sus problemas, cuando en realidad es la fuente fundamental de todos ellos.

Un antipartido político exige que los ciudadanos renieguen de los partidos políticos para hacer política sin abandonar su condición de ciudadanos, es un reto a nuestra inteligencia, porque conquistar la democracia y la libertad siempre ha sido, es y será un producto de la lucha de los ciudadanos contra el poder que trata de oprimirlos y neutralizar todas sus aspiraciones. El gran engaño al que nos someten los partidos políticos es simular que defieneden cosas diferentes, haciéndonos PARTIDARIOSde sus opciones, por eso para crear un ANTIPARTIDO POLÍTICO hay que prescindir de los engaños a los que nos someten: el PP defendiendo la libertad y la buena administración, el PSOE defendiendo la igualdad y el equilibrio social, los Nacionalisas defendiendo su diferencia, y todos ellos acusando a los demás de los males de sus electores. Salgamos de esa patraña y embuste que nos enfrenta permanentemente, los ciudadanos españoles tenemos muchas más cosas en común de las que nos separan, pero los partidos políticos convencionales nos hacen vivir en la ilusión de que no es así.

Ahora o nunca

Debemos hacernos antipartidarios de todos ellos, esa es la esencia de un Antipartido Político, para podernos hacer partidarios de nosotros mismos y defender nuestros intereses directamente, sin representación. ¿Acaso no hay nada que nos interese a todos los españoles?, por supuesto que lo hay, todos queremos justicia, libertad, igualdad, democracia, transparencia y bienestar, y que dejen de engañarnos los aprovechados, pues es hora de ponerse de acuerdo.

Madison, el cuarto presidente de los Estados Unidos, lo expresó diciendo que si bien las facciones podrían operar en el detrimento de la sociedad, la solución no fue la prohibición de los grupos organizados ni la subordinación de éstos al Estado, sino el fomento de su proliferación. Cuando una facción se enfrenta a otras, según Madison, la pluralidad de los grupos ayudaría a asegurar que ningún sector de la sociedad domine al resto. Este concepto Madisoniano del pluralismo constituye un principio fundamental de la vida política estadounidense. Pero la realidad es que todos los partidos políticos y sus partidarios se han quedado sin oposición, por eso la necesidad de crear un antipartido político que se oponga a todos ellos para que la democracia vuelva a funcionar, en el supuesto de que algún día hubiera habido una democracia en España.

En España no hay diversos partidos políticos, ese es el engaño, todos forman un partido único con distintas caretas que representan un único interés, ellos, los políticos, arriba, como los nuevos señores, la nueva aristocracia política, y los ciudadanos abajo, como siervos, manteniéndoles, para que sigan viviendo a nuestra costa y además jodiéndonos la vida. Un antipartido político debe enfrentarse a todos ellos, para que haya al menos dos facciones, una que represente los intereses del poder y otra que represente los intereses de los ciudadanos que soportan los desmanes del poder.

Un antipartido político exige de antemano que cada ciudadano ocupe su puesto en la defensa de la libertad, la democracia y la justicia, que el pueblo español deje de ser un adolescente distraido para convertirse en un adulto con responsabilidad política. Dejemos de culpar a los demás de nuestros males de una puñetera vez, porque si los políticos hacen con nosotros lo que les da la gana, sin duda es por qué se lo consentimos.

No hay excusa, ni disculpa, ha llegado la hora de la verdad: acabamos con los partidos políticos convencionales o ellos acabarán con nuestro bienestar, más tarde con nuestro destino y el de nuestros hijos, y por último con nuestra vida. A los partidos políticos sólo les importa lograr el poder para disfrutar de sus privilegios, igual que ayer a los señores feudales, los ciudadanos somos una molesta circunstancia en su hoja de ruta.

Biante de Priena

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Elogio de la diversidad


¿Sómos iguales o diferentes?, esa pregunta tan sencilla ha cruzado la Cultura Occidental a lo largo de la historia, consolidándose con el tiempo dos posiciones diferenciadas: la liberal y la socialista. Los liberales defienden la diversidad sin negar la igualdad, consideran que la justicia debe ofrecer equidad de partida y privilegio en destino a quien se lo merezca, porque sería injusto que quien nada hace ni por si mismo, ni por los demás, sin causa que lo justifique, recibiera lo mismo que los que se esfuerzan, trabajan y luchan por salir adelante, y al mismo tiempo, hacer que su sociedad avance con ellos.

