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lunes, 9 de marzo de 2009

Abajo los de arriba

Decía el escritor francés André Gide, que el mundo podía dividirse en dos categorías de personas en relación a su posicionamiento ante el devenir de los tiempos: los crustáceos y los sutiles; los primeros, empeñados en seguir viviendo según normas caducadas, mientras los sutiles tratan de adaptar las normas al tiempo en el que viven. Nada dejó escrito sobre el “ultrasutilismo” (modernismo, progresismo), que representa ese afán innovador que invade nuestro país, que más recuerda al nihilismo que a la sublimación, por su puesta en escena que nos trae a la memoria los desaguisados y ademanes de “El Incorruptible”.

Triunfar en unas elecciones democráticas, concede a los elegidos la facultad de cambiar algunas cosas en la sociedad, algunas leyes en la política, algunas cuestiones culturales. Hasta ahora había sido así en España. Pero para cualquier ciudadano occidental, resulta inaceptable que, tras un triunfo electoral, el mandatario elegido por su pueblo se convierta de pronto en Luis XIV, aquel que decía que el Estado era él, o en su sucesor Napoleón, que trató de convertir Europa a su causa de progreso, imponiendo un afrancesamiento de la realidad, por la razón o por las armas, que es otra forma de razonar. Estas actitudes, que imponen reglas de relación y convivencia de forma radical, se conoce en política como despotismo y denota muy poco respeto por el criterio propio y la libertad de los gobernados. Si se fundamenta en el conocimiento, se le puede añadir el adjetivo de ilustrado, pero si se fundamenta en el desconocimiento y la mendacidad, deriva en una simple forma de tiranía.

El mandato representacional tiene límites, que el ocupante actual de La Moncloa desconoce –tras demostrar su incapacidad para gobernar por los errores cometidos- con alegría. Todos los Presidentes de Gobierno españoles, incluido el Felipe González del cambio, respetaron el aserto de restricción del poder y trataron de ceñirse a la Constitución. La aceleración intempestiva con que Rodríguez Zapatero pretende elevar nuestra sociedad a las cotas de su delirio, excede todos los criterios de mesura y sobrecoge por sus excesos. Bien parece que, en vez de pretender transformar la realidad que es lo que sugiere cuando habla, quisiera derribar lo existente, para utilizar los escombros de las ruinas y el solar resultante, en la construcción de un cenotafio para su gloria pretérita con alguna empresa constructora amistosa.

Cuando las crónicas se hagan historia

Estoy seguro de que cuando pase suficiente tiempo para que las crónicas se transformen en historia, habrá muchas más páginas dedicadas a sus destrozos que a sus logros. Porque en realidad, sin entrar en una cuestión valorativa de la bondad de sus aportaciones, analizando exclusivamente el proceso de transformación social que ha impuesto, la política de Zapatero reúne en la habilidad que le caracteriza, lo peor del Antiguo Régimen y lo peor del periodo revolucionario que acabó con él. Nadie en la historia occidental ha sido capaz de reunir tantos errores en un periodo legislativo y sucederse a sí mismo; quien no terminó en la guillotina, lo hizo en el exilio de una isla distante. Y esa es la grandeza de la política de Zapatero, que mide con cada decisión la paciencia de los ciudadanos ante sus barbaridades políticas, como en la época convulsa que dio lugar a la aparición de los “termidorianos”.

La política de Zapatero recuerda a los comics de superhéroes, que apelando a una condición propia inusitada, transformaban el mundo a su alrededor. Pero Zapatero no es un superhéroe, aunque estoy seguro de que le encantaría serlo. Como tampoco lo es Garzón, el Fouché necesario de cualquier representación teatral de la política. Y ésto tiene como consecuencia que, en vez de concluir sus hazañas en prodigio o maravilla, terminen en chapuza y ridículo para vergüenza del autor y sarcasmo de la audiencia.

