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viernes, 20 de febrero de 2015

El final de los días y el comienzo de la realidad





Algunos hablan interesadamente de apocalipsis, de un final de los días próximo, pero creo que el tiempo se acaba para los milenaristas que proponen mesiánicas soluciones y nos invitan al Armagedón diseñado para confundirnos: salir del euro, una prensa pública, abandono de la OTAN, no pagar la deuda y una futura alianza con países como Venezuela, Rusia o Irán para enfrentarse al sionismo de los yankes.

Al otro lado tenemos otro apocalipsis, el de aquellos que en su cobardía son capaces de ceder espacio a los milenaristas con tal de que se queden tranquilos, mientras ofrecen el mejor de los mundos posibles con impuestos de Dinamarca y servicios públicos que cada día serán más parecidos a los africanos.

En la encrucijada también se encuentran separatistas catalanes, partidos de pa ayudar, un PSOE que ha perdido toda orientación y los mismos puntos cardinales, los nacionalistas vascos que esperan a resolver la crisis para convertirse en separatistas y los nacionalistas canarios que lloran por el petróleo que les iban a robar los godos. 

Realmente creo que los que se enfrentan al apocalipsis son todos ellos, los doctrinarios, los separatistas, los que quieren seguir aprovechándose de los que engañen con promesas que serán incumplidas con seguridad, como siempre acontece tras las campañas electorales. No se dan cuenta de que los españoles han avanzado y no están dispuestos a regresar al pasado, ni para abrazar el tercermundismo, ni para ensalzar el caciquismo, ni para hacer la ola con las gilipolleces que dicen los que salen en la televisión. Este país está harto de mangantes de todos los partidos.

No es difícil llegar a la conclusión de que todo lo que no es solución, será problema, y los españoles ya no quieren más problemas creados de forma artificiosa por los que viven magníficamente de representarnos, a costa de que los demás tengamos que vivir cada día peor, para cumplir con sus programas, proyectos y delirios.

La reacción está en marcha, no dejaré de insistir que toda esta colección de mequetrefes que representan a los partidos políticos son menos de un 1 % de los españoles, y reunidos con todos los que les apoyan a todos ellos apenas alcanzaron el 42 % en las pasadas elecciones europeas, con el circo que se han montado no creo que logren llevar más gente a las urnas, aunque se maten en el sarao, sino al contrario, van a despejarlas de todos aquellos que tengan un mínimo respeto por sí mismos y conserven un atisbo de dignidad.

¿Cómo se puede acudir a las urnas para votar por gente que nos ha mentido, robado, expoliado y despojado, sin reconocer siquiera que son los autores, cómplices o negligentes que han creado el estropicio? ¿Pero cómo pueden ser tan indulgentes con sus delitos y esperar que los electores les perdonen la afrenta que están cometiendo con la democracia, la justicia, la equidad  y la libertad que deberían defender?

Creo que tienen razón, el apocalipsis se aproxima, pero para todos ellos con sus bonitas siglas, lemas y eslóganes, con su parafernalia televisiva, con sus cuentos de la lechera y sus actos execrables. No creo que los españoles sean tan idiotas para volver a depositar su confianza en esta banda de impresentables que se afinca en los partidos políticos, en todos y cada uno de los partidos políticos, que participan en la estafa democrática que se está cometiendo con los ciudadanos de este país, con los mismos engaños que utilizaron con sus bisabuelos. Esta casta impresentable es un anacronismo que debe ser erradicado como la Santa Inquisición, porque si los españoles no son capaces de decir no ahora a todos ellos, tendrán que decir sí a lo que vendrá, que por supuesto será mucho peor que lo que hoy existe.

Creo que es hora de realizar una independencia de España y de los españoles de los partidos políticos, que son los invasores de nuestras vidas desde el poder a los que nos enfrentamos, estos no son nuestros compatriotas, son los cien mil hijos de San Luis que han vuelto para que los españoles no podamos vivir en una democracia, con libertad y justicia. 

Son nuestros enemigos, y los enemigos de las próximas generaciones de españoles. Enfrentarse a todos ellos y derrotarlos es un deber patriótico y un acto de inteligencia y sentido común. Hasta que no seamos capaces de reunirnos para hacerlo, seguiremos viviendo alejados de la realidad, en la jaula  de despropósitos que han construido para contenernos como ganado al que ordeñan votos cuando les conviene, mientras ejercen su lavado de cerebro desde los medios de comunicación.