El socialismo parte de un principio de justicia opuesto, fundamentado en el marxismo, que favorece la dependencia y la victimización de la sociedad: de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad. En realidad, procura el privilegio en origen para aquellos que expresan su perjuicio (unos con razón, otros sin ella; unos de forma injusta y otros justa) y la equidad en destino para todo el mundo. Un mal control en los criterios de dependencia o victimismo por parte de los evaluadores, puede acabar derivando en una sociedad parasitaria, en la que los que no hacen nada ni por sí mismos, ni por los demás (muchos de ellos sin otro motivo que la pereza, la ignorancia, o la soberbia contemplativa) resulten privilegiados, a costa de que los que se esfuerzan, trabajan y luchan sean cada día más perjudicados.

La diversidad también incluye la igualdad como una de sus opciones, la diversidad no es una fuente de privilegio, sino una conquista de la libertad. Ser libre es poder distinguirse o asemejarse a los demás, también saber hacerlo. Sin embargo las ideologías que atentan contra la diversidad realmente existente en nuestra sociedad buscan desde una tendencia totalitaria homologar y etiquetar a los seres humanos en categorías espúreas y artificiosas, por ejemplo mujeres y hombres, como si todas las mujeres, por ser mujeres tuvieran la obligación de pensar, decir y comportarse según el estereotipo esperado por los que administran el poder, y todos los hombres encajar en la clasificación prevista por los que diseñan como debe ser la sociedad en sus proyectos.

Lo digo con claridad y contundencia, el socialismo ejerce una violencia extraordinaria sobre los seres humanos, forzando a la homogeneidad singular la diversidad y la pluralidad realmente existente en los seres humanos, siempre favorable a sus pretensiones; por el contrario el liberalismo respeta la diversidad existente y fundamenta el desarrollo de la sociedad en que los seres humanos alcancen plenitud en sus diferencias. Sin embargo, al contrario de lo que establece la propaganda socialista, el liberalismo no fomenta la diferencia, ni los privilegios, ni las ventajas por haber nacido bajo las estrellas o las lámparas de cristal de roca; es al contrario, precisamente, el liberalismo pone un límite a la desigualdad, que no es otro que la justicia, que debe equilibrar las posiciones de partida, pero nunca las de destino, pues eso sería asfixiar la libertad de los seres humanos y su desarrollo en plenitud, y por lo tanto una injusticia para los que destacan en alguna particularidad, concediéndoles lo mismo que aquellos que no destacan en ninguna.

Quizás se comprenda mejor entendiendo el concepto de justicia que distingue al socialismo del liberalismo, los socialistas tratan de recortar las posibilidades de desarrollo de los seres humanos acorralándolos como gallinas en un gallinero, en esa tendencia totalitaria de organizar la existencia de los individuos y someterla a su interpretación de lo que debe ser su utopía social, las gallinas deben estar en un recinto que permita a los granjeros recoger sus huevos con facilidad (por el bien del Estado). Al contrario, la justicia liberal entiende que las gallinas son libres de poner los huevos donde quieran y es el granjero el que debe descubrir sus nidales y recogerlos. El liberalismo considera que los tres elementos fundamentales para la existencia humana en plenitud son la libertad, la igualdad y la justicia (así se inscribía en la bandera liberal  de aquellos que dotaron al pueblo español de soberanía en 1812), sin embargo el socialismo considera que la libertad es un lujo que debe someterse a la conquista de la igualdad, y la justicia consiste en hacerlo posible, transformándose en justicia social, que es una extraordinaria forma de injusticia, pues los seres humanos dejan de existir como individuos, para existir como elementos idénticos, casi clónicos, del conglomerado social.

