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domingo, 22 de enero de 2012

El tiempo de los sindicatos



Parece que se acerca la hora de los sindicatos, ya se anuncian movilizaciones en este país para defender los derechos de los trabajadores y el derecho de D. Cándido a coleccionar Rolex, dos derechos fundamentales que los cinco millones de parados de este país deben saber que son irrenunciables. Tempus fugit

Por lo demás, seguimos investigando para conocer el origen de la colección sindical de Rolex de D. Cándido, algunos dicen que proviene de su magnífico sueldo, más elevado que el del presidente de Gobierno, otros que son regalos de agradecimiento de los empresarios españoles tras las negociaciones colectivas, incluso alguno se atreve a decir que ha sido el Gobierno saliente el que, vía EREs andaluces, le ha hecho este homenaje por su silencio mientras el PSOE creaba 2,7 millones de parados en este país.

En fin, todo trabajador (o parado) tiene derecho a la lucha para que D. Cándido pueda tener más Rolex ¡faltaría más!. ¡País de fachas!

Desmoralismo, la doctrina de nuestros días


La moral fue siempre una cuestión importante en los siglos pasados, por tanto, es lógico que en nuestro tiempo de “presentismos” y “adanismos” no lo sea. El moralismo, dice el diccionario de la RAE, que es la exaltación y defensa de los valores morales, no dice nada del Des-moralismo, aunque si existe el término desmoralizar, que significa corromper las costumbres con malos ejemplos o doctrinas perniciosas y también es sinónimo de desalentar.

Por mucho que les rechine a los adoctrinadores, a lo largo de la historia humana siempre ha habido una moral, unos valores determinados que se ensalzaban, unas tradiciones que se respetaban, unas costumbres que se aplaudían. Al contrario de lo que piensan los innovadores, esa actitud provenía de un intercambio entre el poder y el pueblo, porque el poder siempre ha tratado de imponer su moral, pero el pueblo siempre ha tenido la suya, compartida y asumida por la inmensa mayoría.

La moral del poder es el pensamiento políticamente correcto de los tiempos, que se establece desde las instituciones y los medios para adoctrinar a las masas a conveniencia de los detentadores, sin embargo, la moral del pueblo es la que guía la conducta de la inmensa mayoría de la gente. Habitualmente no suele coincidir con la que se trata de establecer desde el poder exactamente, salvo en los regímenes totalitarios. La moral del poder se representa en la iconografía de los que deciden el curso de la vida de los demás, pero la moral del pueblo, más bien se define, en su resistencia a esa imposición. Aconteciendo un efecto paradójico al promovido por los adoctrinadores, que precisamente se traduce en un rechazo del adoctrinamiento.

Actualmente estamos viviendo en una época de “desmoralismo” y desmoralización, que no es la primera de la historia de España, sino la enésima y por eso, tal vez, la más acabada y definida. La fe más reiterada es la de que lo que ocurre no tiene solución, y la creencia en que toda alternativa para resolver lo que pasa nos traerá sangre, sudor y lágrimas, las palabras que están en la calle son: lo peor está por venir.

Ningún gobierno desde el franquismo se había atrevido a tanto como las huestes de Zapatero en la instrucción de las masas a su doctrina. En este país hubo algún momento en las pasadas legislaturas en el que no ser socialista era considerado por los oclócratas como enemistad con la democracia, cuando en realidad el rechazo de la impostura era una exaltación de la libertad ante el ultraje continuado a la moral del pueblo por la moral del poder. Si al menos durante este tiempo hubiera habido una resistencia intelectual, política, social o cultural por parte de quienes se oponían a semejante barbaridad, no estaríamos como estamos, pero como el tancredismo de perfil de Mariano Rajoy causó furor, con tal de que la secta socialista no colocara la etiqueta de fachas a todos los que se le oponían, nos quedamos entre la opresión socialista y el vacío moral más existencialista.

Ahora que el invento del PSOE, para alimentar a sus huestes de descamisados con rolex se ha desmoronado y que el PP se ha hecho una radiografía de la neurona liberal que le queda, nos encontramos ante una situación peligrosa, porque la moral es necesaria para que una sociedad salga adelante, la de los socialistas se ha mostrado como el engaño que era, pero la de los conservadores ni está ni se la espera, no vaya a ser que vayan a decir algo de su talante. Hasta los nacionalistas, moralistas donde los haya, se han callado, esperando a ver quien defiende España para ir contra ellos, porque no se puede luchar contra molinos que son gigantes.

