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viernes, 10 de febrero de 2012

Montesquieu despide a Garzón


"Los jueces deben recordar que su misión es jus dicere, y no jus dare : interpretar la ley, y no hacerla o dictarla." Francis Bacon

Tras la sentencia condenatoria por unanimidad del ex juez Garzón, emitida ayer por la Sala Segunda del Tribunal Supremo, por la que se establece su inhabilitación como magistrado por los próximos once años, asistimos en este país a la penúltima entrega del drama que las izquierdas nos vienen concediendo desde que abandonaron el poder por decisión de los españoles que acudieron a las urnas.

Cierto es que el PSOE nunca había perdido tanto poder en España desde 1982, pero también es cierto que en los dos episodios que han gobernado este país lo han dejado destrozado. Pero de eso a las izquierdas no les gusta hablar, con su memoria histórica selectiva, que olvida los 2,8 millones de parados que ha creado con sus políticas progresistas en aras de la igualdad, un pérdida de renta per cápita del 25 % en los últimos ocho años, un déficit del Estado final del 8,2 % (tras haber mentido a los españoles una vez más diciendo que solo sería del 6,2 %) y unos problemas con la deuda que amenazan la supervivencia del Estado del Bienestar.

Una vez más la propaganda del PSOE nos indica el origen de todos nuestros problemas: la derecha; en la política, en la economía, en la educación, en la justicia, en la cultura, en el Estado del Bienestar. Todos los problemas que los españoles tenemos son causados por la derecha, aunque parece que la derecha se ha encontrado con ellos tras siete años de gobierno del PSOE, pero eso les da igual.

Pero volviendo al caso Garzón (que según la izquierda "no existía"), con la sentencia que hoy se ha pronunciado comienza el fin de una época en la que la justicia ha estado subyugada a la política y que mejor declaración de intenciones de la independencia judicial que juzgar a uno de los suyos y condenarle, precisamente por haber sido el máximo representante de la justicia politizada y sectaria, al servicio del poder correspondiente. Que a nadie se le olvide que Garzón fue candidato por el PSOE en su día y luego regresó a la política para juzgar "a la derecha" e inmunizar "a la izquierda".

Dos posiciones confrontadas parece que adoptan los españoles, una que aboga por la plena independencia de la Justicia de la política (posición mayoritaria de los lectores de este blog 158 de 159 lectores se han decantado por esta posición en la encuesta que se viene realizando, hasta ahora), y otra que aboga por la dependencia de la Justicia de la política. La primera defendida por los que consideran que la causa de la mayoría de los problemas que tenemos con la política, corrupción, privilegios insoportables, actitudes caciquiles, patentes de corso, son fruto de la injerencia de los partidos políticos en la justicia; mientras que la segunda considera que los jueces deben hacer justicia social, es decir interpretar las leyes según el catecismo socialista y el sectarismo más patético, porque todo el mundo sabe que cuando un socialista roba lo hace por defender la igualdad y cuando lo hace alguien de la derecha lo hace por defender sus privilegios. Actualmente hay ex ministros y ex consejeros imputados por casos de corrupción, pero evidentemente esto no les preocupa a los que consideran que la justicia sólo debe utilizarse para juzgar a los otros y nunca a los propios.

El grave problema que tiene la izquierda de este país, en particular la afincada en el PSOE, pero no menos la de IU, la de UPyD, o los engendros nacionalistas de izquierdas como Amaiur o ERC, es que ha perdido su principal esencia identitaria tras la égida del adanista: la autocrítica.

Se ha visto en el reciente Congreso del PSOE, en el que la opción que promovió a Carmen Chacón como Secretaria General pretendía pasar de puntillas sobre el pasado inmediato, en una autocomplacencia vomitiva tras el legado que han dejado en este país. Tan solo 22 votos permitieron que un Rubalcaba acogotado se hiciera con el poder en el PSOE, laminando de forma inmediata a sus opositores, y aunque tampoco están dispuestos a hacer mucha autocrítica de su gestión y devenir, por lo menos no niegan la realidad con tanto desparpajo como los chaconistas.

En el caso de Garzón acudimos a un espectáculo bochornoso, una auténtica ceremonia de la confusión en la que todo se mezcla para que no se entienda nada. El juez estelar no ha sido condenado por ser de izquierdas, sino por prevaricar, es decir, por hacer algo penado por la ley que él prometió respetar en su día y que ha incumplido, según sentencia del Supremo.

La pretensión de la izquierda más asilvestrada, de que no se juzguen los delitos de Garzón, es en realidad, un desplazamiento más generalizado de que no se juzgue su gestión de la realidad, con una oposición frontal al Estado de Derecho al que cuestionan, así como a sus más altas instancias; ejerciendo un nuevo chantaje a los españoles, porque si se atreven a juzgar los crímenes contra la razón en nombre de la progresía, los que nos han dejado el país en ruinas, advierten de que serán capaces de cualquier cosa, incluso de exigir más subvenciones o prebendas por el hecho de ser de izquierdas y españoles, que para eso Zapatero les dijo que tenían derecho a todo lo que fuera necesario, solo había que pedirlo, aunque no hubiera con que pagarlo, aunque perdieran su trabajo en el propósito, y también su futuro.

