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miércoles, 30 de mayo de 2007

Ciudadano Robert F. Kennedy

Vamos a hablar de horizontes, y vamos a mirar a lo lejos, como recomendaba el filósofo periodista francés Alaín, no es hora de mirarnos el ombligo, ni los pies. Somos Ciudadanos, una nueva forma de estar en la vida, de llamar a las cosas por su nombre, de decir lo que realmente pensamos y sentimos, y nadie va a poder callarnos.

Nos hemos levantado para no volver a someternos, ni a la estupidez, ni a la razón de la fuerza, ni al miedo, ni al recomendable silencio. Estamos aquí para algo, para hacer una revolución silenciosa, tranquila, serena, que destruya la mezquindad política que nos asfixia. No nos hemos reunido para merendar en el Ritz.

Los nacionalismos están acabando con la pluralidad desde el sectarismo más funesto, los partidos políticos convencionales solo piensan en sí mismos, y en salir victoriosos de su pugna particular, los ciudadanos, mientras tanto, seguimos pagando impuestos que se redistribuyen desde criterios sesgados y sectarios, contra la racionalidad y la justicia.

Estamos permitiendo la creación de un mundo cada día más injusto, más inicuo, más hostil. La violencia escolar se ha multiplicado, los casos de malos tratos crecen sin cesar, las agresiones a los seres humanos provienen de los medios y las instituciones, y todo esto se está normalizando, como si no pasara nada.

Los niños en Cataluña siguen siendo sumergidos en un catalanismo voraz, en el País Vasco, lo hacen en los preámbulos de la violencia. Y nadie dice nada.

Vamos a mostrar la razón a los lectores, vamos a acabar con el simplismo, vamos a demostrar que si hay referentes, y cosas en las que creer, tras esta interesada deconstrucción del mundo en que vivimos, para beneficio de los que no respetan las reglas del juego y hacen trampas con nuestros destinos.

Les dejo las palabras pronunciadas por Robert F. Kennedy, poco después de la muerte de su hermano, el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy. El nos hablaba del nacionalismo, del terrorismo, de la insensatez de ese mundo delirante que han permitido y ayudado a construir nuestros denostados políticos, para seguir abonando sus propios intereses particulares:

Hoy no es un día para política, aprovecharé mi único acto de hoy, para hablarles brevemente, de la insensata violencia en América, que de nuevo salpica a nuestro país y la vida de todos nosotros.

No incumbe a una sola raza, las víctimas de la violencia son negras y blancas, ricas y pobres, jóvenes y viejas, famosas y desconocidas; son sobre todas las cosas, seres humanos a los que otros seres humanos querían y necesitaban. Nadie, viva donde viva, haga lo que haga, puede estar seguro quien va a sufrir, por un acto insensato de derramamiento de sangre. Sin embargo, sigue, sigue y sigue en este país nuestro.

¿Por qué? ¿Qué ha conseguido siempre la violencia?, ¿Qué ha creado siempre? Siempre que un americano pone fin a la vida de otro americano, innecesariamente, ya sea en nombre de la ley, o desafiando la ley, ya sea un hombre o de una banda que mata a sangre fría o con rabia, en una ataque de violencia, o respondiendo a la violencia, siempre que se rasgue el viento de una vida, que otro hombre a tejido, torpe y penosamente, para el y sus hijos, siempre que hagamos eso, la nación entera será degradada.

Y sin embargo parecemos tolerar un nivel creciente de violencia, que ignora nuestra común humanidad, y nuestras demandas a la civilización. Demasiadas veces celebramos la arrogancia y la chulería, y a los bravucones, demasiadas veces excusamos, a los que quieres construir su vida sobre los sueños destrozados de otros seres humanos.

Pero hay una cosa clara, la violencia engendra violencia, la represión engendra venganza, y solo una limpieza de toda nuestra sociedad, puede arrancar este mal de nuestros corazones.

Pues cuando enseñas a un hombre a odiar y temer a su hermano, cuando le enseñas que es un ser inferior, por su color, o sus creencias, o las normas que siguen, cuando le enseñas que los que son distintos a ti, amenazan su libertad, o tu trabajo, o tu hogar, o tu familia, entonces aprende también a enfrentarse a los otros, no como conciudadano, si no como enemigos, recibiéndolos no como cooperantes, si no como invasores que subyugan y someten.

Y al final aprendemos a mirar a nuestros hermanos como extraños, extraños con los que compartimos una ciudad pero no una comunidad, hombres ligados a nosotros en una viviendo común, pero no en un esfuerzo común. Tan solo aprendemos a compartir un miedo común, solo un deseo común, de alejarse del otro, solo un impulso común, de superar el desacuerdo con la fuerza.

Nuestra vida en este planeta es demasiado corta, el trabajo por hacer es demasiado grande para dejar que ese espíritu prospere por más tiempo en esta tierra nuestra. Desde luego, no podemos prohibirlo con militares, ni con una resolución, pero quizás podamos recordar, aunque se por un momento, que aquellos que viven con nosotros son nuestros hermanos, que comparten con nosotros el mismo corto momento de vida, que solo buscan, como nosotros, la oportunidad de vivir la vida con bienestar y felicidad, disfrutando lo que la satisfacción y el logro les proporciona.

Seguramente este vínculo de sentido común, seguramente este vínculo de objetivos comunes, puede empezar a enseñarnos algo. Seguramente podremos aprender, por lo menos, a mirar alrededor a aquellos de nosotros que son nuestros semejantes, y seguramente podremos empezar a trabajar con algo más de entusiasmo y a curarnos mutuamente las heridas, y convertirnos otra vez, en hermanos y compatriotas de corazón


Creo que estas palabras definen el origen de Ciutadans, y posiblemente, el de una nueva forma de ver las cosas en nuestro país; somos la resistencia racional a la hostilidad más sectaria y no estamos dispuestos a dar ni un solo paso atrás, hasta aquí hemos llegado. A partir de ahora, que cedan ellos


Biante de Priena

1 comentario:

Harrison dijo...

Qué gran reflexión, Biante. Ciutadans nació desde una doble perspectiva difícilmente fusionable sólo en apariencia: el reclamo de racionalidad (realidad contra mitología política)y la capacidad de ingignación. Si vemos cómo atropellan a una viejecita cruzando al calle y miramnos para otro lado, negamos la realidad. Pero si, además, no nos indignamos y reaccionamos como seres humanos con sentimientos y compasión, por mucha realidad que percibamos, nod ejamos de ser unos hijos de puta. Un "ciutadan" debe huir de los mitos totalitarios, pero también de la insensibilidad, de la "desindignación", tan postmoderna, tan fashion, tan elegante y tan... hija de puta.

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