El socialismo tiene un grave problema que nunca se ha resuelto, al asfixiar la libertad de los individuos, debe ofrecer una alternativa, lo que hace sometiendo la realidad a su ideología, estableciendo planes y diseños, que terminan convirtiéndose en utopías e ingentes legiones de burócratas empeñados en lograr la cuadratura del círculo. Esto conduce al fracaso económico de las políticas que buscan transformar la sociedad en un paraiso, porque el socialismo, es heredero de la religión cristiana a la que tiene pretensión de sustituir y está empeñado en que regresemos al mundo de Adan y Eva, cueste lo que cueste, al precio de demostrar a la historia su hegomonía ideológica. Lo cierto es que todos los experimentos han concluido en fracaso, tanto en los regímenes autoritarios como la extinta Unión Soviética, Corea del Norte o Cuba, y actualmente Venezuela, pero también en las democracias, con la excepción de las democracias nórdicas imbuidas de calvinismo y responsabilidad, allí donde el socialismo ha gobernado a lo largo de la historia, ha logrado reducir la riqueza sin resolver nunca los poblemas de la pobreza, por ejemplo, actualmente en España sigue habiendo un 20 % de pobres (por debajo de la línea de pobreza) igual que los había en 1978 cuando la democracia comenzaba, sin embargo lo que si ha conseguido el socialismo es que haya menos ricos, y la gente aún teniendo más recursos viva en peores circunstancias, salvo los que se han beneficiado del Estado Providencia patrocinado por el socialismo, no siempre de forma justa, sino favorecida de forma clientelar.

Cierto es que una sociedad avanzada económicamente del siglo XXI, aunque políticamente se halle más próxima al siglo XIX debe exigir al Estado que procure un mínimo de bienestar y los logros sociales alcanzados a lo largo de la historia por los partidos de izquierdas son hoy patrimonio de las democracias, aunque los partidos de izquierdas, que se han apropiado de lo público como si les perteneciera en exclusiva y solamente desde el socialismo pudiera patrocinarse, han logrado que se cuestione si lo público no es sólo un pesebre para los partidos de izquierda y afines. No es cierto que todas los avances sociales se hayan hecho gracias al socialismo, algo que resulta esperpéntico, porque hasta en época de la dictadura se hicieron hospitales, escuelas, juzgados, carreteras y se creo la Seguridad Social (que hoy tratan de fragmentar para salvar los presupuestos).

El socialismo tiene la pretensión de establecer la hegemonía de lo público sobre lo privado, y para alcanzar sus objetivos no duda en sacrificar la libertad de los individuos: diciéndoles que deben hacer, como deben hacerlo, y cuándo, dónde y por qué. Se resume en la frase prepotente de "no podemos conducir por ti", como si los accidentes de tráfico fueran exclusiva responsabilidad de los conductores y el Estado no tuviera nada que ver por tener una red viaria inadecuada, obsoleta y peligrosa. Esa actitud de criminalización de los ciudadanos en su vida privada es una característica singular del socialismo, porque atribuye todos los males de nuestr sociedad a los errores y equivocaciones de los seres humanos no suficientemente instruidos en el camino de su verdad, por eso cuando la realidad señala con el dedo a un gobierno socialista por haber cometido graves errores y no saber resolverlos, los socialistas sonrien y nos recuerdan que ellos son los buenos, porque los malos siempre son los de la derecha... Verán ustedes, yo soy liberal, ni socialista ni conservador, y para mí ambas ideologías son opresoras, maniqueas, arcaicas e inadecuadas para resolver los problemas que tenemos los ciudadanos.

Al final, y no se dan cuenta, da igual que nos muramos porque nos atropelle un camión o una moto, habremos dejado esta vida por un accidente. Lo que quiere decir que si alguien nos acaba distorsionando la existencia a la mayoría de los españoles, nos da exactamente lo mismo que sea por los mejores motivos que por los peores, nos ha jodido y vamos a tener que ser nosotros, en nuetra diversidad natural, los que acabemos pagando los platos rotos de su bacanal de poder.

Definitivamente somos diferentes de forma natural y la igualdad es una pretensión de la cultura. Cuanto más avanzadas son las sociedades más se homologan en equidad las condiciones de cultivo de la especie, pero nunca hasta el punto de quebrar el desarrollo posible de los individuos, para que no le acabe jodiendo los planes al diseñador (aprendiz de Dios). Esa filosofía política es regresiva y nos conducirá más temparano que tarde al retroceso cultural, político, social y humano, de regreso a las cavernas, aunque algunos ecologistas estarán francamente satisfechos de los resultados y lo denominarán progreso.