Enrique Suárez

lunes, 7 de enero de 2013

En las antípodas de la solución




El balance del primer año de Gobierno de Mariano Rajoy se puede resumir en una frase breve: la casta política ha sobrevivido arruinando a los españoles. Era previsible que aconteciera algo así, la relación de despropósitos coleccionados es la siguiente:

-         Durante este año la deuda pública, que se había elevado al doble durante la última legislatura de Zapatero –tierra quemada- se ha seguido incrementando, al menos en 120.000 millones de euros, sobrepasando los 800.000 millones de euros –el 80 % del PIB español-

-         El paro se ha seguido incrementando, en al menos 600.000 puestos de trabajo perdidos. La afiliación a la Seguridad Social indica que la población activa española ha descendido de los 16,5 millones de trabajadores. El desempleo joven en España posiblemente será el más elevado del mundo en 2013, tras haber sido el más elevado de Europa en 2012, junto con Grecia.

-         El déficit público no se ha reducido como estaba previsto, rondará el 7 %, muy lejos de las cifras que se habían propuesto.

-         El rescate bancario supone que los españoles tengan que pagar los errores de los políticos que dirigían las Cajas de Ahorros que se transformaron en bancos quebrados para ocultar lo ocurrido y toda su telaraña de corrupción.

-         Los españoles hemos perdido durante el pasado año un 20 % de recursos vía impuestos, recortes, tasas y descenso de sueldos. La Casta no ha perdido nada, al contrario, ha mantenido sus privilegios e incluso los ha incrementado.

-         A pesar de la ominosa corrupción política y económica en España que ha llegado a afectar al mismo ex presidente de la CEOE que hoy está en la cárcel, a la Junta de Andalucía, al exministro de Fomento, los políticos no han hecho acto de contrición ni enmienda sobre los desmanes que han cometido desde todas las ideologías y formaciones políticas.

-         España está en estanflación, encubierta desde hace años, con recesión más inflación, la economía española decrece a un ritmo del 3-4 % desde hace cuatro años y va a seguir estándolo en los próximos años, al menos hasta 2016.

-         Los empleados públicos en España, a pesar de la atormentada situación soportada por los trabajadores y parados, no han visto reducida su presencia en las administraciones públicas. Es fácil comprender que si los parados españoles son el 25 % de la población activa, no se puede entender como en los 3,2 millones de empleados públicos no haya ocurrido lo mismo, lo que llevaría a que ahora mismo tuviéramos 2,6 millones de empleados públicos, al contrario, desde hace diez años se siguen incrementando cada año los empleados públicos mientras los demás no dejan de descender.

-         Durante el último año se estima que un millón de inmigrantes y 400.000 autóctonos han abandonado el país en busca de trabajo, lo que quiere decir que si se hubieran quedado, el paro sería de más de 6 millones y rondaría el 30 % de la población activa.

-         El modelo político español de dominio establecido por la casta tanto desde el Parlamento como desde la calle, con la colaboración de los sindicatos y formaciones afines a la izquierda asegura y blinda el “establishment” existente para su perpetuación. Los talibanes de lo público han impuesto su sharia sindical para mantener sus privilegios, retrasando el futuro para seguir beneficiándose de los demás. La casta es la carcoma de nuestro pasado, presente y futuro. Una epidemia de parásitos que se ha apoderado de los recursos públicos para imponer su dominio.

-         Los medios de comunicación españoles, ejerciendo desde la censura y la propaganda tienen como única finalidad su negocio y supervivencia, aunque para ello tengan que decirnos que Mariano Rajoy es el mismo mesías llegado de los cielos. No hay crítica, no hay esfuerzo en averiguar qué es lo que está aconteciendo e informar sobre lo que ocurre a los españoles.

-         La justicia española, cada día más cara y politizada, ha terminado por transformarse en el brazo ejecutor del Estado contra el pueblo, alejándose de la defensa del pueblo contra el Estado, que debería ser su función, pues es el pueblo español quien les paga el sueldo para que sirvan a la justicia y no al poder político. El Fiscal General del Estado sigue ciego, sin ver la corrupción que todos los españoles contemplamos cada día.

