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domingo, 23 de marzo de 2014

Adolfo Suárez y la transición


Quién conoció a Adolfo Suárez sabrá de lo que hablo y quien no le conoció lo sabrá muy pronto, porque tras su muerte ríos de tinta le acompañarán en su transición hacia el otro mundo, donde se hablará del hombre de Estado, del primer Presidente de Gobierno de la democracia que actualmente vivimos en España, de su papel en el 23-F, de lo que hizo bien y de lo que hizo mal, pero no se hablará del ser humano, o se hablará mucho menos.

Adolfo Suárez era un ser humano, tan sólo un ser humano, nada más que un ser humano, atrapado en una circunstancia histórica de la que dependían muchos millones de españoles; su deber y vocación era llevar la nave de los españoles por un mar repleto de peligros, hasta aguas tranquilas de una paz duradera, como Ulises  con los argonautas atravesó el estrecho entre Escila y Caribdis, hasta el océano de la libertad. Como un Moisés bíblico supo conducir a su pueblo a una tierra prometida. Creo que lo hizo con dosis ponderadas de inteligencia, tolerancia, astucia, coraje y prudencia.

Fue el personaje histórico más importante de nuestra democracia, ni el Rey puede hacerle sombra, ni por supuesto ninguno de los que le acompañaron en el tránsito o le sucedieron. Sabía que este país dependía más de el que de ningún otro para alcanzar las aguas tranquilas de la paz y no declinó su responsabilidad.

Nos prometió lo que pudo, no lo que nos podía prometer, para no cumplirlo, al contrario de todos los que vinieron detrás. Nos invitó a conocernos y a unirnos, a formar un pueblo donde el sentido común prevaleciera sobre los egoísmos particulares y los sectarismos de grupo. Sin duda, fue un demócrata y si no lo fue más, se debió a que los enemigos de la democracia se lo impidieron con todas las trampas y estrategias que urdieron para derrocarlo y derrotarlo.

Mientras Adolfo Suárez fue presidente, nadie se quedó sin voz, nadie que tuviera que decir algo, la ley era común para todos y la cohesión un objetivo. Era un hombre que escuchaba con atención a quienes le rodeaban y que sabía que pensaba el pueblo que representaba y lo que quería, pero también sabía aquello que se podía lograr y aquello que no podía alcanzarse en aquellos momentos. Decidió dialogar, decidió ser demócrata, decidió consensuar, decidió ser ecuánime, decidió avanzar.

Un día, cuando todos éramos más jóvenes, me correspondió ser, por motivos del destino, quien se encargara de procurarle su cena: una tortilla francesa y un paquete de ducados. Cuando se la dejé sobre la mesa de aquel pequeño despacho rodeado de papeles, en la sede provincial de un pequeño partido donde había congregado a sus seguidores para volver a intentarlo, me miró y me dio las gracias.

Fue la oportunidad que tuve en mi vida de poder dialogar con él, pero ni lo intenté, no era el momento, sólo en tres ocasiones en mi vida me ha ocurrido algo así: estar con alguien, quedarte callado, observar la historia viva en persona, no interrumpir y alejarte discretamente para que siga su camino.

Esa experiencia siempre me ha recordado los versos de un poeta chino, Li Po, cuando dijo: “me gusta ir a la montaña, sentarme, dejar que pase el tiempo, hasta que sólo quede la montaña”.  La de Adolfo Suárez fue convertirse en el prínceps inter pares de España, siendo un español más, nada más y nada menos. La mía, acercarme a él con una tortilla francesa y un paquete de ducados y saber alejarme discretamente de la historia que seguía su curso, entre la mitología y la realidad. Aquel día me dormí pensando que la tortilla francesa  le hubiera satisfecho y que el paquete de ducados le hubiera servido para seguir su rumbo, porque a veces las cosas más simples también son necesarias para que la leyenda siga su destino.

Gracias Presidente por todo, siento tu marcha, pero los héroes deben morir para vivir eternamente el corazón de aquellos que les conocieron, y de los que fueron llegando después.