Mientras tanto los españoles disfrutando del espectáculo que nos brindan nuestros representantes políticos, pagando a precio de oro la chapuza a que nos someten y pensando que la cosa ya no lleva remedio. El “desmoralismo” está viviendo sus tiempos dorados y los “desmoralistas profesionales” hacen su agosto, contándonos que no hay solución posible a ninguno de nuestros problemas públicos, hemos pasado del pensamiento viruta de algún hijo de su madre, al pensamiento anémona, existir como se pueda hasta que no se pueda existir más y mientras tanto no hacer nada más que alimentarse, no moverse y esperar tiempos mejores. ¡Vaya panorama!

Pero no se confíen ustedes, los que detentan el poder saben que la desmoralización vuelve más dócil y obediente al pueblo que tratan de dominar, un poco más de lo que lo estuvieron con los anteriores...; a ver si va a ser una estrategia lo de meternos miedo con el futuro para seguir haciendo lo que les dé la gana con el presente sin rendir cuentas ni a dios, ni al diablo, ni al pueblo que les votó en las elecciones.

Ustedes no se resignen, por si acaso...que igual es una estrategia del poder para que nos olvidemos de que de todo lo acontecido hay responsables, unos por armar la marimorena con sus ocurrencias y otros por no exigirles responsabilidades por haberla armado.


Enrique Suárez

viernes, 20 de enero de 2012

El analfabetismo político del PP y la Nación de Ciudadanos


Atónito y absorto, ojiplático y devastado me hallo ante la última ocurrencia de ese partido de Mariano Rajoy al que llaman PP. Lástima que Don Manuel se haya ido, porque semejante barbaridad no se atreverían a proponerla si estuviera vivo y consciente. No salgo de mi asombro al observar la indigencia intelectual de los chicos de la gaviota, es absolutamente inconcebible; porque ahora quieren definir España como una "nación de ciudadanos" oiga, exactamente igual que el socialismo-nacionalismo catalán, al natural y camuflado.

No voy a escribir de nuevo sobre lo expuesto hace cuatro años en este blog, así que reproduzco artículo para la ocasión: "la nación nos hace ciudadanos libres e iguales" (29/3/2008). Patético y esperpéntico, Mariano, si así vas a defender España, no me extraña que por la calle corra la especie de que eres el digno sucesor de Rodríguez Zapatero. Avergonzado como español, me he quedado sin palabras.
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Nietzsche, siempre atormentado, fue el último liberador del pensamiento, porque acabó con Dios y con Kant al mismo tiempo, concluyendo con cualquier principio de autoridad y abriendo las puertas de la postmodernidad en la que nos encontramos.

Desde que las creencias han regresado a la mitología, nuestra civilización no ha dejado de crear porque ya no sabe creer. De Hegel a Marx, y tiro por que me toca. El Estado deviene en arte de lo posible, y el Mercado en arte de lo probable. El Mercado decide el Estado, no hay otra alternativa.

Lo advirtió Francis Fukuyama hace unos años (“El fin de la historia y el último hombre”, 1992) cuando enterró la historia, también determinó el final de las ideologías. Desde entonces los pensadores viven de rentabilizar el deceso del pensamiento político, tal que buitres despedazan lo que nos ha fundamentado para dejarnos al albur de las inclemencias circunstanciales.

Mientras algunos seguimos empeñados en que Platón y Aristóteles no pasen al mundo de los mitos, otros se afanan en lo contrario, en su interés de rentabilizar su propia existencia. Son los que nos dicen que debemos renunciar a cualquier ideología para seguir adelante, hay que desprenderse de todo lo anterior para atravesar las puertas de lo desconocido, el futuro nos espera.

Los profetas de la postmodernidad nos anuncian nuevos tiempos, y predican la autodesposesión de lo que somos, la desidentificación con lo que hacemos, renunciando al origen y al fin se eliminan las causas y las consecuencias, el tiempo se detiene, y el ser deviene en estar. Todo es relativo, todos es perspectiva, todo es provisional, nos dicen los “estancialistas”, lo que menos pesa puede ser arrastrado por el viento del futuro, rompamos los anclajes, dejemos de ser para estar, frágiles y livianos.