Muchas gracias de todas formas, la próxima vez les ruego que no se les ocurra salvarnos de nosotros mismos, esto va dirigido a los socialistas y a los conservadores, indistintamente, y a todo aquel aprendiz de brujo que quiera jugar a Dios en sus delirios de grandeza.

Biante de Priena

Creando un antipartido político (02)


La situación en España.

Si analizamos la situación de la opinión pública en España hacia los partidos políticos, observamos un patrón similar al de otras democracias del sur de Europa. Los españoles no estamos satisfechos con los partidos políticos, al contrario, en 1992 considerábamos que carecían de democracia interna y que eran fuente de corrupción y que esta seguría creciendo, así lo expresaban al menos un 80 % de los españoles en la encuesta realizada por Amando de Miguel para su informe La sociedad española 1993-1994, publicado por Alianza Editorial. A fecha actual posiblemente esas cifras se hayan elevado.

Elentir, uno de los blogueros inasequibles al desaliento en su crítica con la deriva de la política española, recientemente nos informaba (5/08/2010) que el descontento de los españoles con la clase política estaba en la cifra más elevada de los últimos 25 años (incluso por encima de la época del GAL), habiendo pasado en un solo año, de 10,8 al 21,7 % de los españoles, cuando el año previo el descontento había sido sólo del 6,9 %, siendo la tercera causa de preocupación social de los españoles, tras el paro y la crisis económica y por delante del terrorismo y la inmigración. Actualmente, el descontento con la clase política alcanza al 28,1 % de los españoles, y sigue creciendo.

En cuanto a la desconfianza en el Presidente Rodríguez Zapatero alcanza la cifra del 78,9 % de los españoles. Por primera vez en la historia reciente, hay más votantes socialistas (54,8 %) que desconfían de él, que los que confían en sus palabras (43,5 %). Un dato que en otro país más respetuoso con la democracia, sugeriría su dimisión inmediata, la destitución por su partido o una moción de censura. Un presidente de gobierno que agrada al 21,1 % de los ciudadanos que gobierna, sólo puede sostenerse en el poder por mecanismos autoritarios, más propios de una dictadura que de una democracia. Y todavía quedan prácticamente dos años de legislatura en los que la situación empeorará aún más con seguridad.

Los partidos políticos españoles han sufrido un deterioro progresivo en su imagen ante la opinión pública desde los años ochenta, especialmente debido a la corrupción, como nos indicaba Wert en un capítulo de Entre Dos Siglos, Reflexiones sobre la Democracia Española, también publicado por Alianza Editorial en 1996.

El antipartidismo político, un fenómeno en auge en el Sur de Europa

Torcal, Gunther y Montero, publican en 2001 un trabajo interesante titulado: “Anti-Party Sentiments in Southern Europe” en el que analizan el fenómeno del antipartidismo en países de la Unión Europea como España, Portugal, Italia y Grecia, considerando dos tipos básicos de antipartidismo: el reactivo y el cultural.

Por antipartidismo reactivo, comprenden una posición crítica de los ciudadanos en respuesta a la insatisfacción con los partidos políticos que los representan y las instituciones, como producto de la inconsistencia de promesas (exageradas), los excesos retóricos de los líderes políticos (populismo) y la desorbitación ideológica de los partidos (irreconocibles), que se fundamenta en el exceso de promesas incumplidas, el reparto de privilegios para los propios, el despilfarro de lor recursos públicos, el clientelismo y la corrupción. El antipartidismo reactivo es coyuntural, se relaciona con los hechos recientes.

El antipartidismo cultural, fundamentado en la historia y tradición de los países del Sur de Europa, en los que se han cultivado con frecuencia regímenes autoritarios, que cuando han sido superados han derivado en “democracias limitadas”, patrones clientelares, coerción de los ciudadanos utilizando los recursos públicos, propaganda masiva y corrupción indiscriminada. Este antipartidismo proviene de la castración a que han sido sometidas las democracias europeas, tanto por regímenes autoritarios como supuestamente democráticos. En antipartidismo cultural es estructural, con una larga tradición histórica anclada en el desengaño y el escepticismo.