Enrique Suárez

viernes, 6 de mayo de 2011

Discurso de dimisión de Adolfo Suárez (1981)


“Hay momentos en la vida de todo hombre en los que se asume un especial sentido de la responsabilidad." Adolfo Suárez

Yo creo haberla sabido asumir dignamente durante los casi cinco años que he sido presidente del Gobierno. Hoy, sin embargo, la responsabilidad que siento me parece infinitamente mayor.

Hoy tengo la responsabilidad de explicarles, desde la confianza y la legitimidad con la que me invistieron como presidente constitucional, las razones por las que presento, irrevocablemente, mi dimisión como presidente del Gobierno y mi decisión de dejar la presidencia de la Unión de Centro Democrático.

No es una decisión fácil. Pero hay encrucijadas tanto en nuestra propia vida personal como en la historia de los pueblos en las que uno debe preguntarse, serena y objetivamente, si presta un mejor servicio a la colectividad permaneciendo en su puesto o renunciando a él.

He llegado al convencimiento de que hoy, y, en las actuales cirscunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la Presidencia.

Me voy, pues, sin que nadie me lo haya pedido, desoyendo la petición y las presiones con las que se me ha instado a permanecer en mi puesto, con el convencimiento de que este comportamiento, por poco comprensible que pueda parecer a primera vista, es el que creo que mi patria me exige en este momento.

No me voy por cansancio. No me voy porque haya sufrido un revés superior a mi capacidad de encaje. No me voy por temor al futuro. Me voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos.

Nada más lejos de la realidad que la imagen que se ha querido dar de mí con la de una persona aferrada al cargo. Todo político ha de tener vocación de poder, voluntad de continuidad y de permanencia en el marco de unos principios.

Pero un político que además pretenda servir al Estado debe saber en qué momento el precio que el pueblo ha de pagar por su permanencia y su continuidad es superior al precio que siempre implica el cambio de la persona que encarna las mayores responsabilidades ejecutivas de la vida política de la nación.

Yo creo saberlo, tengo el convencimiento, de que esta es la situación en la que nos hallamos y, por eso, mi decisión es tan firme como meditada.

He sufrido un importante desgaste durante mis casi cinco años de presidente. Ninguna otra persona, a lo largo de los últimos 150 años, ha permanecido tanto tiempo gobernando democráticamente en España.

Mi desgaste personal ha permitido articular un sistema de libertades, un nuevo modelo de convivencia social y un nuevo modelo de Estado. Creo, por tanto, que ha merecido la pena. Pero, como frecuentemente ocurre en la historia, la continuidad de una obra exige un cambio de personas y yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España.

Trato de que mi decisión sea un acto de estricta lealtad.

De lealtad hacia España, cuya vida libre ha de ser el fundamento irrenunciable para superar una historia repleta de traumas y de frustaciones; de lealtad hacia la idea de un centro político que se estructure en forma de partido interclasista, reformista y progresista, y que tiene comprometido su esfuerzo en una tarea de erradicación de tantas injusticias como todavía perviven en nuestro país; de lealtad a la Corona, a cuya causa he dedicado todos mis esfuerzos, por entender que sólo en torno a ella es posible la reconciliación de los españoles y una patria de todos, y de lealtad, si me lo permiten, hacia mi propia obra.

Pero este profundo sentimiento de lealtad exige hoy también que se produzcan hechos que, como el que asumo, actúen de revulsivo moral que ayude a restablecer la credibilidad en las personas y en las instituciones.

Quizás los modos y maneras que a menudo se utilizan para juzgar a las personas no sean los más adecuados para una convivencia serena. No me he quejado en ningún momento de la crítica. Siempre la he aceptado serenamente. Pero creo que tengo fuerza moral para pedir que, en el futuro, no se recurra a la inútil descalificación global, a la visceralidad o al ataque personal porque creo que se perjudica el normal y estable funcionamiento de las instituciones democráticas. La crítica pública y profunda de los actos de Gobierno es una necesidad, por no decir una obligación, en un sistema democrático de Gobierno basado en la opinión pública.

Pero el ataque irracionalmente sistemático, la permanente descalificación de las personas y de cualquier solución con que se trata de enfocar los problemas del país, no son un arma legítima porque, precisamente pueden desorientar a la opinión pública en que se apoya el propio sistema democrático de convivencia.