La ideología nos atrapa en una cárcel estructural, pero lo fijo, lo que permanece nos detiene y no nos permite adquirir el dinamismo que nos pueda propulsar al futuro desde este vacío ruinoso del conocimiento en el que nos encontramos.

Vivimos en el reino de la particularidad (¿no queríais libertad?), es el imperio de lo patafísico, imprescindible para concluir la revolución de las masas, que anunció aquel español del que no recuerdo el nombre. Nada se puede generalizar, sustituyamos la deducción por la inducción, lo que conocemos por lo que desconocemos, lo que somos por lo que no somos. ¿No es preferible la "second life" a la propia vida tediosa y mecánica?

En un mundo del cambio ininterrumpido, los pensadores, los intelectuales, los “grandes hombres” deben guiar nuestros pasos, como ilusionistas, como pretidigitadores de la esperanza; debemos estar preparados para creer y no creer, según convenga, según nos digan, según nos anuncien en la televisión o en el dazibao correspondiente.

No hacen falta contenidos, todo son formas, representaciones, imágenes, "eidolas". La doctrina del pensamiento políticamente correcto es la vigente, sin olvidar el buen talante como motor de la existencia.

Es necesario olvidarlo todo, regresar al punto cero, para volver a comenzar, lo importante es iniciar las cosas porque es tremendamente aburrido mantenerlas, es necesario abrir el proceso de adquisición y de extinción al mismo tiempo, no hay que cerrar nada, solo “lo que no es” permanece.

Renunciemos a poner el tapón en la bañera, el agua debe fluir como dijo Heráclito. La sequía es un invento de los meteorólogos. ¿Acaso existirían los oasis si no hubiera desiertos?. Este largo preámbulo es para hablar de algo que por mi parte sigo considerando imprescindible.

De la nación española

Más de un año se pasó el que suscribe, en compañía de otros, hablando en el foro de Ciutadans sobre la nación española, contra el invento que deseaba promocionar el catedrático de Derecho Constitucional de la UAB Françesc De Carreras: la Nación de Ciudadanos, más de un año soportando las críticas de todos los “no nacionalistas” catalanes y foráneos, que en su inmensa mayoría temían pronunciar la palabra español. Alguno de los que leerán este artículo seguro que lo recuerda.

Recuerdo especialmente, no sin cierta nostalgia, a un valido del profesor de Carreras, el señor Espinosa; y a su discípulo más querido, el señor Cordero. Eran tiempos en los que hablábamos de la nación, con dos conceptos bien diferenciados, ellos defendiendo una nación de ciudadanos (recientemente la corrección política ha añadido “libres e iguales”) y el que suscribe, defendiendo la nación constitucional.

Más de un año recordando el artículo 1.2 de nuestra Constitución, que dice textualmente:

La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

Más de un año, para que ahora aparezca el profesor de Carreras, adalid de la futesa ideológica, rectificando, ahora que entre los no nacionalistas se han cargado el partido Ciutadans y están a punto de cargarse UPyD en Cataluña, si les da tiempo y se lo consienten en Madrid.

Si por algo se ha caracterizado el pensamiento político del mencionado ideólogo de Ciutadans, ha sido precisamente por defender la Nación de Ciudadanos frente a la Nación española Constitucional.

No ha sido el único que ha defendido “el engendro”, el profesor de historia contemporánea de la UAB Ferrán Gallego Margaleff escribió un artículo titulado precisamente Nación de Ciudadanos, la catedrática de Historia de las Ideas Políticas de la Universida Complutense de Madrid, y tutora ideológica del Príncipe de Asturias, Carmen Iglesias también lo ha hecho; el ensayista José Sóls Lucia (Qué es una nación); el futuro presidente del Parlamento Español, José Bono; el miembro de UPN, Jaime Ignacio del Burgo; el fundador de DENAES, Jon Juaristi; y otros muchos como Fernando Savater, Arcadi Espada, o Arturo Goldarazena. Parece que hay un gran consenso transversal en relación al novedoso concepto: “Nación de Ciudadanos”.

Evidentemente esto resulta compatible con la afirmación del presidente Rodríguez Zapatero, cuando expuso que “la nación es un concepto discutible y discutido”. Ahora, hasta Mariano Rajoy, le va a dar la razón si se aviene el secretario general del PSOE a añadir lo de “libres e iguales” al concepto “Nación de Ciudadanos”.

