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martes, 21 de agosto de 2007

Se busca ciudadano para Presidente de Gobierno

Dicen que la calma precede a los grandes temporales, tal vez lleven razón los que lo dicen. En política suele ocurrir todos los veranos, porque en el estío los políticos descansan y recargan sus argumentarios para la próxima temporada, que además este año será preelectoral.

La campaña para las elecciones generales comenzará a primeros de septiembre, Rodríguez Zapatero acudirá a Rodiezmo (León) y se dará un baño de multitudes post-proletarias, mientras Rajoy regresará a Madrid tras un merecido descanso y nos regalará una nueva hoja de ruta bien organizada, esta vez. No esperen nada genial, ambos son incapaces de sorprendernos.

En estos tiempos en que la política está invadida de normalidad, y sembrada de fructíferas mediocridades, lo único extraordinario son las meteduras de pata. El problema de la política en este país, como de otras tantas cosas, es la falta de profesionalidad, la chapuza permanente. Más que hombres de Estado, tenemos hombres de estadio, de mitin organizado con huestes propias, y mucha apariencia, bien proclamado todo ello por los medios afines de cada uno y criticado por los afines al contrario.

Nadie puede negar la originalidad de nuestro país, en el que los políticos cada día juegan más al fútbol que a otra cosa, y los futbolistas cada día actúan más como políticos. Los especialistas deportivos deberían comentar las crónicas políticas y los especialistas políticos de los medios, transmitir los partidos de fútbol los domingos. Al menos sería divertido.

Zapatero coge la pelota que le ha lanzado la ministra de Fomento tras los apagones de Barcelona, y el lío de las infraestructuras, se dirige al parlamento, dribla al contrario “in extremis” y desde el mismo escaño marca un gol de cabeza, Gooooooool. Rajoy coge la pelota del terrorismo de ETA, discretamente avanza por la línea izquierda del espacio posible, hace un pase al presidente de Navarra, y desde la misma línea de penalti, machaca por la escuadra al equipo todos contra el PP. Gooooool.

Ciudadanos pasando de todo

Y es que los ciudadanos pasan cada día más de la política, y hacen bien. Votan, si acaso, de vez en cuando, pero han comprendido que de poco sirve acudir a las urnas, y hacer un seguimiento de la información política para lo único que les vale es para cabrearse de forma permanente lo que acaba repercutiendo sobre su bienestar.

La mayoría de los habitantes de este país han comprendido perfectamente el mensaje de sus políticos, que mientras les reclaman atención y responsabilidad a sus electores, como cualquier jefe de una empresa de media pluma al pairo de cualquier benefactor ministerial, es para que los ciudadanos trabajen más, se preocupen más por el presente y el futuro, tengan más molestias, y al final para descontarles algo más del sueldo, si quieren mantener el puesto de trabajo.

Nuestros políticos ya no engañan a nadie, se mantendrán en el poder hasta que los ciudadanos seamos capaces de organizarnos y ponerles en su sitio, que no es otro que el de ser unos empleados públicos, que deberán presentar su cuenta de resultados como cualquier hijo de vecino, y si meten la pata persistentemente, a la calle con ellos, aunque tengan el beneplácito del Papa Benedicto XVI.

Quizás sea una utopía, pero por lo que está ocurriendo en otros países de nuestro entorno inmediato, y por lo que comienza a ocurrir en el nuestro, posiblemente en la próxima legislatura se sienten en el parlamento los primeros políticos no partidistas desde la llegada de la democracia actual a nuestro país.

Para que esto pueda ocurrir, los ciudadanos deben unirse en un proyecto compartido, en un partido político nuevo, diferente, sostenido sobre el contacto directo con sus electores, transparente y muy vinculado a las auténticas necesidades de los españoles, que son prácticamente las mismas que las del resto de los europeos, más la de erradicar a unos políticos que serían incapaces de convencernos de nada si no fuera por que sus partidos políticos y los medios de comunicación nos los colocan como paradigma de la eficacia, la honestidad y el saber hacer.

Definitivamente a nuestros políticos les ocurre como a los integrantes de la selección española de futbol, siempre nos dicen que esta vez va a ser la definitiva para su victoria, para cuando han perdido, echarle la culpa al entrenador, al árbitro, al clima, o al lucero del alba. Que más da que España juegue en un campo de fútbol, que en una mesa de negociación.

Al final, siempre perdemos, y no por que los rivales sean mejores, sino por que alguien se equivoca, y resulta que siempre son los que defienden nuestros intereses. A ver si le echamos valor, y los ciudadanos somos capaces de organizarnos de alguna forma para presentar batalla a los rivales y a los defensores de nuestros intereses.