Querría transmitirles mi sentimiento de que sigue habiendo muchas razones para conservar la fe, para mantenerse firmes y confiar en nosotros los españoles. Lo digo con el ansia de quien quiere conservar la fuerza necesaria para fortalecer en todos sus corazones la idea de la unidad de España, la voluntad de fortalecer las instituciones democráticas y la necesidad de prestar un mayor respeto a las personas y la legitimidad de los poderes públicos.

Yo por mi parte, les prometo que como diputado y como militante de mi partido seguiré entregado en cuerpo y alma a la defensa y divulgación del compromiso ético y del rearme moral que necesita la sociedad española.

Todos podemos servir a este objetivo desde nuestro trabajo y desde la confianza de que, si todos queremos, nadie podrá apartarnos de las metas que, como nación libre y desarrollada nos hemos trazado.

Se puede prescindir de una persona en concreto. Pero no podemos prescindir del esfuerzo que todos juntos hemos de hacer para construir una España de todos y para todos.

Por eso no me puedo permitir ninguna queja ni ningún gesto de amargura. Tenemos que mantenernos en la esperanza, convencidos de que las circunstancias seguirán siendo difíciles durante algún tiempo, pero con la seguridad de que si no desfallecemos vamos a seguir adelante.

Algo muy importante tiene que cambiar en nuestras actitudes y comportamientos. Y yo quiero contribuir, con mi renuncia, a que este cambio sea realmente posible e inmediato.

Debemos hacer todo lo necesario para que se recobre la confianza, para que se disipen los descontentos y los desencantos. Y para ello es preciso convocar al país a un gran esfuerzo. Es necesario que el pueblo español se agrupe en torno a las ideas básicas, a las instituciones y las personas promovidas democráticamente a la dirección de los asuntos públicos.

Los principales problemas de España tienen hoy el tratamiento adecuado para darles solución. En UCD hay hombres capaces de continuar la labor de Gobierno con eficacia, profesionalidad y sentido del Estado y para afrontar este cambio con toda normalidad. Les pido que les apoyen y que renueven en ellos su confianza para que cuenten con el necesario margen de tiempo para poder culminar la labor emprendida.

Deseo para España, y para todos y cada uno de ustedes y de sus familias, un futuro de paz y bienestar. Esta ha sido la única justificación de mi gestión política y va a seguir siendo la razón fundamental de mi vida. Les doy las gracias por su sacrificio, por su colaboración y por las reiteradas pruebas de confianza que me han otorgado.

Quise corresponder a ellas con entrega absoluta a mi trabajo y con dedicación, abnegación y generosidad. Les prometo que donde quiera que esté me mantendré identificado con sus aspiraciones. Que estaré siempre a su lado y que trataré, en la medida de mis fuerzas, de mantenerme en la misma línea y con el mismo espíritu de trabajo.

Muchas gracias a todos y por todo.

viernes, 18 de julio de 2008

Carta a Adolfo Suárez

Querido presidente:

Se que nunca leerás esta carta, pero no me importa, porque más que contarte algo trascendente, quiero compartir con los españoles algunas reflexiones sobre la reciente historia de nuestro país.

Hace tiempo que no sabía de ti, pero ayer te vi con el Rey Juan Carlos en una foto que os tomaron de espalda en el jardín de tu casa; no se ve tu rostro, pero se distingue tu figura inconfundible de "tahur del Mississipi", recortada sobre un muro de bambú. El Rey, también de espalda, te cogía del hombro, como un viejo amigo en una escena singular, tierna y simbólica.

Aquel "cariñoso" apodo que te brindó Alfonso Guerra, ya sabes que bromista era, pasó a la historia como el primer sínntoma del canibalismo político que más tarde se transformaría en grave patología. Fue la primera ocasión en que los españoles comprobamos que el fin justificaba los medios, que el respeto pasaba a mejor vida, el vicesecretario del hermano garrulo que trincaba en la Junta de Andalucía, el profeta que nos prometió que a "España no la iba a conocer ni la madre que la parió" gustaba del gracejo y el exabrupto, y sabíaa que tenía que destrozar tu imagen como fuera, y del "puedo prometer y prometo", pasamos directamente al "café para todos".