La inconstitucionalidad de la Nación de Ciudadanos

Lo repetiré por enésima vez, la nación de ciudadanos es un invento, por mucho que se le añada la calificación de libres e iguales, seguirá siéndolo. Sólo los que niegan la historia, la cutura y la Constitución vigente de nuestro país, los que niegan España, pueden proponer algo así, sólo los que buscan un cambio que erradique lo que queda de libertad e igualdad entre los españoles.

Gustavo Bueno, en su libro El Mito de la Izquierda deja bien claro la incompatibilidad concomitante del concepto nación y el concepto ciudadanos, en referencia a la nación española.

Considera que la Nación española, proviene de la segunda generación de la izquierda, y de la oposición a la monarquía absoluta, el Antiguo Régimen, y que fue concepto elaborado por los liberales, mientras que los afrancesados y los "serviles" (viles seres) se opusieron a ella, con el grito de: "muerte a la nación y vivan las cadenas", aunque posteriormente se prestaron a acuerdos para desarrollar la Constitución de 1812, ¡si se incluía el catolicismo como religión oficial!.

Sin embargo, la ciudadanía proviene de la tercer generación de la izquierda, que opone la dialéctica de los derechos del hombre a los derechos del ciudadano (pag. 186), y que trasladado a nuestros días supone el conflicto entre los derechos del ciudadano occidental que ha accedido a un Estado del Bienestar, y la dificultad de que esto sea compatible con los derechos humanos, es decir que los más de 6000 millones de habitantes del planeta disfruten de un Estado de Bienestar como el que tenemos en los países avanzados.

Cuestiones que desarrolla exhaustivamente en su libro España no es un mito”.


Y ahora me permitiré recordar el camino andado durante los 1.500 días de existencia de este blog, Ciudadanos en la Red, en el que estamos trabajando un grupo de personas que pretenden defender sus derechos y su libertad como españoles y como ciudadanos.

Me permitiré autocitar algunos párrafos que han aparecido en este lugar.

“En la primera Constitución Española, se establece que la nación surge al mismo tiempo que el estado. El pueblo se constituye en nación ejerciendo su soberanía, para posteriormente constituir un Estado de Derecho, que permita establecer las reglas de convivencia entre los españoles. A pesar de la desinformación interesada que nos han brindado durante los últimos años los deconstructores, el nacimiento de la nación española es simultáneo al nacimiento del Estado de Derecho moderno.

Sin embargo, por simple razonamiento político, hay una supremacía de la nación sobre el estado en nuestro país, porque si bien puede haber nación sin estado, sería extraordinario que pudiera haber estado sin nación o un estado que pretenda negar a la existencia de la nación.

Si el Estado nos proporciona igualdad en un momento dado, la nación nos proporciona igualdad a lo largo del tiempo, consistencia y coherencia en una secuencia de principios y valores, que trascienden la coyuntura y los intereses particulares”.

(Todos somos España 12/10/07)

“Con el gobierno socialista vigente, la única política que ha habido en España ha sido la del reparto de los recursos, con el único objetivo de mantenerse en el poder, redistribuyendo las cosas a su manera, premiando a las comunidades afines a su propósito y castigando a las que se oponen a sus decisiones. Con el PSOE se ha fragmentado España en un inusitado rango de conflictos. La crispación favorece a sus intereses, porque se puede manejar como necesidad de cambios, lo que ha sido provocado para conseguirlos.

La semántica es una barrera contra sus intenciones. Analizando la palabra estado proviene de "status", que a su vez lo hace del verbo estar, y estar de forma permanente en el poder es lo que pretenden Chávez y Zapatero, en eso no se distinguen estos buenos amigos, solo que uno lo dice y otro lo calla. Menos mal que el lenguaje español en su riqueza delimita los conceptos con precisión, no se dice en nuestra lengua “estar español”, sino “ser español”. Por lo tanto el concepto de estado es insuficiente para determinar nuestra condición: los españoles no solo estamos, también somos”.