Decía Alexis de Tocqueville que había que decidirse entre ser socialista o demócrata, porque ambas cosas a la vez es imposible, y creo que tenía razón. Sin embargo, como todo este espectáculo, forma parte de la reacción que está urdiendo Rubalcaba desde que triunfó en el Congreso del PSOE, lo de ayer de Garzón sólo es la primera entrega de lo que hoy acontecerá cuando se conozcan los términos de la “agresiva” reforma laboral que va a brindarnos el Gobierno del PP que triunfó en las elecciones, la que no quiso hacer en su día Zapatero y que casi nos llevó a que la intervención económica como aconteció en Grecia o Italia.

No tardaremos en ver a Garzón, tras haber cobrado 1,7 millones de euros del Banco de Santander por dar conferencias en los Estados Unidos (paquete completo: política, justicia, y bancos) a la cabeza de las manifestaciones organizadas por la izquierda para exigir que el Gobierno resuelva los problemas del paro, la deuda y el déficit que crearon los gobiernos del PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero. Algo tendrán que darle por que como cante quien era Mister X en lo del GAL, tras “la escisión implícita” del PSOE del 38º Congreso, lo que se va a estudiar con la memoria histórica es el partido que fundó Pablo Iglesias, el de los cien años de honradez... y lo demás.

Enrique Suárez

jueves, 9 de febrero de 2012

En nombre del Rey...

Piensa por ti mismo

Reflexiones sobre la inexistente democracia en los partidos políticos españoles


"La mayor amenaza a nuestra democracia no viene de aquellos que abiertamente se oponen a nosotros, sino de aquellos que lo hacen en silencio junto a nosotros." Tom Paine

Quizás el elemento más pernicioso para resolver la crisis general (económica, política, institucional, cultural, moral) que atravesamos en nuestro país sea la deleznable formación y cualificación de buena parte de nuestros representantes políticos. No en vano, la utilización de la política como palanca social para acceder a órganos de poder que jamás hubieran alcanzado sin hacer trampas, sin buscar los atajos de los edecanes, sin haber demostrado mérito alguno más que “estar” y no ser, es, posiblemente, el germen de todos nuestros males.

Cuando un inepto alcanza una posición de poder, tiene, desde entonces, como objetivo máximo perpetuarse en él, por lo que a partir de entonces se convierte en un enemigo de la democracia, pero también de la libertad, de la competición justa, de la equidad. Alcanzado el privilegio, es difícil que se desprenda del mismo, siguiendo la estrategia de la garrapata, que consiste en aferrarse al ser que lo alimenta, en este caso el partido político que le permite el acceso al erario público y a sus privilegios y beneficios. Los “trepas” se caracterizarán a partir de ese momento por hacer cualquier cosa y utilizar cualquier medio para apartar a los que pudieran desplazarlos de su posición de poder.

La burocracia impide la democracia

Los partidos políticos son organizaciones burocráticas perfectamente estudiadas desde hace muchas décadas, que facilitan el parasitismo y la incrustación de auténticos comensales en la urdimbre del poder. En los partidos políticos españoles se produce una selección negativa para ascender en la jerarquía, siempre autoritaria, que confiere estructura a la organización. Así podemos observar en lo más alto de las cúpulas de los partidos políticos a gente que no reúne otra cualificación más que la lealtad inquebrantable al líder, su asentimiento acrítico a todo lo que se dice y hace ("verdad oficial"), que nunca ha dado muestras de su capacidad y que al contrario, si ha dado en muchas ocasiones ejemplo de lo que no debe ser un representante de los demás. No es extraño que en estas condiciones, algunos ejemplares de la especie presenten curricula inflados, que otros participen en casos de corrupción, que los aparatos conformen su falange particular orientada al control de las bases más que al desarrollo de la democracia.

Todos estas reglas implícitas de funcionamiento en los partidos políticos generan una élite, bien estudiada por Robert Michels en su “Ley de hierro de la oligarquía” que al final es la que guía, contra la democracia, su funcionamiento. Se antepone liderazgo a democracia, más que por el líder habitualmente por sus delegados; se incrementa la burocratización, lo que conduce a la creación de un “trust de oligarcas” que acceden a la información real sobre lo que ocurre en el seno del partido y que toman las decisiones, a su criterio, con dos fines inextricablemente unidos: incrementar el poder del partido y al mismo tiempo, su poder dentro del partido.

