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miércoles, 25 de julio de 2012

¡Váyase Señor Rajoy!


Dentro de poco será el lema más repetido entre los españoles, porque un país no puede depender de las incongruencias e incoherencias de un Presidente de Gobierno, ni siquiera la España que fue gobernada por José Luis Rodríguez Zapatero, que pronto será propuesta para para encabezar la lista de pueblos más sufridos del planeta, en la que nadie puede aventajarnos.

El problema de Mariano Rajoy es el “piñón fijo” de aquel que no sabe tomar decisiones sin consultar hasta con Rita la Cantaora y cien comisiones , la ausencia de autoridad que raya en la castración decisoria y el tancredismo que caracteriza su biografía. Un personaje que fue capaz de esperar ocho años a que Zapatero hundiera España sin decir ni esta boca es mía, para que no le llamaran facha, no puede reunir las condiciones para sacar a esta nación de la crisis económica más grave de su historia, que puede hacer zozobrar incluso la fortaleza de la economía alemana que sostiene hoy el euro.

Como dice el profesor Centeno, España ya no puede financiarse por sí misma a los tipos de interés que nos imponen los mercados. La hecatombe ocurrirá en octubre cuando haya que buscar 60.000 millones de euros para sufragar los intereses de la deuda pública que nos han adquirido los políticos de la casta que decían representarnos.

Nuestro mayor problema no es la prima de riesgo, sino el riesgo de seguir haciendo el primo como nos ocurrió con Zapatero, porque no resolver los problemas que tenemos significa agravarlos. Cada día que no se arreglan los problemas van subiendo más los intereses que tenemos que pagar por la deuda y el volumen total de deuda que tenemos que devolver, además, el ultimatum de la realidad nos indica que no podremos financiarnos a niveles insostenibles más allá de un par de semanas.

¿Qué ocurrirá después?, pues posiblemente que la Unión Europea nos ofrezca un par de alternativas, seguir en el euro en condiciones similares a las aplicadas a los griegos o que nos salgamos de la moneda común paulatinamente para no distorsionar el futuro de la unión económica europea. La cuestión está clara, Rajoy no se ha enterado que tenía los pasados siete meses de prórroga para resolver los problemas que acucian a los españoles, al menos encontrar el surco de la razón que nos permitiera salir del hoyo, pero lo único que se le ha ocurrido es esperar a que Europa tomara decisiones y viniera en nuestra ayuda mientras maquillaba de catástrofe los recortes y las mermas en nuestro bienestar. Con esa inteligencia que le caracteriza, para generar la riqueza que necesitamos que permita resolver los problemas que tenemos, lo único que se le ha ocurrido es empobrecernos aún más, hasta esquilmarnos, pero sin reducir el Estado caótico que nos legó su predecesor.

Que los españoles paguen los errores de los políticos que nos tienen secuestrados, es el rescate que nos imponen los que han vivido bien a nuestra costa durante los últimos ocho años del duerno público, donde comen todos los cerdos que nos han hundido.

Señor Rajoy, por favor, váyase, hágalo con diginidad, aún está a tiempo; si no va a hacer nada más que asfixiar a los españoles para salvar a la casta política que le ha elegido como verdugo, y conservar a los 600.000 colocados, parásitos en las administraciones públicas, que le dejó Zapatero, sin realizar ninguna reforma solvente y resolutiva que reduzca el nivel del gasto del Estado, autonomías, ayuntamientos y empresas públicas, mejor se va, antes de que sea usted declarado persona non grata por el pueblo español. Una retirada a tiempo es una futura victoria. Su proyecto, el que fuera, ha caducado sin haberse iniciado, ya ha agotado usted toda la credibilidad y nunca tuvo mucha. Así que haga un favor a este país y a usted mismo: ¡váyase!

Enrique Suárez

miércoles, 18 de julio de 2012

Proponen a Zapatero para el próximo Premio Nobel de Economía


Los españoles sabíamos que estábamos mal, ni la Alianza de Civilizaciones podía salvarnos de estrellarnos contra la realidad. Ahora me viene a la memoria la de gilipolleces que tuvimos que soportarle al idiota del contador de nubes y su corte de los milagros, aquellos que cultivaban brotes verdes para fumárselos y estaban dispuestos a llevarnos por el camino del progreso, defendiendo la alegría.