(La Nación sin Estado 8/12/07)


“La nación es hoy el último reducto en la defensa de los oprimidos, los cautivos, los desposeídos, los excluidos, los desheredados, los que no cuentan, los del montón, la carne de cañón, los aislados, los siervos de los nuevos señores. Si los sinvergüenzas de los socialistas pensarán en los demás antes que en sí mismos, defenderían la nación por encima de todo. Si los sinvergüenzas de los populares, acomplejados herederos del franquismo y los privilegios de clase, pensaran en los demás antes que en sí mismos, defenderían la nación por encima de todo. Lamentablemente todos defienden sus privilegios, nacionalistas, populares y socialistas.

Los españoles somos los demás, los que quedamos sin adscripción política, los que estamos hartos de ver como ser político es exclusivamente un ascensor económico y social, los ciudadanos de a pie, anónimos, los que no estamos agrupados, los que nos defendemos solos, los que solo tenemos la nación, la Constitución, y nuestras propios recursos para cambiar la tiranía política que nos asola cada día más. En resumen, los que no podemos prescindir de España, porque si lo hacemos esta legión de crápulas podrá convertir sus privilegios en ley.

España es de todos los españoles, si queremos que deje de ser así, solo tenemos que seguir apoyando a los partidos políticos nacionales y nacionalistas con nuestros votos y nuestro silencio. Cruel paradoja, nacionales y nacionalistas, todos ellos confundidos en un estado sin nación que beneficia exclusivamente a sus propios intereses, contra los de todos los demás, contra el pueblo, contra los ciudadanos, contra los españoles”.

(Prescindiendo de España 26/12/07)

“El artículo 1.2 de la Constitución Española de 1978, dice lo siguiente

2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

Quiere decir que la soberanía nacional reside en el pueblo español, pero no dice que pertenezca al pueblo español, ni que proceda del pueblo español, más bien se encuentra en el pueblo español, y el pueblo español, aunque sea la suma de vascos, catalanes, gallegos, etc, es la suma de todos los españoles, y no admite fraccionamientos, al igual que tampoco los admite la soberanía nacional, porque es un todo en coherencia con el todo, que la acoge, el pueblo español en su conjunto.

Si nos fijamos en el segundo párrafo del artículo, dice que los poderes del Estado emanan del pueblo español, pero no dice que la soberanía emane del pueblo español en ningún sitio; evidentemente, los poderes del Estado permiten cambiar la condición de soberanía, pero para ello debería de votarse una nueva Constitución, con la actual, resulta imposible aceptar algo diferente a lo que hay.

La soberanía nacional en nuestro país, es la representación de la soberanía popular, pero no exactamente la soberanía popular. Y no es lo mismo representar que ser lo mismo o equivalente, para nada. El único caso en que podría establecerse un paralelismo con el concepto de nación sería con los Estados Unidos, pero al ser una república federal resultaría harto complicado. Pero las naciones europeas no tienen un concepto parecido en lo que se refiere a nuestra organización política.

España en las Cortes de Cádiz se hace nación, el pueblo español decide hacerse nación, esta es la principal diferencia con otros países. Este aspecto se conserva en la Constitución de 1978 y en todas las anteriores.

El pueblo se hace nación, se constituye en nación, se determina en nación, contra el invasor francés, contra el Rey absolutista, contra su fragmentación territorial y política, y contra todo lo que sea.

Pero al mismo tiempo, se hace Estado, no se hace Estado para hacerse Nación, sino que se hace las dos cosas al mismo tiempo de forma concurrente y separada, por eso en el caso español la soberanía nacional no puede ser considerada como soberanía popular, no deriva del Estado, por mucho que algunos constitucionalistas traten de reinventar las propiedades del lenguaje

Dos cosas que surgen al mismo tiempo de ninguna forma pueden ser una causa de la otra, por simple y evidente lógica racional. Tal vez repitiendo ahora el artículo 1.2 de nuestra Constitución vigente se puedan entender mejor las cosas. La soberanía nacional reside en el pueblo español, el pueblo español establece los poderes del Estado.

Esta es la auténtica realidad, y no se ha cambiado desde hace casi 200 años, y esa es la cuestión que nunca han querido comprender los nacionalistas.

La defensa de la nación española, es el instrumento que los españoles tenemos, como pueblo convertido en ciudadanos, para defender tanto nuestra cohesión intrínseca, como nuestros derechos y deberes civiles puesto que los derechos civiles brotan precisamente de la constitución del pueblo español como nación, y no exclusivamente de nuestra conversión en ciudadanos que nos hemos dotado de una Constitución, lo que hubiera derivado en un concepto diferente, el de soberanía popular.