Cada día estoy más seguro de que a poco que hagamos las cosas bien, este partido lo vamos a ganar. La Plataforma Pro, lo que queda de Ciutadans (dentro y fuera del partido), y otras muchas organizaciones de este país, deben unirse bajo un programa y equipo único que permita jugar el partido más esperado de los últimos años, el de los ciudadanos contra los partidos políticos.

La victoria electoral de esta organización emergente, supondrá la presencia de aire nuevo en el Parlamento, y permitirá comenzar a erradicar a los intermediarios entre las decisiones políticas y las necesidades de los ciudadanos, o al menos que cambien ostensiblemente sus actitudes, y respeten algo más a quienes les conceden sus atribuciones.


Erasmo de Salinas

lunes, 20 de agosto de 2007

El voto es un mito

La inutilidad del sistema democrático en España es un hecho consuetudinario. A la escandalosa incredulidad de las palabras y discursos de los políticos, degradando e inutilizando el orden constitucional, se añade la creciente visión de la farsa que supone hoy en la nación, la participación electoral ciudadana. El desentendimiento de la ciudadanía por estos procesos “oficiales” de soberanía en la vida pública, no hace sino crecer de forma ostensible. Los referéndums de Cataluña y Andalucía en sendas renovaciones estatutarias, sacan a la luz la realidad de una sociedad que percibe la mentira política y el escaparate electoral a modo de truco con el que las castas de todo lugar quieren presentar ante la opinión pública la “voluntad” de un pueblo “soberano”. Pero el pueblo español rechaza mayoritariamente el contrabando de este curso político, donde se muestra con toda crudeza la intención de presentar como democrático, lo que sólo es perfidia encubridora de intereses contrarios a la nación. ¿De qué sirven los presupuestos nacionales si luego tienen acuerdos bilaterales entre las taifas?

Se profundiza así el deterioro de una democracia que nunca cuajó en nuestro país, se recrea un pasado con nuevos caciques en una estructura heredada, se continúa un juego perverso donde jerifaltes dan a entender que el ciudadano manda, se consuma la inmadurez general para entrar definitivamente en la modernidad y se pretende contradecir la evidencia con una cáscara teatral que tiende a la comedia en su primer acto preludiando conocidas tragedias de nuestro pasado nacional.

La inconsecuencia y la arrogancia con la que los actores políticos tratan tanto la vigente Constitución como a los titulares de la soberanía nacional los ciudadanos, se muestra en el desprecio que hacen de la voluntad popular expresada en las urnas: ni respetan lo votado, ni tienen ningún escrúpulo en introducir políticas que no constaban en sus programas cuando los presentaron al juicio electoral de los ciudadanos. Todo son cambalaches de directores partidarios, completamente al margen y aún en contra de los mandatos sociales.

En esta situación, cifrar esperanzas exclusivamente en elecciones es un mal negocio, porque además de saber de antemano las intenciones de los partidos políticos, sabemos que el deterioro de la democracia es de tal grado que sus propios mecanismos autorreguladores precisan recambios ausentes en el mercado mundial. Napoleón Bonaparte aprendió esa lección que olvidan nuestros políticos, pero que se aplicó a la perfección en nuestro vecino país: una cosa es el Estado y otra la Nación. El emperador creyó que España era Francia y bastaba con secuestrar a Fernando VII para dominar el país.

La podredumbre política española y su imparable cáncer, no hallará en el voto su terapia definitiva porque la metástasis afecta a las urnas. Es necesario un tratamiento global que diseñe de nuevo su arquitectura pública porque la actual no hace sino incrementar el daño.

Ramón Benavides

sábado, 18 de agosto de 2007

Ahora, España

Los españoles hemos asistido durante los últimos treinta años, entre la perplejidad y el desconcierto, a la construcción de un régimen político paralelo, al establecido desde el consenso constitucional entre políticos y ciudadanos.

Hoy se puede decir, tras la observación precisa de nuestra reciente historia, que el Estado español se ha instituido y se sigue instituyendo, desde este régimen político suplantador, contra la legitimidad y la legalidad determinadas en la Constitución Española de 1979.
El Tribunal Constitucional ha sido excesivamente tolerante y condescendiente con las veleidades impuestas por los nacionalismos, y los partidos nacionales han preferido defender sus cuotas de poder, antes que los valores fundamentales de nuestra Constitución, que determina claramente la igualdad jurídica de todos los españoles, como cota máxima de su posible libertad.

Ninguna libertad en España puede superar la igualdad jurídica entre los españoles, porque en ese instante el Estado estará favoreciendo las diferencias entre los ciudadanos españoles, y por lo tanto se habrá convertido en una herramienta genuina para la configuración de particulares privilegios, que nos conducirán a diversas representaciones del sectarismo.