-         En España no se ha hecho ninguna ley durante el pasado año que beneficie a los españoles, todas han sido en su perjuicio. El Parlamento se ha convertido en la fábrica de leyes para someter a los españoles al dominio del poder ejecutivo.

-         En cuanto a política autonómica, el esperpento catalán, con corruptos decidiendo el futuro de los catalanes,  y el delirio vasco, con terroristas decidiendo sobre el futuro de los vascos, junto a un Gobierno apestado de corrupción en Andalucía, al igual que en Valencia, son los ejemplos que nos puede ofrecer la fragmentación del Estado, que a las castas nacionales se suman las autonómicas y municipales.


Los españoles nos enfrentamos a un futuro desolador, no sólo por las circunstancias de ruina material y moral en la que nos encontramos, sino por qué hemos logrado tener en la representación pública a los peores políticos con las peores políticas y en las peores circunstancias, una auténtica kakistocracia, tanto en el gobierno como en la oposición.
Los españoles estamos condenados a seguir viviendo secuestrados por la casta  en el Síndrome de Casandra: saber lo que va a ocurrir en el futuro y no poder hacer nada para evitarlo. 

Este país no tiene solución, mientras no se lleve a cabo la disolución de la casta por las buenas o por las malas. Si no somos capaces de quitarnos de encima el dominio de la casta, España sucumbirá, no tengo la menor duda

Enrique Suárez

martes, 1 de enero de 2013

O acabamos con la casta o la casta acabará con nostros



"Es urgente que cada ciudadano sepa, con el fin de hacer valer y hacer cumplir lo que les corresponde, los derechos que adquiere por nacimiento. La ignorancia es la base del despotismo y el hombre es verdaderamente libre el día en que pueda decir a los tiranos: "Retírate, soy lo suficientemente mayor para ser capaz de gobernarme a mí mismo!" Maximilien Robespierre

Será bueno advertir a los españoles  en el primer día del año de 2013 sobre lo que se avecina en un futuro inmediato. En este país, ya no es traidor quien no avisa, sino quien no dice nada ante lo que acontece, quien se queda callado. ¿Cómo permanecer en silencio ante tanta degeneración, oprobio y desmesura por parte de la casta política española?

La casta política española, también financiera, empresarial y sindical, cultural y mediática, jurídica y social se ha ido conformando por un proceso de selección invertida. No sólo tenemos a los políticos más infames de la historia de la democracia en el gobierno y en la oposición, sino que en el proceso de degeneración ascendente hemos logrado en nuestra representación política una auténtica kakistocracia, que definió en su día García Venturini como los peores políticos con las peores políticas en el peor de los momentos. 

No hay ideología, creencia, principios o valores que distingan a los miembros de la casta política más, que aquellos que les unen en los privilegios diferenciales sobre los ciudadanos que gobiernan. La casta política en España se ha adueñado del poder en nombre de la democracia para imponer una auténtica dictadura, que se sostiene con la colaboración de una justicia adocenada y unos medios de comunicación vendidos al poder. 

Los españoles estamos hartos de presenciar el partido de tenis eterno que se han inventado entre las izquierdas, conservadores y nacionalistas, queriendo ofrecernos alternativas falsas sobre problemas comunes que padecemos todos los españoles sin distinción. Los parados son parados de derechas, izquierdas y nacionalistas, los que padecen los problemas creados por la casta política en España son exactamente iguales, independientemente de su edad, sexo, origen y destino, al igual que todos los miembros de la casta son exactamente idénticos en sus privilegios y corrupciones.

El conflicto dialéctico está servido, los de abajo contra los de arriba y los de arriba contra los de abajo, como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad. Lo que aún no sabemos es como se resolverá en esta ocasión, si de una forma pacífica rindiéndose la minoría de la casta al pueblo y deponiendo su actitud déspota y tirana, puesto que son una escasa minoría elitista ante una inmensa mayoría oprimida,  o de una forma violenta,  como ha acontecido en tantas ocasiones en el pasado. Eso es lo único que queda por decidir en estos momentos. 