Antes de que me salten al cuello los nacionalistas, diré, que evidentemente los "ciudadanos españoles" (no los catalanes, vascos, gallegos, madrileños, etc por separado), podremos dejar de ser nación cuando nos venga en gana, pero como la Constitución de 1978 está vigente, por ahora seguimos siendo nación española, y para ser otra cosa debería establecerse una nueva Constitución, no es suficiente con los nuevos Estatutos”.

(La nación española explicada para torpes” 13/03/07)

El profesor Françesc de Carreras ha hecho la siguiente declaración a Libertad Digital hace unos días, ante la pregunta del periodista:

P: La autodeterminación es una reivindicación vieja de los nacionalismos vasco y catalán. Se habla de ella hasta en los libros de texto escolares y no como hecho histórico que permitió a partir de los 14 puntos de Wilson llegar a un acuerdo en la guerra mundial y después en la descolonización de las potencias europeas, sino como una reivindicación del País Vasco y Cataluña asemejándolas a "colonias" españolas. Hábleme de ello.

Ni el derecho interno español, ni el derecho internacional, permiten ningún derecho de autodeterminación en Cataluña o el País Vasco. Es un simple invento ideológico de los nacionalistas sin la menor base jurídica. La soberanía está en el pueblo español, como dice el apartado 2 del art. 1 de la Constitución. El derecho de autodeterminación es algo totalmente ilusorio. Pero los nacionalistas vascos y catalanes lo seguirán reclamando, con más o menos énfasis, según la táctica del momento, mientras sean nacionalistas. Está en su naturaleza.

Realmente abruma tanta frivolidad rayana en la incoherencia, ¿cómo puede desdecirse de su principal argumento ideológico y quedarse tan fresco?. Dicen que rectificar es de sabios, a buena hora, porque la rectificación llega demasiado tarde para Ciutadans, aunque posiblemente no para él.

Es hora de dejar las cosas claras ante tanta "ignorancia y pedantería": es la nación la que nos hace ciudadanos, libres e iguales, la que nos concede la esencia que permite sustanciar en derechos nuestra realidad política, somos españoles y por ello ciudadanos, porque los "primeros ciudadanos" que nos hicieron políticamente españoles y por ello ciudadanos, los constitucionalistas de 1812, ya no están entre nosotros. Hay que dejarse de argumentos circulares y acudir a la racionalidad que explica las cosas más allá de la correlación.

Nosotros no tenemos la capacidad de hacernos ciudadanos, nos viene dado cuando nacemos (o nos hacen nativos por nacionalización) a este país llamado España, nos hace la Constitución, la historia, la política, la cultura, es decir, la Nación, que es la reunión de todos los españoles a lo largo de la historia desde 1812, los que se han ido y los que están,  aunque nosotros podamos hacer historia, política o cultura o una nueva Constitución, no podemos hacer una nación, sin dejar de ser la nación que somos; pero con la Constitución vigente, la nación de ciudadanos es una mendacidad propia de los tiempos en que vivimos.



Enrique Suárez

jueves, 19 de enero de 2012

Reflexiones sobre la censura


"El secretismo, la censura, la falta de honestidad y el bloqueo de la comunicación amenazan todas las necesidades básicas." Abraham Maslow

Una pregunta que surge en las sociedades democráticas avanzadas es si realmente existe censura y en que grado se manifiesta (o mejor dicho, sirve para ocultar la realidad), junto con otras preguntas necesarias como a qué intereses sirve, cual es su propósito y finalidad, y quienes la ejecutan.

Es fácil comprobar la existencia de censura, cuando no existe plena libertad de expresión y divulgación de lo expresado. Muchos pensarán que en una sociedad como la nuestra, en la que los medios de comunicación cibernéticos fluyen, y todo el mundo tiene acceso a la información a golpe de ratón, es difícil que exista censura, pero posiblemente se equivoquen.

La información no fluye libremente en nuestra sociedad, más bien lo hace canalizada a través de conductos establecidos previamente, que están controlados de antemano y regulados exhaustivamente, es el caso de medios de comunicación social como cadenas de televisión, emisoras de radio o prensa escrita.