La estigmatización del rival

Se antepone artificialmente la eficiencia a la democracia interna, considerando que la democracia interna es un artefacto que impide la acción eficaz, en redundancia de un mayor y más poderoso liderazgo y logros de la organización (una ilusión urdida en su interés). Las masas, las bases, aceptan el liderazgo frente a la democracia, porque confían en el líder y sus decisiones, y van resolviendo las incongruencias con más dosis de fidelidad y lealtad, porque la oligarquía reinante siembra la especie de que todos los que cuestionan sus decisiones, en un prodigio de falacia, en realidad rechazan al líder, cuando lo que realmente están rechazando es la disonancia existente entre los mensajes de líder y su usurpación por aquellos que le rodean, en su propio beneficio, y a pesar del perjuicio que eso pueda organizar a su formación política.

Durante este proceso de eliminación de competidores, surge la “estigmatización” de aquellos que osan rebelarse contra el discurrir de los acontecimientos decididos por la oligarquía. Cualquier crítica, se convierte en una amenaza a la unidad y la supervivencia de la formación política, cualquier crítico en un enemigo, cualquier discrepancia en una agresión, cualquier disensión en una insidia. Se niega todo lo que pueda poner en duda el "status quo" establecido. La dicotomía que se establece entre los que se benefician y los que discrepan, termina generando un ambiente de crispación, que se cultiva con la censura de toda voz discrepante y la eliminación de toda crítica. Establecidos dos bandos de forma artificial, es fácil desde entonces enfrentarlos para distraer a ambos de la auténtica distorsión que proviene de los que los han creado.

Una de las formas más dramáticas de engaño es la que transmite de una forma subrepticia que todo lo que se hace es una orden directa, jamás pronunciada, ni constatada, del líder. De tal forma que se logra lo que necesita la élite para “concienciar” a las bases de su legitimación. Creado el fantasmagórico enfrentamiento entre las bases, con dos grupos "ad hoc", los que asienten a todo y los que discrepan con todo, sólo queda incrementar la presión para lograr la fractura, y de esa forma crear con la sección no discrepante, una numantina resistencia para defender la organización, al líder y el futuro de la formación política (en realidad, la posición de privilegio de la oligarquía). No en vano, una magnífica representación de la oclocracia descrita por Polibio como degeneración de la democracia, que consiste en una muchedumbre engañada (ambiciosa o ingénua) que defiende una tiranía, pudiendo creer que está protegiendo la democracia, la continuidad de su líder o la fortaleza de su formación política.

El mensaje es claro: hay que unirse frente a los discrepantes, que al fin y al cabo, de lo que discrepan no es del líder, ni de la formación, sino de la manipulación a que están siendo sometidos por la oligarquía. Así toda organización política termina siendo dirigida por una élite, que más que funcionar por criterios democráticos, lo hace convirtiéndose en una nueva aristocracia distinguida, que divide la formación política entre los de arriba, que dan órdenes y los de abajo, que las obedecen

¿Michels o Max Weber?

Hace tiempo que Max Weber dejó escrito que las formaciones políticas no se pueden hacer fuera del hombre, recordando a Protágoras y su homo mensura. Toda formación política, remeda las características de quienes la forman. Son las ideas, valores, intereses, y creencias de los hombres las variables sobre las que se construye la política, no la política la que conforma las ideas de los hombres, en todo caso, las deforma.

Max Weber, sin duda, es el investigador que más ha estudiado el desarrollo de las organizaciones burocráticas, como los partidos políticos, y al contrario que Michels que atribuye a los intereses personales de la élite la distorsión de la democracia, considera que es en la propia organización donde radica el origen de las distorsiones.

El filósofo que fue compañero de Einstein en el primer partido transversal creado en Alemania, prefiere atribuir al propio proceso de organización el desarrollo de sus perversiones, al respecto merece reseñarse la frase en la que mejor describe “la deshumanización” de los que participan en la organización partidaria: “cualquiera que desee intervenir en la política en este mundo, ha de estar por encima de todo desprovisto de ilusiones”. Entre estas ilusiones figura, según Weber, la de pensar que la política es una actividad moral: “quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca lo bueno, y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario”.

Recientemente se ha celebrado en Sevilla el 38º Congreso del PSOE, en el que se ha podido observar el proceso señalado en su plenitud, no muy distinto del acontecido en el Congreso de Valencia del PP que convirtió a Rajoy en líder supremo e incuestionable de su partido. Ejemplos de la eliminación de rivales por parte de la élite con el beneplácito del líder fue la no integración del equipo de Carmen Chacón en el comité ejecutivo del PSOE o la no designación de Francisco Álvarez Cascos como candidato por el PP de Asturias, a pesar del apoyo mayoritario recibido por las bases del PP de esta comunidad.

Mientras en nuestro país no se realice una selección rigurosa de los que detentan el poder en los partidos políticos, difícilmente se podrá alcanzar el criterio que permita que los comportamientos democráticos sobresalgan sobre la parafernalia demagógica realmente existente.

Enrique Suárez

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