La casta ha cruzado todos los límites que puede soportar el pueblo español. Prueba de su soberbia y mezquindad  es no reconocerlo y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido en este país, como si no fueran los autores de nuestro malestar, como si los españoles fuéramos tan imbéciles para no comprender que lo único que hacen y van a seguir haciendo es defender sus miserables privilegios, aunque sea al precio de despojar a los españoles y hundirlos durante las próximas décadas en la pobreza, la desmoralización y la muerte en vida.

Es hora de que las cosas cambien, a España lo que le sobra para salir adelante es esta impresentable casta que está impidiendo que llegue el futuro porque quedarían exentos de los privilegios y beneficios que hasta ahora han disfrutado, sin merecérselos, a la vista de las circunstancias en que nos han dejado. No podemos permanecer en el pasado del más de lo mismo, porque no sepan resolver sus propios problemas, ni por supuesto, los nuestros

Es hora de que concluya su  impostura, usurpación y detentación del poder que recibieron con los votos de una democracia y han utilizado para convertirse en una élite privilegiada, como si estuviéramos en el Antiguo Régimen de aristócratas y siervos, por la gracia de Dios, del Estado o del Monarca de turno.  

Enrique Suárez

domingo, 30 de diciembre de 2012

La deslegitimación legitimada




Monólogo de Laurencia en Fuenteovejuna
Hablá España, poneos en pie

"No tiene sentido decir que los hombres son iguales ante la ley, cuando es la ley mantenedora de su desigualdad." Ramiro de Maeztu

¿Para qué sirve la ley en un país donde los que mandan no la cumplen y la mayoría de los que obedecen no puede disfrutar de sus derechos?, ergo ¿para qué sirven las leyes y los legisladores, si no hay consecución con ellas ni en aquellos que mandan ni en aquellos que obedecen, los primeros porque no quieren, los segundos porque no pueden?

Los españoles tenemos demasiados problemas para no preocuparnos sobre el porvenir,  pero posiblemente, el mayor de todos ellos (el más doloroso,  también el más nocivo para nuestra salud pública)  sea la desautorización de nuestros gobernantes por una cuestión de deslegitimación. No en vano, “Cuando los poderosos pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”, decía el científico alemán Georg Cristoph Lichtemberg.

Por legítimo, se comprende aquello que es conforme a ley, también aquello que es auténtico y verdadero, aquello que es como tiene que ser y no puede ser sometido a censura. La legitimación es la causa necesaria, aunque no suficiente de todas las leyes, en realidad, es un principio, el principio original que ofrece autenticidad a todo acto legislativo, pero también es la condición imprescindible que debe exigirse a todo acto de poder en una democracia. Si el poder actúa sin legitimación en su función legislativa, la democracia degenera en demagogia, oclocracia o tiranía.

Sin duda, para exigir el cumplimiento de las leyes desde el poder, es imprescindible que desde el poder se cumplan las leyes, si desde el poder no se cumplen las leyes, es inadmisible que se exija su cumplimiento a los tributarios de la legislación, salvo con alguna forma de violencia y opresión, alejándose de cualquier principio de justicia. Las leyes no son justas por ser buenas, sino buenas por ser justas.

En una democracia puede acontecer, en alguna ocasión, que la legitimación quede deslegitimada, pero lo que no puede ocurrir nunca es que la deslegitimación quede legitimada, en ninguna circunstancia. En nuestro país, desgraciadamente,  hemos cruzado desde hace tiempo la delgada línea roja que separa la transgresión puntual de la legislación  por parte del poder a la legitimación de la ilegalidad por costumbre, a un principio consuetudinario de deslegitimación por los hechos. Es inadmisible para cualquier pueblo que viva en una democracia, en un Estado de Derecho,  asumir que con mil casos por año de corrupción política desvelados en la última década, no vaya nadie  a la cárcel, salvo escasas excepciones, y no por más de un año de reclusión, aunque haya utilizado El Escorial para convertirlo en un barrio de viviendas sociales, o  haya dedicado El Museo del Prado para hacer macrofiestas con botellón. Pero al mismo tiempo es injusto, que ante semejante propelía impuesta desde el poder, que alguien se quede sin casa por no pagar tres letras, sin trabajo por llegar después que el enchufado, sin sanidad y justicia por no tener dinero, sin soberanía porque a un tarugo catalán se le ocurra un viaje a ninguna parte. Es inadmisible que si tienes dinero para pagar unos buenos abogados te libres del peso de la ley y si no lo tienes, tengas que asumir todo su peso, además, de injusto, también es inmoral.

