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viernes, 20 de enero de 2012

El analfabetismo político del PP y la Nación de Ciudadanos


Atónito y absorto, ojiplático y devastado me hallo ante la última ocurrencia de ese partido de Mariano Rajoy al que llaman PP. Lástima que Don Manuel se haya ido, porque semejante barbaridad no se atreverían a proponerla si estuviera vivo y consciente. No salgo de mi asombro al observar la indigencia intelectual de los chicos de la gaviota, es absolutamente inconcebible; porque ahora quieren definir España como una "nación de ciudadanos" oiga, exactamente igual que el socialismo-nacionalismo catalán, al natural y camuflado.

No voy a escribir de nuevo sobre lo expuesto hace cuatro años en este blog, así que reproduzco artículo para la ocasión: "la nación nos hace ciudadanos libres e iguales" (29/3/2008). Patético y esperpéntico, Mariano, si así vas a defender España, no me extraña que por la calle corra la especie de que eres el digno sucesor de Rodríguez Zapatero. Avergonzado como español, me he quedado sin palabras.
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Nietzsche, siempre atormentado, fue el último liberador del pensamiento, porque acabó con Dios y con Kant al mismo tiempo, concluyendo con cualquier principio de autoridad y abriendo las puertas de la postmodernidad en la que nos encontramos.

Desde que las creencias han regresado a la mitología, nuestra civilización no ha dejado de crear porque ya no sabe creer. De Hegel a Marx, y tiro por que me toca. El Estado deviene en arte de lo posible, y el Mercado en arte de lo probable. El Mercado decide el Estado, no hay otra alternativa.

Lo advirtió Francis Fukuyama hace unos años (“El fin de la historia y el último hombre”, 1992) cuando enterró la historia, también determinó el final de las ideologías. Desde entonces los pensadores viven de rentabilizar el deceso del pensamiento político, tal que buitres despedazan lo que nos ha fundamentado para dejarnos al albur de las inclemencias circunstanciales.

Mientras algunos seguimos empeñados en que Platón y Aristóteles no pasen al mundo de los mitos, otros se afanan en lo contrario, en su interés de rentabilizar su propia existencia. Son los que nos dicen que debemos renunciar a cualquier ideología para seguir adelante, hay que desprenderse de todo lo anterior para atravesar las puertas de lo desconocido, el futuro nos espera.

Los profetas de la postmodernidad nos anuncian nuevos tiempos, y predican la autodesposesión de lo que somos, la desidentificación con lo que hacemos, renunciando al origen y al fin se eliminan las causas y las consecuencias, el tiempo se detiene, y el ser deviene en estar. Todo es relativo, todos es perspectiva, todo es provisional, nos dicen los “estancialistas”, lo que menos pesa puede ser arrastrado por el viento del futuro, rompamos los anclajes, dejemos de ser para estar, frágiles y livianos.

La ideología nos atrapa en una cárcel estructural, pero lo fijo, lo que permanece nos detiene y no nos permite adquirir el dinamismo que nos pueda propulsar al futuro desde este vacío ruinoso del conocimiento en el que nos encontramos.

Vivimos en el reino de la particularidad (¿no queríais libertad?), es el imperio de lo patafísico, imprescindible para concluir la revolución de las masas, que anunció aquel español del que no recuerdo el nombre. Nada se puede generalizar, sustituyamos la deducción por la inducción, lo que conocemos por lo que desconocemos, lo que somos por lo que no somos. ¿No es preferible la "second life" a la propia vida tediosa y mecánica?

En un mundo del cambio ininterrumpido, los pensadores, los intelectuales, los “grandes hombres” deben guiar nuestros pasos, como ilusionistas, como pretidigitadores de la esperanza; debemos estar preparados para creer y no creer, según convenga, según nos digan, según nos anuncien en la televisión o en el dazibao correspondiente.

No hacen falta contenidos, todo son formas, representaciones, imágenes, "eidolas". La doctrina del pensamiento políticamente correcto es la vigente, sin olvidar el buen talante como motor de la existencia.

Es necesario olvidarlo todo, regresar al punto cero, para volver a comenzar, lo importante es iniciar las cosas porque es tremendamente aburrido mantenerlas, es necesario abrir el proceso de adquisición y de extinción al mismo tiempo, no hay que cerrar nada, solo “lo que no es” permanece.

Renunciemos a poner el tapón en la bañera, el agua debe fluir como dijo Heráclito. La sequía es un invento de los meteorólogos. ¿Acaso existirían los oasis si no hubiera desiertos?. Este largo preámbulo es para hablar de algo que por mi parte sigo considerando imprescindible.

De la nación española

Más de un año se pasó el que suscribe, en compañía de otros, hablando en el foro de Ciutadans sobre la nación española, contra el invento que deseaba promocionar el catedrático de Derecho Constitucional de la UAB Françesc De Carreras: la “Nación de Ciudadanos”, más de un año soportando las críticas de todos los “no nacionalistas” catalanes y foráneos, que en su inmensa mayoría temían pronunciar la palabra español. Alguno de los que leerán este artículo seguro que lo recuerda.