El presidente Zapatero y su corte de “cejeros” desconocen lo que es España, pero saben perfectamente cómo utilizar la propaganda para convencer a los españoles de la bondad de sus intenciones, para gobernar para el pueblo pero sin el pueblo.
Cuando nos acercamos a los 4 millones de parados, el Gobierno habla de políticas sociales de apoyo a los trabajadores; cuando hay una oportunidad histórica de cambiar las políticas fósiles del nacionalismo en Euskadi, Patxi López nos dice que en su Gobierno habrá representantes de la sensibilidad nacionalista –teniendo en cuenta que los apoyos que le permitirán ser Lehendakari son los del PP-. Ante la crisis sin precedentes que nos asola, Zapatero dijo que no sería para tanto porque España era el país occidental mejor preparado para afrontarla, hoy podemos comprobar que somos el único país occidental, absolutamente desarmado y rendido, sin una sola idea para resolver nuestra situación en su gobierno.

Antes de la estampida

Al Presidente del Gobierno sabemos que le gusta la tensión, que la gente le critique, porque así obliga a los que le apoyan a ensalzarle y cohesionarse aún más su alrededor, esto denota el profundo desprecio que tiene por los ciudadanos, especialmente por sus seguidores, a los que considera una masa informe de cuerpos sin cerebro dispuestos a acompañarle al mismo infierno si lo reclama. Esa actitud mesiánica de convertir al gobierno en cerebro colectivo de una masa ciudadana, tan característica de los soñadores más inmaduros y de los tiranos, anuncia ineludiblemente el comienzo de su final.

Aunque es cierto que a la masa se la estimula con bajas intenciones, como se puede comprobar en los programas televisados de nuestra época, que la envidia no es sana y hay muchos que disfruta cuando ven a los “privilegiados” –en muchas ocasiones con todo el merecimiento- cayendo en la misma poza de miseria de los que por falta de criterio propio son incapaces de librarse de su fortuna y culpan a las circunstancias de su mala suerte. Hay muchos ciudadanos que votan a Zapatero porque en realidad odian a sus jefes o a sus vecinos, y esa es la España que estimula este malandrín, la de los bajos instintos, la formada por aquellos que incapaces de ascender por sus propios medios en la vida, para zafarse de la mezquindad que la inunda, disfrutan contemplando como los que han ascendido en la escala social lo han hecho “ con trampas y malas artes”.

El camaleonismo de Zapatero es meritorio, porque perteneciendo a la élite de una capital de provincia española, parece que estuvo toda su vida trabajando en una mina, una obra o un restaurante. Por eso a muchos españoles que le han votado, les parece uno de los suyos, cuando en realidad es un profesional de la comunicación y la propaganda más zafia, que les ha vendido un cuento, ofreciéndoles cambiar su realidad miserable sin esfuerzo alguno, sin mérito, sin motivaciones por el solo hecho de votarle. Su foto finish es la de alguien que prometiendo pleno empleo al concluir la presente legislatura, ha conseguido que el país que representa haya alcanzado las cotas de paro más elevadas de Europa, y las más elevadas en la historia reciente de nuestro país.

Por qué el progresismo de Zapatero se rige por el principio fundamental del socialismo, que consiste en utilizar el poder para colocar a los suyos desde el sectarismo más inicuo, mientras que se muestran los pecados de los “supuestos usurpadores” que han mantenido hasta entonces el bienestar de todos. Su revolución ha consistido en negar la sociedad que se fundamenta en el reconocimiento de los privilegios y de las sanciones cuando son merecidos, para conceder beneficios y prebendas a los que no han hecho nada más que mirarse el ombligo, malgastar su existencia y quejarse de su mala fortuna.


España no es ésto

Ese es el hecho diferencial de la crisis que tenemos en España, que en las estructuras de gestión hay inútiles apoyados de forma sectaria, que han desplazado de las decisiones a quienes tenían criterio para la acción y la gestión eficaz, y que en sus huestes electorales reúne a la inmensa mayoría de los españoles que no han dado palo al agua en su vida, pero han cumplido con lealtad con acudir a las urnas cada cuatro años –ese es su trabajo más importante-, para apoyar a la humana providencia del Estado benefactor que les procurara asistencia miserable hasta la siguiente legislatura, en forma de trabajos sociales, ayudas regulares, y lo que sea necesario, convirtiéndolos en ganado estabulado.

Evidentemente está claro quién va a pagar la crisis en España, los que trabajan, los que se esfuerzan, los que cumplen, los que luchan por mejorar su vida, y los que han sufrido para alcanzar su bienestar. Y también está claro quienes se van a beneficiar de ella, los que han trincado, los que no han dado palo al agua, los que maldicen su existencia, los que piensan que otros están mejor que ellos gracias exclusivamente a la fortuna, y que consideran que la igualdad es que no haya nadie que disfrute de privilegios aunque se los merezca. Ese justicialismo inepto que caracteriza el discurso de personajes como Chávez, Castro, o Morales, es el que nos espera a los españoles.