Algunos pensarán que internet nos salva, pero prueben ustedes a decir algo que no sea alabanza y aplauso a la línea oficial establecida en cualquier muro de Facebook o Foro de internet, y podrán comprobar cuanto dura su mensaje en el escenario, y da igual si el tema en cuestión es la política, la cultura, la religión o el fútbol, es cierto que hay la posibilidad de crear nuevos muros de Facebook o foros alternativos, para criticar la actitud de los anteriores, pero en ellos ocurrirá exactamente lo mismo, cuando no se coincida con la línea argumental oficial.

Sin duda, el objetivo de la censura en estos casos es buscar la cohesión artificial en forma de pensamiento único en los participantes, algo más propio de regímenes fundamentalistas que de democracias. Su pretensión es eliminar a los discrepantes, estigmatizar el pensamiento alternativo y la crítica, favoreciendo la presencia en su grey exclusivamente de aquellos que aplauden lo que se decida, eso sí, sin su participación en las decisiones.

La consecuencia inmediata de tanta intolerancia es la ruptura de cualquier posibilidad de diálogo entre interlocutores de opinión diferente, la negación de cualquier posibilidad de acuerdo, el empobrecimiento acelerado de los discursos, la negación de la crítica y el estancamiento o degeneración intelectual de los participantes, cada día más limitados en sus posibilidades de expresión.

Esto conduce a una sociedad confrontada en bandos cada día más fanáticos y adoctrinados, bajo la bandera compartida de la intolerancia, en los que se va reduciendo la libertad de expresión y cualquier oportunidad de diálogo. Pero también a una sociedad menos participativa, que hastiada o aburrida de la agresión a que es sometida por los censores se aparta de cualquier actividad en defensa de la libertad, para dejar el espacio existencial dispuesto para el dominio de los enemigos de la libertad.

En realidad, la censura es una forma de control ideológico, que trata de ocultar las discrepancias existentes y las opiniones encontradas, así como la diversidad natural de manifestaciones inherentes al ser humano, algo que al mismo tiempo facilita la emergencia de la propaganda, porque eliminada cualquier posibilidad de crítica o de simples opiniones discrepantes, se conforma un pensamiento único, que termina derivando en una nueva doctrina, en la fe que sustituye a la razón y en la lealtad que se transforma en esclavitud.

La censura ara el huerto para sembrar la propaganda, porque sin duda, la forma más acabada de censura en nuestros días es la desinformación y su forma más perversa, que es la intoxicación. Desinformar es una forma de censura, fundamentalmente organizada en forma de distracción: hablar de lo que le conviene a los adoctrinadores y ocultar lo que atenta contra la doctrina, pero también proporcionar datos espurios o crear informaciones directamente falsas para lograr el objetivo de que la opinión pública no esté informada. Hay una ley del poder que nos dice que una sociedad desinformada es más dócil e insegura, y está más dispuesta a aceptar cualquier alternativa que resuelva la incongruencia que siente y soporta. Si se quiere una sociedad insegura, dócil y obediente, nada como la censura, la desinformación y la intoxicación para lograrla.

Pero la censura no es una barrera inexpugnable, un burka ineludible, o una mordaza inquebrantable para la libertad, aunque para erradicarla se necesitan al menos dos acciones relacionadas: su detección y señalamiento por una parte, algo que puede ser apreciado por cualquiera en un momento dado, pero al mismo tiempo requiere la cohesión de los afectados y su denuncia ininterrumpida, sean lectores de prensa, oyentes de radio, telespectadores o participantes en un foro de internet. Sin erradicar la censura no hay ninguna posibilidad de libertad, y sin libertad, no hay ninguna posibilidad de democracia, el horizonte se convierte en una jaula cada día más totalitaria, que reduce las posibilidades de expresión al sometimiento a las verdades oficiales, la servidumbre a los detentadores del poder y la asfixia de cualquier posibilidad de que las cosas puedan cambiar en el futuro. Consintiendo la censura cerramos cualquier camino que nos conduzca fuera de ella, estamos atrapados, sin salida.

Crimen contra la razón que queda sin sanción, irracionalidad que asumimos como cadenas en nuestro destino. El camino de la censura sólo puede conducir al horizonte seguro de la dictadura, sólo depende del tiempo y nuestro silencio su llegada. En nuestra elección y voluntad está el ser colaboracionistas con los totalitarios o denunciar sin descanso, su apoderamiento de nuestra existencia gracias a la asfixia de la libertad y la imposición de su adoctrinamiento.

Enrique Suárez

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