Tras tu marcha, Adolfo, la "areté" comenzó a extinguirse de la política española, degeneraron las cosas hasta tal punto que hoy ser parlamentario en España ya no es un mérito, sino una vergüenza oportunista, que los partidos políticos les brindan a los arribistas sin escrúpulos, el clima político en el que vivimos es insoportable, tórrido, putrefacto, tóxico y nauseabundo.

Te recuerdo sentado en el Parlamento Español, ocupando tu puesto de Presidente, para levantarte en el mismo instante que Tejero trataba de derribar a España, sin conseguirlo, representada en aquel trabado y enjuto personaje que era el general Gutiérrez Mellado. Cuanto miedo alrededor en nuestros representantes políticos. Santiago Carrillo tampoco se tiró al suelo, representando en aquel momento a toda la izquierda española, como el PCE lo había hecho durante el franquismo.

No recordarás que Felipe González triunfó hegemónicamente en las elecciones generales de 1982, siendo el PSOE el principal beneficiado del golpe de Estado fallido, en el que no aparecieron ni grandes elefantes blancos, ni autores intelectuales. Tampoco hubo autores intelectuales en la trama del GAL, porque "Mister X" era quien no podía ser. Y tampoco hay autores intelectuales en los asesinatos terroristas del 11 de marzo de 2004.

Luego vino el CDS, querido Adolfo, y ahí estuve contigo, como otros muchos españoles que queríamos un mundo normal, que creíamos en la libertad, la justicia y la igualdad, que practicábamos la tolerancia y la prudencia, y como decía Punset: "éramos extremadamente de centro", porque realmente respetábamos la democracia y éramos unos ingenuos que buscábamos un mundo mejor, más allá de los enfrentamientos permanentes, respetando las reglas del juego ante todo, porque sin reglas, todo son trampas.

Asistí a tu final político en Torremolinos, y no comprendí tu actuación en aquel último Congreso del CDS, cuando apoyaste a Raúl Morodo que representaba el sector socialdemócrata más racional, contra Calvo Ortega que reunía a los liberales en su equipo, pues tu eras el presidente de todos y no tenías que apoyar a otro que el que decidiéramos democráticamente los compromisarios en aquel congreso.

Con el tiempo comprendí tu gesto, aunque me costó entenderlo. Estabas harto de la política, el CDS era tu hijo más querido y lo sacrificaste allí mismo apoyando precisamente la opción que impedía su supervivencia. Estabas cansado de tanta miseria, preferiste entrar en la historia por la puerta grande que seguir quemándote en la pira funeraria que te habían organizado los demás partidos políticos, así te acogiste a la jubilación anticipada de la política dejando indemne la historia de una ilusión en una España tranquila y democrática.

En la imagen dorsal que os han sacado a ti y al Rey se representa un simbólico epílogo a nuestra historia democrática. Los dos principales personajes de la política española tras el franquismo, alejándose fraternalmente hacia la puerta de la jungla de los sueños, dándole la espalda a la miseria de lo cotidiano; el elefante y el tigre han cumplido con su trabajo, dejando atrás a las ratas devorando los despojos de la política y la democracia.

Adolfo Suárez, tú le mostraste el camino del futuro al pueblo español, pero también que la política era el arte de lo plausible, nos llevaste a los españoles hasta la libertad, como un Moisés bíblico, abriendo las aguas del Mar Rojo de sangre, apartando a la izquierda y a la derecha, pero una vez llegados a la Tierra Prometida, mostrarnos que cada uno tiene que defender lo que es suyo. Cumpliste con tu cometido, y con tu marcha, demostraste una vez más, que más vale honra sin barcos, que barcos sin honra. Eres el último de los grandes de la política española, un honor haber compartido contigo una parte del camino.

Enhorabuena por el Toisón de Oro, lamentablemente, contigo y con el Rey, se acabó también la Historia de España; lo que vino después, mejor ni recordarlo, esa es otra historia.

Un fuerte abrazo "presi"







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