Nunca llovió que no escampara

Sin duda, el final de Zapatero correlacionará con el declive económico y laboral de nuestro país, con la tremenda injusticia de premiar a los más ineptos y castigar a los que se esfuerzan; será triste ver en los próximos años como nuestros hijos no podrán alcanzar las cotas de bienestar que nosotros hemos logrado por mucho que se esfuercen, gracias a la mendacidad de unos inefables sin sustancia, beneficiados por la insólita estupidez de sus propias víctimas, y elevados a la gloria desde la más absoluta miseria mental y la propaganda, que ha vendido los frutos del progreso, cuando en realidad sembraba las semillas de la recesión.

Pero por mucho daño que nos haga la crisis económica, aún será mayor el que nos hará la “reeducación miserable” a que nos ha sometido el elenco gubernamental, en la que siguiendo el principio marxista de que de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad, ha buscado convertirnos en una sociedad uniforme, patética y quebrada mentalmente.

La cuestión definitiva para los españoles ya no será si esforzarse o no esforzarse por mejorar su vida y consecuentemente las de los demás, sino algo mucho más sutil: esforzarse, ¿para qué?, porque para mantener inútiles, incapaces y vagos, beneficiándose del esfuerzo ajeno por su propia negligencia va a esforzarse otro.
Probablemente la democracia sea un cuento para explotarte, así que vamos a disfrutar de la vida, que estoy absolutamente seguro de que los que saben esforzarse, también sabrán recoger lo mejor de la vida si trabajan menos y disfrutan más.

Vamos a darle la vuelta a la tostada. Que inventen ellos, que hagan empresas ellos, que creen riqueza ellos, que produzcan cultura ellos, y que creen puestos de trabajo sociales ellos y por supuesto, que defiendan la España que les mantiene, ellos también, por la cuenta que les tiene, que otro país nunca les hubiera concedido tanto por tan poco como han hecho por él y por lo mucho que han hecho contra él.

La venganza de los creadores, de los que creen en sí mismos, de los que se esfuerzan siempre termina aplastando la pusilanimidad de los bondadosos creyentes que se benefician extraordinariamente de su soberana estupidez, y que son incapaces de gestionar sus propias vidas y esperan que el Estado les sostenga, en su dependencia inevitable.

A partir de ahora vienen tiempos difíciles, cada palo tendrá que aguantar su vela, y cuando alguien tenga problemas que acuda a su sindicato a quejarse, le escriba a Zapatero a La Moncloa para preguntar que hay de lo suyo, y que se harte de paciencia y esperanza. Bien está que se regule la ley del más fuerte, pero no para establecer la tiranía del más débil, que en muchas ocasiones coincide con los más aprovechados ventajistas.


Biante de Priena

domingo, 8 de marzo de 2009

La nación española, un concepto político liberal




Nuestro país, se ha hecho contra los partidos políticos mayoritarios. Contra los de izquierdas, que defendieron con denuedo las ventajas del socialismo real de la Unión Soviética, hasta su decadencia y descarrilamiento, y todavía simpatizan con aberraciones políticas como las existentes en Cuba y Venezuela, y los de la derecha, que defendieron el autoritarismo, la ley del mas fuerte, y la costumbre, teniendo en los nazis alemanes, y posteriormente en los norteamericanos imperialistas, sus principales referencias, evidentemente aderezados con el respeto a la tradición que proviene del Vaticano.

Ideológicamente, España es un concepto liberal, creado políticamente y jurídicamente por los liberales y aceptado por los demás a regañadientes. El concepto liberal de España se fundamenta en la cultura, que no en la tradición, y en el patrimonio de lo común y compartido como eje de fuerza. España es un concepto ilustrado, además de una nación o un Estado de Derecho, pero no es un nacionalismo como se empeñan en recrear los interesados en secesiones e independencias.

No puede ser un nacionalismo por la sencilla razón de que es un concepto liberal, y en la tradición liberal no hay cabida para los nacionalismos, por eso resulta extraño ver a partidos políticos como el PNV y Convergencia i Unió (sección Convergencia) incluidos en el Grupo Parlamentario Europeo de Liberales y Demócratas (ALDE).