Los autores concluyen diciendo que el fenómeno del antipartidismo se traduce en conductas de desafecto, apatía y baja participación electoral, que son específicas de cada país, pero que no tienen por qué significar un distanciamiento de la democracia, sino al contrario, una fe en la democracia que ha sido defraudada por las élítes que controlan los partidos políticos.

Cultivando el mañana

Tras la observación de los resultados expuestos es importante considerar que el malestar con los partidos políticos no se traduce de forma inmediata en una reacción contra ellos, al contrario, la tolerancia de los ciudadanos con los desmanes en democracia es inmensa, sobretodo en los países del Sur de Europa acostumbrados históricamente a regímenes autoritarios.

Los medios de comunicación nos cuentan cada día los excesos de los partidos políticos en la democracia española, pero la paciencia de los ciudadanos ante los mismos es un pozo sin fondo, algo que conocen y aprovechan las élites políticas. En realidad es necesario hacerse la pregunta de si ha existido en los países del Sur de Europa una auténtica democracia o simplemente, el autoritarismo se ha disfrazado de demócrata.

En nuestro país hay muy poca gente que haya oído siquiera hablar de un “antipartido político”, algo que es mucho más conocido en las democracias del Norte de Europa, en la que algunos antipartidos han alcanzado representación política, especialmente en el Parlamento Europeo. La política en España es un solar en el que campan por sus fueros comportamientos políticos impropios de una democracia. Sin embargo, las cosas están cambiando muy deprisa gracias al incremento de comunicación directa, fundamentalmente por internet y a la aparición de medios de comunicación críticos con la deriva de los partidos políticos.

Pero la ausencia de cultura política en los ciudadanos españoles es prácticamente absoluta, pues sólo una minoría conoce “la caja negra” del funcionamiento de la política en nuestro país, fundamentalmente por la usurpación y detentación a que someten la democracia los partidos políticos, y todavía son menos los que saben sus derechos y están dispuestos a defenderlos ante el Estado, máxima representación política del poder. Es necesario por ello imbuir a la opinión pública española en la cultura política que le han hurtado los partidos políticos convencionales, como primera etapa de un mañana diferente.

Quizás todavía sea prematuro hablar de antipartidos políticos en España, pero sin duda hacerlo abre numerosas posibilidades que hasta ahora habían estado veladas y vetadas, gracias al acotamiento del poder y la información política por los partidos políticos convencionales. La miseria de la política española es inmensa, solo tiene parangón con la época anterior a 1812, en aquellos que defendían el absolutismo del Antiguo Régimen, donde los españoles eran considerados súbditos y siervos y no soberanos y ciudadanos.


El mañana se cultiva hoy y de lo que no se habla no existe, en una cultura intermediada por los medios de comunicación y tutelada por los partidos políticos convencionales, la primera batalla hay que resolverla superando la ignorancia inducida en los ciudadanos por los partidos políticos, negando que hay otra cosa diferente a lo que existe como hacían en épocas pretéritas los poderosos, para mantenerse de forma perpetua en sus privilegios.

Sólo un criterio propio formado en el conocimiento (y no en la propaganda) nos hará libres, no las verdades reveladas con las que someten nuestra existencia los mezquinos que dirigen el país sin saber que es gobernar, que en realidad es hacer lo que nosotros queremos, no lo que ellos quieren, porque eso es mandar, algo más propio de las dictaduras que de las democracias.


Continuará...

Crando un antipartido político (01): el Regreso a la Democracia

Biante de Priena

Creando un antipartido político (01)


Hagamos una reflexión política: las cosas ocurren cuando son posibles, porque las cosas imposibles no pueden ocurrir. Imposible es que los partidos políticos convencionales evolucionen hacia la democracia cuando su objetivo máximo es conculcarla, imposible es que los partidos políticos convencionales evolucionen hacia la libertad porque su objetivo es la opresión de los ciudadanos a través del engaño y la propaganda. Noam Chomsky decía que la propaganda es en una democracia lo mismo que la coerción en un Estado totalitario. Por mi parte, me atrevo a decir que la propaganda es la coerción que transforma una democracia en un Estado totalitario.