Pero lo que todavía me sigue sorprendiendo es la inmensa paciencia de los españoles con la cruzada por la farsa que unos trileros se han vivido a nuestra costa y todavía siguen por la calle de procesiones, acusando a Rajoy de querer pagar la deuda que ellos nos dejaron por convertir auténticas acémilas en pura sangres con el dinero público que no es de nadie. Que inmensa deslealtad con su electorado, prometer pleno empleo, negar la crisis, ofrecer motivos para creer mientras organizaban un desfalco permanente del Estado, cargándose para siempre nuestro bienestar, con el único motivo de incrementar sus inmerecidos privilegios personales y de secta.

Hubo un tiempo, no lejano, que en este país ser idiota y ejercer como tal era lo más de lo más, se fomentaba la estupidez, la degradación del sentido común, las más augustas gilipolleces. Cuando un prócer del Gobierno de Zapatero o Zapatero mismo, invertía unos cuantos millones de euros en crear un Estado de diseño superguay que molaba cantidad y el plus pal salón, en El País se derretían, en Público llegaban al orgasmo, las televisiones públicas no cabían en sí de alborozo y en la Ser tocaban el cielo. ¿Y ahora qué?

Pues ahora nada, 500 millones de intereses diarios de la deuda pública, y un 30 % del PIB (que Leire quiso convertir en piba, porque andaba albi-celeste), pero a todos ellos que les registren, porque todavía se sienten molestos de que los españoles no les hagamos la ola como a la selección española de fútbol agradeciendo el progreso que han traído a esta tierra del viento y sus gentes. Es que todavía se enfadan, porque la culpa es de la derecha, otra vez. Si no fuera por Rajoy, ahora viviríamos en el mejor mundo de los posibles, con cientos de miles de liberados sindicales, y los del carnet colocados entre los 600.000 empleos públicos que creó el de las cejas, mientras enviaba 3,5 millones de españoles al paro. Que mayor felicidad puede brindar a sus adeptos una organización sectaria como el PSOE que la de esquilmar a los españoles para colocar a los suyos en los cargos más rimbombantes de la sociedad. No me extraña que con tantos miserables dando órdenes no tengamos a España en el quinto lugar del mundo del índice de miseria, que no es tontería.

Ahora salen a la calle, el PSOE dispuesto a ponerse a la cabeza de la manifestación cuando tendrían que ser perseguidos por cualquier manifestación, pero como las organizan ellos, al alimón con los sindicatos, todavía les permiten portar las pancartas y las banderitas. Yo creo que están jugando al despiste, porque la mejor forma de eludir sus flagrantes responsabilidades en el estropicio que han organizado es poner el miura de las masas mirando a La Moncloa, mientras Rajoy nos hace un corte de pelo al cero con las tijeras de la realidad, para que no puedan volver a tomárnoslo, lo que, a pesar de todo, es de agradecer.

No soporto a la izquierda babosa que tenemos en España, que buscan culpables para hacerse las víctimas y rentabilizar su incapacidad a cotas de descubridores del átomo. Me parece que los españoles no vamos a salir nunca de la crisis, sino somos capaces de llevar a unos cuantos ministros de Zapatero en procesión a la cárcel, con el mahdi circunflejo a la cabeza. Pero mientras los medios de comunicación que han vivido a su sombra les sigan dando parabienes y entonando diatribas contra los demonios de la derecha, en este país todavía hay tarugos suficientes para que vuelvan a ganar las elecciones y lleven el paro hasta los diez millones.

¿Pero no hay nadie en la izquierda de este país que no esté grillado y que reconozca que todo lo que se hizo con el régimen sectario de Zapatero fue retroceder veinte años en libertades, derechos y bienestar? ¿No hay nadie que desde la izquierda se atreva a enfrentarse a estos fantoches que se han aprovechado de la gente para vivir como dioses mientras a los demás nos convertían en feligreses que pagaran sus locuras?

¿No hay nadie qué tenga lo que hay que tener para llamar imbéciles a estos miserables a la cara cada vez que haya oportunidad, viendo como tienen el cuajo de habernos arruinado, sin haber pedido siquiera disculpas eternas? Verán ustedes, no se engañen, la crisis en España se resolverá cuando se disuelvan el PSOE, los sindicatos, también el PP y el resto de los partidos políticos, que tienen que establecer un blindaje del Parlamento para seguir protegiendo los intereses de sus partidos con los votos que los españoles les concedieron, tras engañarlos.

Para colmo de los colmos, nombran a un sectario del PSOE Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, no vaya a ser que a alguien se le ocurra la locura de llevarlos a los tribunales por todo lo que han deshecho impunemente y haya que buscar alguna fórmula para evitar que visiten la cárcel, que es su destino obligatorio en justicia.