En la tradición liberal la nación no se considera como último objetivo, sino la primera etapa para la conquista de la libertad. Ningún liberal pondrá jamás la nación por delante de la libertad, pero todos hablarán de nación como principio de libertad, como comienzo del Estado de Derecho.

Hay una gran contradicción entre el concepto de nación de los liberales y el concepto de nación de los nacionalistas, para los primeros la nación es un punto de partida para la construcción de un mundo mejor, para los nacionalistas es un punto de llegada y a partir de su consecución se abre el abismo de todas las posibilidades.

Un liberal no sacrifica la libertad, la igualdad o la justicia a la nación, un nacionalista sacrifica todo lo que sea necesario, e impone las reglas más inicuas para lograr su propósito, desde la opresión a la violencia, desde el sectarismo a la exclusión de los discrepantes.

Los liberales queremos una España fuerte, un marco común definido, porque sólo así consideramos posible el logro de mayores cotas de libertad, igualdad y justicia. Los liberales queremos que se respete la Constitución, porque sólo así nos libraremos de los que pretenden arrimar el áscua a sus respectivas sardinas. Los liberales sabemos que el bienestar se reparte mejor desde criterios comunes, que desde consideraciones particulares.

En épocas confusas como la actual, disponer de un marco definido de movimientos y unas reglas de comportamiento establecidas, es lo único que nos puede salvar de la catástrofe que se avecina para los que no tengan las cosas claras y no sepan en que equipo están jugando.

Por eso los principios liberales siempre han tenido buena aceptación entre los ciudadanos, porque es la única ideología no sectaria, la única que amenaza a la corrupción política y económica, y la única que está comprometida en la defensa de todos los españoles, y no exclusivamente de los que apoyan a una determinada formación política. No hay pesebres liberales, y eso tiene mucho que ver con la escasa defensa que se hace de los principios liberales desde los medios de comunicación, tan acostumbrados a la subvención. Tampoco hay injusticias liberales, ni opresiones liberales, ni privilegios liberales.

Los españoles siempre hemos sabido distinguir el trigo de la paja cuando ha llegado el momento. En los comienzos de la transición confiamos en Adolfo Suárez y aquella UCD imposible, más tarde, cuando el tren estaba en marcha, dejamos de confiar en la ideología liberal, que fue la única que logró algo prácticamente imposible desde entonces: poner a los españoles de acuerdo.

Hoy, en su enfermedad, Adolfo Suárez hace tiempo que ya no está entre nosotros, pero su espíritu liberal, el de un auténtico padre de la patria, también es el paradigma de un español de bien, y la memoria que él ha perdido es la memoria que atesoramos todos sus compatriotas; desde entonces, todos los que le continuaron en la representación colectiva, se han dedicado a barrer para su casa y crecer sus patrimonios personales y los de sus amigos.

Tal vez ahora, después de los años, los españoles estemos preparados para saber lo que realmente nos conviene, tras haber contemplado que es lo que hacen los no liberales cuando tienen el poder en sus manos; no se puede seguir esperando, ha llegado la hora de defender lo común ante todos los sectarismos, porque lo común es de todos y no admite fragmentación. La defensa de lo común es una cuestión liberal, porque se fundamenta en la justicia y no en el despotismo.


Biante de Priena

sábado, 7 de marzo de 2009

Tayllerand y Fouché en la justicia española

Este ilustre personaje de los medios de comunicación que es Baltasar Garzón, que ha sustituido el Código Penal por las esencias de crónicas marcianas, parece que no va a recibir ninguna sanción por la misma razón que el Ministro de Justicia, Mariano Bermejo, ha tenido que presentar su dimisión ayudado por el ostracismo de sus compañeros.

De los dos personajes de la cacería, me quedo con Bermejo, a pesar de la repugnancia que me provoca su idealismo, pero tiene un matiz “anguiteño” de tentar al manso desde su posición incontrovertible, de arreglarse áticos y acudir a cacerías gratis total. Denota la soberbia del que sabe que se merece el premio, porque ha luchado contra el enemigo en todos los frentes y nadie puede echarle en cara que no ha hecho por el PSOE lo que fuera necesario, y poco le ha faltado para decir que ahora sus propios compañeros le denuncian por ilegal, cuando todos saben lo que ocurrió con el tercer grado de Mario Conde. Bermejo es un Tayllerand, siempre cae para volver a levantarse.