Imposible también es que los partidos políticos convencionales evolucionen hacia la igualdad y la equidad, porque estan conformados de forma jerárquica, con principios autoritarios patriarcales. Se fundamentan en la concentración del poder y en la usurpación de la representación ciudadana para establecer privilegios para su grey, que resultan insoportables en una sociedad avanzada del siglo XXI. Los partidos convencionales convierten a los políticos en señores y a los ciudadanos en sus vasallos, olvidando que los ciudadanos somos los soberanos de nuestra realidad.

También es imposible que un partido político convencional y en general todos ellos, evolucionen hacia el respeto por la justicia, porque en su inanidad su pretensión es la de acabar con la independencia del poder judicial y someterlo a los intereses de la política, algo que además de acabar con la democracia, les permite seguir por el camino de la corrupción y el nepotismo.

No es menos imposible que los partidos políticos convencionales sobrevivan en la transparencia, sino más bien lo contrario, en la ocultación y la opacidad realizan sus acciones, aunque con el envoltorio de que todo está expuesto a los ojos de los espectadores y la opinión pública, de lo que se encargan los medios de comunicación que viven en simbiosis con los partidos políticos y en parasitismo con la democracia y los ciudadanos. La transparecia es fundamental en la gestión de los recursos públicos que administran los partidos políticos convencionales con el único objetivo de perpetuarse en el poder, siendo secundario si su utilización beneficia o perjudica a los ciudadanos.

Y por último no es menos imposible que los partidos políticos convencionales dejen de utilizar la democracia en su interés y no en el de los ciudadanos, por medio de la acotación y concentración del poder en la organización de los procesos electorales, a los que los ciudadanos deben acudir para ratificar lo que han decidido y la única elección que se permite a los ciudadanos es la de elegir a unos para que los contrarios no salgan elegidos. Establecida la dialéctica del conflicto que favorece al maniqueismo, sólo queda acabar con la tolerancia, pues los votos se cultivan en la difamación, la negación del contrario y el sarcasmo, porque son un sucedáneo arcaico de los conflictos bélicos como puede ser el fútbol.

Decía al comienzo y reitero ahora que las cosas ocurren cuando son posibles, por eso ahora que la partitocracia a acorralado a la democracia asfixiando su existencia es necesario hacer una reflexión sobre la utilidad de los partidos políticos convencionales en pleno siglo de las comunicaciones inmediatas.

Los partidos políticos convencionales tuvieron su época álgida en la democracia del siglo XX, pero hoy, desgraciadamente, se han convertido en un obstáculo para el desarrollo de una convivencia óptima entre los ciudadanos y la búsqueda conjunta del bienestar. Los partidos políticos convencionales son un survival de otros tiempos que siguen presentes en nuestra realidad gracias a su detentación del poder, a sus organizaciones jerárquicas y burocráticas, a la propaganda, al apoyo de los medios de comunicación a su discurso ambivalente, y al aletargamiento de los ciudadanos, sometidos a un poder que deberían someter, porque la política debe estar al servicio de los ciudadanos y no a la inversa, los ciudadanos al servicio de la política.

Hoy los ciudadanos, erradicado el analfabetismo, tienen formación suficiente para decidir por sí mismos lo que les conviene, no necesitando la representación que les ofrecían a sus bisabuelos. Hoy las nuevas tecnologías permiten la comunicación inmediata, lo que favorece que los acuerdos puedan ser multitudinarios y no limitados a los los designados por los jefes de filas de los partidos políticos convencionales y asumidos estoicamente por sus representados.

Un antipartido político tiene como objetivo recobrar la plenitud de la democracia y no seguir sirviendo a la pantomima teatral que se establece en su nombre por los partidos políticos convencionales. Es hora de que la democracia evolucione y se adapte a las circunstancias de nuestro tiempo, en terminología actual es hora de que la democracia se renueve y supere la versión anticuada, agotada, y destrozada por los partidos políticos convencionales. Es hora de dar un paso hacia el futuro, sin olvidar el pasado. Es hora de que la política sea instrumental a nuestras necesidades y deseos y no que los ciudadanos seamos instrumentales a los deseos y necesidades de los partidos políticos convencionales. Ahora es posible... y necesario.

Biante de Priena

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