Pero sin duda alguna, lo peor de todos es que se legitime y legalice la deslegitimación como principio amoral en el ejercicio del poder, que los poderosos actúen desde la deslegitimación, porque a partir de ese momento, toda ley que surja será ilegítima y todas las que existen quedarán derogadas de facto, aunque no de iure. Salvo en despotismo o tiranía, individual o colectiva, ejercer el poder desde la ilegitimidad trae como consecuencia inmediata que los demócratas que cumplan con las leyes, están haciéndole un flaco favor a la democracia y una enorme pleitesía a la tiranía.  

Estamos aceptando la deslegitimación como principio, que en nombre de la democracia y a su pesar, unos delincuentes ejerzan el poder sin rendir cuentas a nadie, desde el más depravado despotismo y que además, pretendan convertir nuestra devastada democracia en una dictadura ilegítima e ilegal, para librarse de cumplir las leyes que exigen a todos los demás, los que no pertenecemos a la selecta casta que se han organizado, para esquilmarnos económica y políticamente hablando, para utilizar las instituciones públicas como agencias de sus negocios privados.

En un país en el que han desaparecido 300.000 millones de euros de las Cajas de Ahorros que luego se transformaron en bancos para ocultar el desfalco por los consejos de administración formados por partidos políticos y sindicatos que de esa forma escurrían la responsabilidad de sus actos delictivos y al mismo tiempo, son rescatados con 50.000 millones de euros pagados por todos los españoles para maquillar el despropósito, todo aquel que no defraude al Estado depredador es cómplice de su depredación. Quien pague sus impuestos es un defraudador, puesto que sostiene un régimen corrupto de defraudadores con su dinero. No hay principio alguno en una democracia que obligue a cavar la fosa y pagar a los verdugos para enterrar a la propia democracia, como tampoco hay ningún principio  que obligue a seguir manteniendo en el poder, a colaborar con él,  a los que hunden el país en el que vives, sea en nombre de la ilusión que sea, hasta que no se resuelva el engaño y se rindan cuentas sobre las responsabilidades impunes.

Los españoles afrontamos en estos momentos una difícil disquisición: si permitimos que prosigan en el poder y la oposición, en la representación política, a aquellos que no sólo incumplen las leyes, sino que mandan desde la ilegitimidad sobrevenida, a los que permanecen impunes ante los delitos que han cometido, estamos contribuyendo a la creación de una dictadura, despotismo y tiranía, nos estamos cargando la democracia al consentir que sus principales enemigos permanezcan inmunes ante las leyes que ellos crearon y que nosotros estamos obligados a cumplir. No hay legitimación alguna que permita en una democracia, que los detentadores del poder actúen de esta forma, en su impostura y molicie.

Sin duda, este país está abocado a dos alternativas, o se cumple la ley por todos, gobernantes y gobernados, o no se cumple por nadie; si aquellos que detentan el poder se convierten en corruptos y depravados comendadores, la obligación de los demócratas es incumplir la ley, defraudar al Estado y hacer todo lo posible para derrocar a la casta que intenta y logra, por nuestra inocencia, imponernos su despotismo, su opresión y su tiranía. 

Tras estos magníficos años de progreso que nos han ofrecido nuestros representantes políticos, hemos regresado al siglo XVII,  es hora de utiliza, por tanto, aquellos recursos que sirvieron a nuestros antepasados, es hora de ejercer la dignidad soberana antes de que nos la arrebaten, como han hecho con nuestra ciudadanía: “¿quién  mató al comendador?... Fuenteovejuna, señor”.

La casta se carga todos los días a Fuenteovejuna y no se arrepiente de nada, no actuar de la misma forma que ellos actúan sería extraordinariamente injusto, impropio de demócratas, más propio de súbditos, esclavos, siervos o vasallos. Si queremos vivir en una democracia, estamos obligados a  ser guales ante la ley, aunque las leyes no sean justas, son leyes, su cumplimiento es justicia y su incumplimiento injusticia. Todas estas cosas no dependen de los políticos que se han expuesto, sino de nosotros mismos. Es hora de recordar a Albert Camus: "La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas."

Enrique Suárez

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