Garzón no, el juez permanece en el estrellato pase lo que pase, como Fouché, solo se aparta para regresar, pero siempre está en el candelero. De la judicatura a la política y de la política a la judicatura, en un vaivén que horrorizaría a Montesquieu. Pero algo tendrá cuando su rival Gómez de Líaño, al que acusó Garzón como testigo en el caso Sogecable, se deja decir lo siguiente:

"No veo ningún indicio racional para pensar que hay prevaricación en la actuación de Garzón", ha añadido el ex magistrado, que ha señalado que este tipo penal consiste en dictar resoluciones injustas a sabiendas de que lo son y que en la investigación "no hay resoluciones, el juez sólo busca los elementos necesarios para elevar sus exposiciones razonadas a los tribunales superiores".

Garzón, como Fouché, juega a ser imprescindible tanto para perseguir a ETA, como para perseguir al PP, según convenga al gobierno de turno. Se va de cacería con vestimenta recién estrenada con el Ministro de Justicia, una fiscal relevante y el Comisario Jefe de la Policía Judicial, ¿y qué hay de malo?. La gente se reúne con sus amigos, ¿por qué no iba a hacerlo Garzón?.

Tiene razón Gómez de Liaño al denunciar la inutilidad de las acusaciones del PP por prevaricación, porque su antiguo compañero es capaz de presentarse a las elecciones como número dos por Madrid, sabiendo que el número uno está en la picota, por si ocurre un milagro que le lleve a los altares.

Don Baltasar Garzón, al igual que Fouché, es capaz de pasearse entre la mierda y salir oliendo a Armani, todo el mundo sabe de sus artes y de sus partes, pero nadie puede demostrar que él haya tenido que ver en nada. A esta actitud respaldada por el poder de forma directa o indirecta, se le llamaba antiguamente patente de corso, y era la concesión de establecer acciones contra los enemigos de la causa, que concedían los poderosos a sus seguidores.

Garzón es un juez fiscal, que siempre actúa con intención política, que siempre defiende una causa, la misma, como el duque de Otranto, la de aquel buen vasallo que sirve al que se encuentre en el poder. Napoleón sabía que era así, y en su exilio último en Santa Helena se murió haciéndose una pregunta, si la causa de su caída había sido no tener en cuenta la capacidad de respuesta tendría España ante una invasión colonizadora o las manipulaciones de Tayllerand y Fouché.

Por qué estos personajes son supervivientes, y sin duda serán, los que acudan algún día a la tumba política de aquellos a quienes han servido con una gran corona de flores de plástico, en la que dirá con grandes letras doradas: tus amigos no te olvidan, posiblemente pagada con fondos públicos.

Biante de Priena

TELA_NIBEY_SE_RACUMANASIONS_001

Prenta un gïskyl o festa un flay esta noch y pas·sa un bonrat.



Sita fas un flay, a pantalla cumplerta.

ALASKAL, VACARISS Y FADARIC
http://www.youtube.com/watch?v=dSnQtv5bjyk
ESC par surti cuansa cabi al flay.

¡¡CA TIEMBLIN ALS "ROURES"!!

viernes, 6 de marzo de 2009

Motivos para correr: el PSOE de Cataluña y la crisis que nunca existió

Hace un par de semanas, se lanzó a la luz pública –al parecer desde el seno del PSC- un manifiesto por la refundación del socialismo en Cataluña, que pueden leer en nuestro foro. Su propuesta básica es que el PSOE recupere el dominio socialista en Cataluña pues el PSC del tripartit ha iniciado una deriva nacionalista que no es fiel a los principios fundacionales del socialismo español de Pablo Iglesias.

En realidad, el PSC se ha hecho nacionalista para permanecer en el poder a cualquier precio, y poco le importa a sus representantes lo que dijera o no dijera el español Pablo Iglesias.

Tras el batacazo del PSGa en Galicia y el “triunfo simbólico” del PSE en Euskadi, condicionado al apoyo de los constitucionalistas (PP y UPyD) si Patxi López quiere formar inequívocamente gobierno –con el consecuente “agravio” para el PNV tras treinta años ininterrumpidos en el poder-, insinúa un próximo cambio en la orientación política del PSOE en los meses próximos.