Lo único que nos faltaba es que la asociación de progresistas de Kazajstan, la coordinadora transexual de las islas Célebes, y el coro feminista de Arkansas, propusieran a José Luis Rodríguez Zapatero para el próximo Premio Nobel de Economía.... y que los suecos se lo concedieran, por aquello del talante.

Enrique Suárez

domingo, 15 de julio de 2012

Es más difícil construir una catedral que destruirla


No es lo mismo hacer que deshacer. Ni hacer bien, que hacer mal. Hacer algo bien requiere conocimiento, destreza, experiencia, adaptación, esfuerzo y tiempo; deshacer, es mucho más sencillo, basta con una infamia urdida, una mentira repetida, una promesa falsa, una creencia errónea, una fantasía ilusoria o un delirio incoercible, casi cualquier malevolencia sirve para deshacer, y para hacer algo perjudicial.

Por mucho que se empeñen los relativistas del postmodernismo, siempre será más difícil construir una catedral que destruirla, pintar un cuadro que quemarlo, hacer un poema que hacerlo desaparecer; tener una idea genial que no tener ninguna. En la historia de este mundo hay muchas obras que no conocieron la luz, porque alguien decidió apagarla, hubo muchas voces que no fueron escuchadas porque alguien decidió silenciarlas. Voltaire, Jean François Revel, Noam Chomsky, Karl Popper o Czeslaw Milosz, entre otros pensadores, nos hablan de las argucias de los poderosos y afines, o aquellos que aspiran a sucederles, para evitar que las cosas cambien, o para que cambien por extrañas circunstancias que suelen alejarse de la razón, la libertad o la democracia. La lucha por los privilegios que confiere el poder es posiblemente un arcano de la especie humana.

La dialéctica y la retórica

Si tuviera que elegir una fecha y situación para descubrir el origen de las falacias de este mundo, sin duda sería el jueves 18 de octubre de 1827; el lugar, la casa que Goethe poseía en Weimar; la escena, una apacible conversación entre el autor de Fausto y el padre de la dialéctica, cuando este decidió hacer una visita a Goethe de regreso a Berlín, tras una estancia en París. En aquella ocasión, Hegel le reveló a Goethe –según nos relata Eckermann- sus reflexiones sobre la esencia de la dialéctica:
-En el fondo, no es más que el espíritu de contradicción, regulado y metódicamente articulado, que reside en todo ser humano -aclaró Hegel- y que demuestra ser un valioso don para distinguir lo verdadero de lo falso

-¡Si no fuera porque muchas veces se abusa de tales artes y habilidades intelectuales empleándolas para hacer verdadero lo falso y falso lo verdadero! -replicó Goethe.

-Efectivamente, este tipo de cosas pasan -admitió Hegel-, pero sólo recurren a ellas los enfermos de espíritu.

-En este caso, rompo una lanza a favor del estudio de la naturaleza, que no permite contraer semejante enfermedad -repuso Goethe-. Pues en la naturaleza nos enfrentamos con la verdad infinita y eterna, que rechazará enseguida a todo aquel que no obre de forma absolutamente pura y honesta en la observación y en el tratamiento de su objeto de estudio. Es más, estoy convencido de que más de un enfermo dialéctico podría encontrar una benefactora curación en el estudio de la naturaleza.
Posiblemente, Goethe se daría cuenta de los peligros que supondría para el pensamiento racional el instrumento dialéctico propuesto por Hegel, pues si bien desde una posición honesta siempre se terminaría estableciendo una síntesis, entre tesis y antítesis, en una postura más insidiosa e irresponsable se podría mantener un conflicto eterno entre posiciones confrontadas. Posiblemente Hegel, no tuvo siquiera conciencia de la poderosa arma que dejaba al servicio de los desaprensivos, a partir de entonces surgieron los totalitarismos, las doctrinas filosóficas que derivaban de prejuicios morales como el marxismo o el existencialismo

El concepto de superioridad moral de la sociedad y el Estado prevalecieron sobre el ser humano individual; se abrieron las puertas al relativismo y la postmodernidad, la retórica y la falacia, la miseria del historicismo re-interpretador. Se puede decir que si Nietzsche terminó a martillazos con la idea de Dios, Hegel lo hizo de forma similar con la libertad del ser humano individual. Seguramente su intención no fue esa, pero la de sus seguidores, algunos de ellos fanáticos totalitarios, terminó configurando un escenario hostil al razonamiento honesto y la reflexión sincera.

