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miércoles, 12 de diciembre de 2007

El ocaso de la representación política convencional


En la primera década del siglo XXI estamos asistiendo al final del enésimo “ancienne régime”. La política, a imitación del ser humano y sus producciones, evoluciona también por selección natural aunque en esta ocasión corregida por los presupuestos de la revolución paradigmática que Thomas S. Khun nos propuso, aunque la sociedad abierta cada día tenga más enemigos.

El modelo convencional de redistribución del poder está absolutamente agotado y vive en sus últimos estertores. Los partidos políticos han demostrado ampliamente su ineficacia para resolver los problemas que se presentan en las vidas de los ciudadanos. La sociedad se aleja cada día más de las urnas, con la conciencia de que debe desentenderse de lo que no representa sus intereses.

Este fenómeno no es exclusivo de la democracia española, pero sí es más visible en los países del sur de Europa que en los del norte, o que en las democracias de otras latitudes. El carácter latino se manifiesta en la rebelión ante los desmanes del poder con una impulsividad revitalizadora, tarda en hacerlo, pero al final siempre acontece.

Recientemente se han publicado dos obras muy interesantes sobre la "revolución" que contra el poder detentado por los partidos políticos y su usurpación de la democracia, que se viene fraguando hace años. En Italia, la obra de Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella, “La Casta” ha vendido más de un millón de ejemplares en pocos meses. De regreso a nuestro país, en Ciudadanos en la Red hemos tenido recientemente la oportunidad de entrevistar a Francisco Rubiales sobre su obra Políticos, los nuevos amos, editada porAlmuzara.

En ambas obras se expone que las oligarquías políticas que conforman los partidos convencionales se aproximan cada día más a la descripción formal de sectas. Los ciudadanos estamos condenados a aceptar sus propuestas, o por el contrario inhibirnos en la participación de este juego de reparto de privilegios, al que ellos consideran democracia. Es cierto que también podemos rebelarnos, en eso estamos.

Los partidos políticos han perdido por completo su dimensión fundamental, que es la de servicio a la sociedad, para convertirse en máquinas de poder al servicio de los intereses económicos de grandes empresas y corporaciones económicas, y los suyos propios. Pero también se han transformado en oficinas de colocación de personal en las que pesa más el carnet político que la capacidad o el esfuerzo desarrollado a lo largo de toda una vida.

Suponen el principal escollo para que la igualdad de oportunidades sea real en las democracias; el proceso de nepotismo tiene como consecuencia inmediata que las políticas desarrolladas por los incapaces alzados por la fortuna, cada día resulten sean más funestas y lesivas para nuestra sociedad.

Sin duda ha sido la presión del mercado y la baja resistencia de los representantes, los elementos que han contaminado el ars política con la corrupción y el distanciamiento de los objetivos declarados en idearios, programas, y discursos.

El poder político se ha convertido en instrumento del poder económico, esto se observa con opulencia en los regímenes democráticos más débiles, que precisamente son los económicamente menos desarrollados, pero es común a la totalidad de los sistemas democráticos. En el modus operandi que determina el modus vivendi de nuestros políticos no hay diferencias entre izquierdas y derechas, norte y sur, este y oeste, o centro y periferia.

Gaetano Mosca, un politólogo italiano (siciliano para más señas) que brilló en el siglo pasado a la sombra de Vilfredo Pareto, consideró como universal la distribución del poder en todos los regímenes y sistemas políticos, resumiendo que en cualquier circunstancia siempre hay alguien que manda y alguien que obedece. Sus estudios sobre la clase política son fundamentales para comprender lo que está ocurriendo. Al igual que lo son los de Max Weber.

A comienzos del siglo pasado, Mosca consideraba que la democracia era un buen sistema de selección de personal, para constituir las élites que pudieran conformar la estructura de los sistemas de gobierno necesarias tras la caída de los regímenes autoritarios. Hoy las cosas han cambiado.

El origen del poder

La construcción del Estado que en su día fue el elemento liberador de las inequidades feudales, ante la ausencia de control ciudadano y la desidia organizada desde las élites políticas, se ha convertido en el principal elemento de discriminación y segregación en las sociedades democráticas avanzadas. No el Estado en sí, como se verá, sino la usurpación que de él se hace por los políticos, que reproducen los elementos del fascismo, en la búsqueda del totalitarismo discreto, establecido en la acumulación de todo el poder en muy pocas manos e intereses.

El poder de los partidos ha penetrado en todos los niveles de acción política. El poder judicial está imbrincado con el político, y el Espíritu de las Leyes de Montesquieu, elemento fundamental de la democracia, forma parte de los empolvados anaqueles de la historia social. El poder mediático, está contaminado por subvenciones y licencias otorgadas por el poder político.