Abierta la compuerta de la diferencia jurídica, la disgregación es cosa de tiempo, y la desigualdad jurídica surge con la promoción de nuevos estatutos territoriales, que en vez de desarrollar la Constitución Española, se contraponen claramente a sus determinaciones.

Contra los sectarismos, unión

Ha llegado la hora de plantar cara a los sectarismos políticos, ideológicos, o territoriales que invaden nuestro país.

España es una realidad, no una idea, una imagen, o una elucubración. España existe como nación, y es derecho y deber de los españoles, exigir su reconocimiento y sancionar su negación, especialmente cuando los que debieran guiar este proceso, los políticos de este país, se muestran renuentes o confusos a la hora de definirse, por intereses partidistas.

Es hora de organizarse para hacer frente a los rentistas de la confrontación, de avanzar hacia un futuro homogéneo que incorpore la heterogeneidad realmente existente, pero no la generada al interés de los que se benefician, en mayor o menor grado, de la disolución del concepto de nación en nuestro país.

Los partidos nacionalistas, desde los más moderados a los más radicales, solo tienen un propósito en sus programas fundamentales, la creación de nuevos privilegios en sus territorios, extraídos de sus mitologías particulares.

El PSOE siempre ha considerado a nuestra nación como un instrumento, y no como un fundamento. Antes socialistas que españoles, y en su fuero interno consideran que la búsqueda de la igualdad no admite fronteras.

El PP, que aparentemente sostiene buena parte de su discurso sobre la defensa de la nación española, ha mostrado en numerosas ocasiones que ante el reparto de poder, se olvida de sus principios y está dispuesto a pactar gobiernos con CIU, estatutos con el PSOE, o soluciones de continuidad con quien se tercie.

Más allá de los políticos

Los ciudadanos estamos llamados a tomar el relevo de los políticos, porque ellos no están interesados en defender nuestra igualdad jurídica, y sin igualdad jurídica, es imposible que se alcance la igualdad política y menos la utopía de la igualdad social.

Los políticos se han empeñado en diferenciarnos, y no precisamente por la defensa de nuestras libertades, sino por la promoción de nuestra desigualdad.

A los ciudadanos nos interesa que se mantenga un sistema equitativo y equilibrado en la distribución de los recursos del Estado, con prioridad y prominencia sobre cualquier otro sistema de redistribución.

Recientes acontecimientos como el problema de las infraestructuras en Cataluña, o algunos de larga evolución, como el tema del agua, la organización de los servicios, las políticas sobre migraciones, o las barbaridades ocurridas con el tema de la vivienda, requieren un imprescindible registro estatal en su configuración.

Pero los políticos instrumentalizan el uso del poder en función de sus intereses partidistas, y los ciudadanos se convierten en una consecuencia de sus acciones, antes que en una causa de las mismas. Es hora de que cambien las tornas, es hora de que los ciudadanos recuperen paulatinamente la cuota de poder que han concedido a sus representantes.

Desde hace años se está fraguando un movimiento ciudadano, primero con asociaciones políticas, y más tarde con partidos políticos como Ciutadans, o el próximo partido nacional configurado en torno a organizaciones establecidas contra los desmanes de los nacionalismos, como Basta Ya. Esta es la única alternativa para reconducir la deriva de nuestro país de nuevo a la única realidad posible, la Constitución de 1979, más allá de la arbitrariedad, los juegos de poder, y los caciquismos.

Es necesario “reconstitucionalizarnos plenamente”, antes de plantearnos cualquier revisión o desarrollo novedoso. Es imprescindible que antes de permitir que nos redefinan, los ciudadanos nos actualicemos como españoles, con los mismos derechos y deberes ante la ley. Y eso solo se puede lograr de una forma, superando el modelo existente, con la incorporación de ciudadanos a la política, que actúen como ciudadanos, con intereses ciudadanos, y no como políticos, con intereses partidistas.

Ciudadanos españoles, para superar el modelo configurado por los políticos que solo defienden los intereses de sus partidos, incluso contra las promesas hechas a sus electores.

Es hora de que la democracia desplace definitivamente a la partitocracia que secuestra nuestro bienestar, que ha de fundamentarse en la convivencia sin confrontaciones, ni desigualdades.

España, no es una herramienta al servicio de la política, es una característica que nos confiere una identidad determinada, y que nos permite una condición ciudadana concreta, con unos derechos y deberes establecidos en nuestra Constitución.

España no es diferente, es la igualdad entre todos nosotros, al mismo tiempo que la diferencia entre nosotros, y los demás. Nosotros somos iguales ante la ley, y al mismo tiempo diferentes en muchas cosas, pero España, nuestra nación, sigue siendo la misma, a pesar de los que llevan años secuestrándola.


Biante de Priena

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