Creer o crear

Cuando hoy contemplamos a un inepto destruir con retórica y malas artes alguna idea sustancial, alguna propuesta esencial, por el simple placer de evitar su triunfo por motivos de fe o creencia, comprendemos el gran perjuicio que Hegel ocasionó a la filosofía, abriendo las puertas de nuevo a las verdades reveladas como esencia de la filosofía que había propuesto Agustín de Hipona desde el cristianismo. A partir de entonces cualquier doctrina con suficientes adeptos podría imponer su nueva religión como ocurrió con el nazismo o el marxismo, con el socialismo o el fascismo, o como ocurre actualmente con los distintos brotes del existencialismo devastador que subyuga al ser humano a la inexistencia –la nada- o la insignificancia –en términos de Castoriadis-; sin duda, desde aquella fecha pocas catedrales del pensamiento humano se han construido, sin embargo se han destruido muchas con la intención de imponer nuevos motivos para creer, que no para crecer.

La humanidad atraviesa en los comienzos del siglo XXI una etapa bonsái del pensamiento, sometido a fuerzas destructoras más poderosas que las constructoras. A su sombra han brotado miles de insustanciales propuestas que nos conducen a la negación de cualquier fuerza creadora o creativa, porque en el pensamiento debe prevalecer la fe, y la creencia en que la cota más elevada del desarrollo humano es la congregación, por encima de la libertad. De ahí hasta convertir la democracia en un instrumento para ejercer cualquier forma de tiranía hay un paso.

Vivimos en el error de que existe una verdad democrática, cuando tal cosa nunca ha existido, ni existirá. La democracia es, en último extremo, una forma más de coerción sobre los seres humanos porque subsume las voluntades individuales en un proceso de agregación que detrae su esencia original. Pondré un ejemplo para que se entienda mejor, si tres ciudadanos se reúnen para establecer una conclusión compartida sobre alguna cuestión, se podría llegar a mentiras democráticas con gran facilidad; supongamos que dos ladrones y un policía votaran sobre las leyes para detener a los ladrones que debería seguir la policía. Sin duda no serían eficaces para detener el crimen, pero serían extraordinariamente democráticas.

Para que la democracia resulte eficaz en el proceso de extracción de las mejores opciones compartidas se requiere que los participantes cumplan con los preceptos de honestidad de Pericles que tan bien describió Tucídides, en otro caso lo que ocurrirá es que se creará un sistema demagógico que conculcará la justicia, la libertad y la igualdad entre los seres humanos, segregando entre opresores y oprimidos, entre los que tienen todos los privilegios y los que están sometidos a todos los perjuicios, entre los que mandan y los que están obligados a obedecer. En ese momento habremos alcanzado la tiranía, por la vía de la democracia como ocurrió en el nazismo o el comunismo.

Para que la democracia impida la creación de tiranías son necesarios tres elementos imprescindibles: la isonomia, igualdad de leyes para todos, también en su aplicación; la isegoría, igualdad de libertad de expresión y de divulgación de lo expresado, y por último, una justicia independiente del poder político que impida que los poderosos tengan distintas potestades y atribuciones que los desposeídos. Sin estos elementos no existe nada parecido a la democracia y se produce la asfixia de la libertad por los enemigos de la justicia.

Es más fácil vivir del deshacer que del hacer, vivir de hacer mal que vivir de hacer bien las cosas, para deshacer y hacer mal solo es necesario el poder, para hacer bien, además del poder, es necesaria la inteligencia, la honestidad, un respeto por los demás como por uno mismo, y que ninguno de los que deshacen y hacen mal, pueda interrumpir el proceso de lograr avanzar hacia el futuro de la mejor forma posible, dentro de las posibildades reales.

Es necesario que a comienzos del siglo XXI, seamos capaces de superar las "verdades reveladas" que nos ofrecen los que detentan el poder, sino queremos terminar siendo sus esclavos. Es hora de crear el puente que nos conduza al futuro y abandonar para siempre la creencia de que sólo existe el abismo que nos muestran aquellos que nos dicen que no hay otro camino más que aquel que ellos nos pueden ofrecer. Sencillamente, es hora de erradicar para siempre a los farsantes de nuestras vidas y comenzar una nueva etapa de la historia.

Enrique Suárez

Cuando un gobierno la caga, hay un pueblo que lo paga

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