Este manifiesto por la refundación del socialismo en Cataluña es simplemente un anticipo de lo que vendrá de forma directa, porque de forma indirecta, UPyD, el partido de Rosa Díez, aún en estado embrionario, pero con enorme vitalidad, está preparado para recoger el voto socialista no nacionalista en próximas convocatorias electorales –los comicios europeos se celebrarán en tres meses-, y un ascenso suficiente de este partido, pondría en peligro la gobernabilidad del Estado por parte del PSOE, sin apoyos “inquebrantables” de los partidos nacionalistas, quizás con la excepción de los catalanistas, aunque CIU le pasaría las facturas con IVA al PSOE, con escaso margen de maniobra tras la prodigalidad del Presidente Zapatero en concesiones a la Generalitat. Cuando menos CIU “exigiría” la aprobación definitiva e irrevocable del Estatut por el Tribunal Constitucional, lo que supondría de facto la secesión “formal” de Cataluña del Estado español.

Los estatutos catalanes

En los últimos 75 años, los catalanes han votado en tres ocasiones estatutos de autonomía, el denominado Estatut de Nùria el dos de agosto de 1931, con una participación del 75,13 % y una aprobación del 99,49 %, posteriormente, al comienzo del actual periodo constitucional el 25 de octubre de 1979, el conocido como Estatuto de Sau, con una participación del 59,3 % de la población catalana, una aprobación del 88,15 %, una refutación del 7,76 % y un 3,35 % de votos en blanco.

Algo no se ha debido hacer muy bien en el actual estatuto, 18 de junio de 2006, cuando ha sido el menos votado de la historia reciente de Cataluña, habiendo superado la abstención (50.59 %) a la participación (49,41 %), lo que en cierta forma cuestiona su legitimidad, pues al ser una “regla de reglas o lex prima” y recibir menos de la mitad de apoyo público resulta revocado de natura. Sin embargo, no ha sido así y este estatuto de medio pelo, ha sido atesorado por el nacionalismo y el socialismo catalán, porque en buena parte de él depende su pervivencia política.

Lo cierto es que del 49,41 % que votaron el estuto del 2006, el 73,9 % lo hicieron a favor, el 20, 76 % en contra, y el 5,34 % en blanco, convirtiéndolo en el estatuto más contestado por los catalanes a lo largo de la historia.

De los 5.202.291 habitantes censados en Cataluña, votaron afirmativamente por este estatuto de autonomía 1.882.650 catalanes, es decir, un 36,19 % de la población con derecho a voto de Cataluña, pírrico resultado para afianzar “una independencia gestual” del Estado español. A la vista de los resultados, prácticamente 2 de cada 3 catalanes no han sancionado su acuerdo con este estatuto, por lo que si sale adelante, será por singular imposición política y extraña connivencia jurídica, no por explícita voluntad ciudadana.

Y aquí se contempla de nuevo, en todo su esplendor, las barbaridades valorativas del nacionalismo catalán –y el socialismo nacionalista-, que transducen la voluntad popular según conveniencia y propósito político, sin tener en cuenta la sensibilidad pública de los ciudadanos. Esa violencia implícita de la política catalanista –con la lengua, con la cultura, con la secesión del Estado, con la negación de la historia, con la educación, la coacción de los discrepantes, la persecución ladina de lo español, y la osadía intempestiva- es algo que ha caracterizado las acciones del tripartit en los últimos años. Es algo incrustado en la política catalana que desmerece y enturbia cualquier logro conseguido, y sólo supone un parche provisional que sirve a la coyuntura más que a la trascendencia.

Una “nación”, aunque sea de diseño, no se hace a pesar de la voluntad ciudadana, sino con la aprobación masiva e irrefutable de los censados. La improbable aprobación del nuevo estatuto catalán no cierra, ni supera, la situación actual de tensión permanente entre la autonomía catalana y la nación española, al contrario, nos lleva directamente a una nueva entrega de la conflictividad intrínseca, y lo que es peor, a una incapacidad absoluta del PSOE para resolverla, puesto que difícilmente se puede aceptar un partido transversal entre el nacionalismo en Cataluña y el constitucionalismo en Euskadi. El PSOE se ha introducido en un túnel sin salida y difícilmente podrá retroceder, ni con una solución alquímica que transmute en coherencia los desaguisados.