El poder social asociativo y el poder sindical han pasado a mejor vida desde que los partidos políticos han distribuido patrimonios y prebendas. La Educación para la Ciudadanía quiere consolidarse como elemento reproductor de adocenamiento político. En la sanidad rigen criterios políticos antes que profesionales. Lo mismo ocurre en los servicios sociales, la cuestión de la seguridad, el medio ambiente, la vivienda, las condiciones laborales, etc. En fin, el Estado se ha convertido en el principal empresario de los países democráticos, y distribuye por los criterios de los políticos oportunos miles de millones de euros más orientados por el fin de su perpetuación que por el del beneficio social.

Desde los estudios correspondientes se conoce que el Estado emerge de la ambición individual acumulada, en las sociedades igualitarias “menos avanzadas” no resulta necesario y además es rechazado abiertamente por sus miembros.

Los estudios realizados por Pierre Clastres:La sociedad contra el Estado, y por Herbert Spencer: El individuo contra el Estado que se pueden leer en nuestra sección Textos Ciudadanos, abundan sobre la cuestión, para concluir que el Estado es una entidad que puede resultar muy perniciosa para la vida de las personas, siempre que sus intereses y objetivos no sean absolutamente controlados desde instancias independientes e incorruptibles, es decir por ciudadanos, no por políticos.

En una sociedad culta, con ciudadanos suficientemente formados, que saben lo que quieren y como conseguirlo cada día en sus vidas, y en plena era de la globalización, las élites políticas que se acantonan en los partidos políticos resultan inadmisibles, y suponen el obstáculo más importante para que los ciudadanos alcancen el grado de bienestar personal, que se acaba desviando a privilegios inmerecidos que solo disfrutan los más obedientes a las consignas de mantenimiento del “establishment”.

La rebelión ciudadana está a las puertas de la fortaleza del poder, en esta ocasión el pueblo no viene buscando la cabeza del rey, sino el poder que le corresponde como tributario de soberanía. El contrato social de Rousseau ha caducado. La voluntad general se extingue, no hay tal cosa. Cada ciudadano es libre, sujeto de derechos y deberes, y responsable de sus actos, los políticos que representan sus intereses son innecesarios, cada ciudadano tiene capacidad suficiente para representar sus propios intereses y sabe mejor que nadie cuales son.

Lo único que queda por decidir, es como hacer el cambio definitivo que devuelva el poder a la ciudadanía. Al quedarse sin nada que representar nuestros representantes políticos deberán ir buscando trabajo como cualquiera y olvidarse de sus privilegios. Los políticos no pueden ser diferentes a los ciudadanos en ninguna circunstancia. La nueva lucha de clases se establece entre ciudadanos y políticos. La degeneración de la política nos ha llevado a una situación esperpéntica, ayer los representantes públicos eran los mejores entre los ciudadanos, hoy son los peores y además los más aprovechados y egoistas, y los que más cobran por hacer lo que les dé la gana.

Biante de Priena

4 comentarios:

Vaca dijo...

La política es una mezcla de cesarismo con burocracia.

De fábula dijo...

Sr. Biante, la conclusión de su brillante texto no es otra que la de enredarse en la construcción de un nuevo Estado español: El Estado de los ciudadanos. El actual no sólo no es útil, es peligroso para nuestros intereses de españoles, actúa perjudicándonos gravemente.

Enhorabuena por su escrito.

Anónimo dijo...

...el Estado Español Ciudadano forma parte del Nuevo Estado Mundial Humano y se une a toda la potencia del NEC Francés, Inglés, Italiano, Portugués, Norteamericano (o de los Estados Federados que se Independicen de las Sanguijuelas), Tunecino, Egipcio, Libio, etc. hasta completar el planeta. Es la fuerza política y social más universal y arrolladora, más inextinguible e inagotable.
Y para arrasar como es debido y radicalmente a su minúsculo adversario y peligroso fantasma, en lo sucesivo tiene necesariamente que aprender, más y mejor, a distinguir el campo de batalla y apuntar al auténtico centro de la diana: la propiedad pública e ilegal de unos pocos de ineptos. Ese convencimiento y su remedio es quién se abrirá paso entre las muchedumbres, porque cuando el hambre aprieta el músculo se tensa y la voluntad de sobrevivir empieza a brillar por su poderosa presencia. Publicado en Cahiers Mayo 2011

mortalcontribuyente dijo...

Magnifico analisís como no podía ser menos viniendo de ti.
Lo que sigo sin poder entender que como tu sabes llevamos años intentando cambiar las cosas y los mortalescontribuiyentes nos aunamos esfuerzos, todos sabemos que la casta política que nos toca padecer es un abuso en todo sus términos, pero ahí seguimos sin hacer nada

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