Cuando Franco se murió en la cama, allá por el año 1975, los españoles todos, heredamos a sus enemigos. Al contrario de lo que decía su testamento de que todo quedaba "atado y bien atado", todo estaba dispuesto para que los más espabilados, como siempre, hicieran su agosto. El milagro español es que todavía nos sigamos llamando España.Todavía recuerdo la chaqueta de pana de Felipe González, y ese aire de perdonavidas o de acosador de patio-escuela, que se dejaba acompañar de la verborrea ladina de su "amigo" Alfonso Guerra, el que llamaba a Adolfo Suárez "tahúr del Misisipi" y que anunciaba que el PSOE iba a dejar España que no la iba a conocer ni la madre que la parió. Manuel Fraga se quitaba apresuradamente el traje de censor del régimen anterior, y los nacionalistas comenzaban a crear sus "nuevas naciones", mientras ETA embadurnaba de sangre nuestra historia y la suya.
Treinta y tres años después, las cosas han cambiado. Los políticos se han convertido en una casta poderosa, zafia y corrupta, que alardea de su ignorancia irredenta y su incapacidad, lo que no le impide seguir democráticamente en el poder, inculcando el miedo al adversario la mayoría de las ocasiones en que se convocan elecciones, como hacía Franco cuando periódicamente permitía referenda por cualquier motivo.
Antonio Muñoz Molina, denunció esta situación en un artículo publicado en el diario "El País" el 27 de enero de 2007, y que titulaba "Estado de delirio", recibiendo hasta la fecha 280.517 votos, un diputado al Parlamento. El escritor Francisco Rubiales, ha publicado una obra titulada: "Políticos, los nuevos amos", quejándose de que una obra similar publicada en Italia ("La casta"), había vendido quinientas veces más ejemplares, y no porque estuviera mejor escrita, se puede añadir.
De nada sirve la voz de alarma, el pueblo español que había dormido en el "sueño de los justos" durante cuarenta años de franquismo, ha pasado a "estado comatoso" en los treinta años que llevamos de democracia. Los ciudadanos de este país nos hemos acostumbrado, como hicieron nuestros padres, a vivir con un "régimen" que ahora llaman democracia, pero que es una autarquía disfrazada. Y a nadie le importa que se gobierne bien o mal, da igual, total que más da que estén en La Moncloa los del PP o los del PSOE, si sigue en el poder el mismo modelo de dictadura ineficaz y paletismo intrascendente.
Algunos soñamos con esa pequeña revolución en el interior de seres que tienen la capacidad de pensarse a sí mismos, de tomar conciencia de la realidad, de que son sujetos de derechos y libertades que han decidido no ejercer, afianzándose en la supervivencia cotidiana, porque no le queda más remedio. No queda tiempo para hacer una revolución, sólo lo hay para sobrevivir como se pueda.
Y luego tenemos los intelectuales, una "clase" propiciatoria al régimen en el que vivimos, que le sigue el juego, en compañía de titiriteros, porque el arca de Noé de la cultura española acoge a todas las especies, sin discriminación alguna.
Al contrario del afásico presidente del Gobierno, soy pesimista con el futuro de nuestro país, que vive en la inercia de los tiempos a la deriva, librando escollos y arrecifes según van surgiendo, sin rumbo, ni capitán, y con la tripulación borracha de riqueza inmerecida.
Los políticos han convertido este país en un desierto de razones y sentidos comunes, nada brota en España, vivimos de las rentas del pasado y de haber llegado a Europa cuando había algo que repartir. En España no habrá ningún problema con la llegada de la globalización, porque ya nos hemos acostumbrado a no ser nada, y estamos preparados para que las grandes corporaciones financieras, los nuevos dioses, nos construyan a la medida de la mejor forma que puedan explotarnos como productores y consumidores.
Los españoles somos una masa amorfa y desvitalizada, un fósil virtual de lo que algún día fuimos, y en nuestra decadencia irrefrenable vamos hacia un fin seguro, que será el de hundirnos paulatinamente más en la miseria de vivir a la medida de lo que nos dicten y lo que decidan hacernos. Que más da que sea Rajoy que Zapatero, Gallardón o Rosa Díez, todos son políticos, y nosotros, ciudadanos, carne de cañón, masa despojada e inerte.
Ya, ya, algunos dirán que este pueblo existe porque puede quedar campeón en la Eurocopa, con el permiso de Alemania; o porque 100.000 ilusos ilusionados respalden con su firma un manifiesto que llama a nuestro idioma "lengua común" y considera que es "un bien democrático", al que la Vicepresidenta de Vogue, perdón De la Vega, se apuntará sin problemas, porque considera que el español es una lengua magnífica, incluso para hablar, con la excepción de los territorios ocupados, en los que las filiales de su partido imponen la opresión fascista, mientras van poniendo ladrillos a su proyecto de emancipación, sin que nadie haga nada.
No es extraño que tengamos un Gobierno y una Oposición tan incapaces, porque se conforman a la incapacidad política de los electorados que las eligen, más de lo mismo para lo mismo.
España, ya no existe como realidad, ni histórica, ni cultural, ni social. Los españoles somos una masa amorfa con una camiseta roja que mira cuanto falta para que acabe el partido, y se pueda celebrar la derrota o la victoria. Las fuerzas que nos destruyen son más poderosas que las que nos construyen, lo que dejamos de ser no lo recuperaremos nunca.
Biante de Priena