La cuerda floja por la que ha transcurrido la política de los Gobiernos de Rodríguez Zapatero se ha soltado de sus fijaciones tras la última convocatoria electoral. Añadido a la crisis económica que impide cualquier política populista, sin pagar un elevado precio, condena a este partido a una huída inconsciente hacia delante, lo que le convierte en un elemento extraordinariamente peligroso para el futuro de los españoles.

En estas circunstancias, hay que dejar de mirar al PSOE como solución, porque se ha agotado en sus propias incongruencias y es necesario considerarlo como parte del problema a resolver.

El mundo del mañana-mañana

Antes de alcanzar la distopía de la trilogía posnuclear de Mad Max, que difícilmente se llegará a producir, puesto que el núcleo de la cultura occidental permanece absolutamente indemne ante la crisis, deberíamos hacer algunas reflexiones, al menos para el caso español.

Nuestro país no puede seguir mirando para otro lado, mientras los países que compiten directa e indirectamente con nosotros se pertrechan para afrontar la realidad, por muy inmaduro e incapaz que sea el Presidente del Gobierno que nos ha correspondido en el sorteo electoral. La crisis ha desnudado al Gobierno, Pedro Solbes –que envidia el ex de Bermejo- y Maria Teresa Fernández de la Vega, llevan semanas desaparecidos, el resto de ministros se han esfumado –Maleni a Siberia, pero desgraciadamente no se ha quedado allí-, y el Presidente Zapatero -que pretende establecer un acuerdo de estado para “follar” con Rusia- no acaba de caer del guindo, y sigue haciendo promesas que no puede cumplir y que cada día resultan más ridículas, y sólo dan para hacer chascarrillos.

Las medidas que propondrá Zapatero de forma inmediata, porque no le queda otra, son las que le han dictado al oído desde el Financial Times: reforma laboral drástica, subida de impuestos, congelación salarial –sino es recorte salarial- de los funcionarios (y posiblemente de las pensiones), endeudamiento de las arcas del Estado hasta un 10 % de déficit del PIB, extraordinaria restricción de los gastos públicos –a falta de devaluación del euro-, y renegociación de la deuda. El Banco de Santander y el BBVA, se han alejado de las ayudas de este gobierno, porque si se prestaran a las mismas, serían elegidos como chivos expiatorios de la hecatombe social que se avecina, evidentemente acompañada de sus correlatos políticos.

En España no hay una banca pública en sentido estricto, pero las finazas públicas de las Cajas de Ahorros pueden servir de elemento estimador de la interacción entre la política y la economía en nuestro país. La situación actual es dramática y seguramente va a empeorar en los próximos meses. La CECA ha tenido que crear una sociedad que gestione los activos inmobiliarios –las viviendas hipotecadas que han sido recuperadas tras impago- y en un informe reciente sobre la construcción en nuestro país, se afirma que el parque inmobiliario existente en la actualidad no se enajenará hasta dentro de diez años, tiempo en que la mayoría del os parados de la construcción no encontrarán trabajo, en el sector de la hostelería se producirá un descenso importante en el próximo verano por la reducción del turismo y en el sector industrial, la mayoría de los ERE se transformarán en desempleo permanente. Se calcula que en el 2010 alcancemos el 20 % de parados.

Además, a fecha actual, algo más de un millón de demandantes de empleo no perciben prestación alguna, lo que ha supuesto que la Unión Europea haya advertido seriamente al Gobierno español de su negligencia e incapacidad. Por primera vez en los últimos diez años se ha reducido el número de inmigrantes que llegan a nuestro país.

El Presidente Zapatero, su Gobierno, el PSOE , y el entramado de poder que han configurado en los últimos cinco años no están capacitados para afrontar y mucho menos para resolver lo que está ocurriendo, tampoco lo que acontecerá en los próximos meses. El PP, en una situación similar con el desempleo, resolvió el problema cuando Aznar gobernaba, pero eso no quiere decir que ahora esté en condiciones de hacerlo, y evidentemente, si el PP gobernara hoy, los sindicatos habrían tomado las calles y ya llevaríamos cinco huelgas generales.

“El PSOE ha muerto”, anunció Rosa Díez hace poco más de un año, no estaba equivocada, pero si el PSOE ha muerto -cuestión que comparto-, es necesario hacerse una pregunta: ¿quién nos está gobernando?.


Biante de Priena

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