Recuerdo especialmente, no sin cierta nostalgia, a un valido del profesor de Carreras, el señor Espinosa; y a su discípulo más querido, el señor Cordero. Eran tiempos en los que hablábamos de la nación, con dos conceptos bien diferenciados, ellos defendiendo una nación de ciudadanos (recientemente la corrección política ha añadido “libres e iguales”) y el que suscribe, defendiendo la nación constitucional.

Más de un año recordando el artículo 1.2 de nuestra Constitución, que dice textualmente:

La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

Más de un año, para que ahora aparezca el profesor de Carreras, adalid de la futesa ideológica, rectificando, ahora que entre los no nacionalistas se han cargado el partido Ciutadans y están a punto de cargarse UPyD en Cataluña, si les da tiempo y se lo consienten en Madrid.

Si por algo se ha caracterizado el pensamiento político del mencionado ideólogo de Ciutadans, ha sido precisamente por defender la Nación de Ciudadanos frente a la Nación española Constitucional.

No ha sido el único que ha defendido “el engendro”, el profesor de historia contemporánea de la UAB Ferrán Gallego Margaleff escribió un artículo titulado precisamente “Nación de Ciudadanos”, la catedrática de Historia de las Ideas Políticas de la Universida Complutense de Madrid, y tutora ideológica del Príncipe de Asturias, Carmen Iglesias también lo ha hecho; el ensayista José Sóls Lucia (“Qué es una nación”); el futuro presidente del Parlamento Español, José Bono; el miembro de UPN, Jaime Ignacio del Burgo; el fundador de DENAES, Jon Juaristi; y otros muchos como Fernando Savater, Arcadi Espada, o Arturo Goldarazena. Parece que hay un gran consenso transversal en relación al novedoso concepto: “Nación de Ciudadanos”.

Evidentemente esto resulta compatible con la afirmación del presidente Rodríguez Zapatero, cuando expuso que “la nación es un concepto discutible y discutido”. Ahora, hasta Mariano Rajoy, le va a dar la razón si se aviene el secretario general del PSOE a añadir lo de “libres e iguales” al concepto “Nación de Ciudadanos”.

La inconstitucionalidad de la Nación de Ciudadanos

Lo repetiré por enésima vez, la nación de ciudadanos es un invento, por mucho que se le añada la calificación de libres e iguales, seguirá siéndolo. Sólo los que niegan la historia, la cutura y la Constitución vigente de nuestro país, los que niegan España, pueden proponer algo así, sólo los que buscan un cambio que erradique lo que queda de libertad e igualdad entre los españoles.

Gustavo Bueno, en su libro “El Mito de la Izquierda” deja bien claro la incompatibilidad concomitante del concepto nación y el concepto ciudadanos, en referencia a la nación española.

Considera que la Nación española, proviene de la segunda generación de la izquierda, y de la oposición a la monarquía absoluta, el Antiguo Régimen, y que fue concepto elaborado por los liberales, mientras que los afrancesados y los "serviles" (viles seres) se opusieron a ella, con el grito de: "muerte a la nación y vivan las cadenas", aunque posteriormente se prestaron a acuerdos para desarrollar la Constitución de 1812, ¡si se incluía el catolicismo como religión oficial!.

Sin embargo, la ciudadanía proviene de la tercer generación de la izquierda, que opone la dialéctica de los derechos del hombre a los derechos del ciudadano (pag. 186), y que trasladado a nuestros días supone el conflicto entre los derechos del ciudadano occidental que ha accedido a un Estado del Bienestar, y la dificultad de que esto sea compatible con los derechos humanos, es decir que los más de 6000 millones de habitantes del planeta disfruten de un Estado de Bienestar como el que tenemos en los países avanzados.

Cuestiones que desarrolla exhaustivamente en su libro “España no es un mito”.


Y ahora me permitiré recordar el camino andado durante los 1.500 días de existencia de este blog, Ciudadanos en la Red, en el que estamos trabajando un grupo de personas que pretenden defender sus derechos y su libertad como españoles y como ciudadanos.

Me permitiré autocitar algunos párrafos que han aparecido en este lugar.

“En la primera Constitución Española, se establece que la nación surge al mismo tiempo que el estado. El pueblo se constituye en nación ejerciendo su soberanía, para posteriormente constituir un Estado de Derecho, que permita establecer las reglas de convivencia entre los españoles. A pesar de la desinformación interesada que nos han brindado durante los últimos años los deconstructores, el nacimiento de la nación española es simultáneo al nacimiento del Estado de Derecho moderno.

Sin embargo, por simple razonamiento político, hay una supremacía de la nación sobre el estado en nuestro país, porque si bien puede haber nación sin estado, sería extraordinario que pudiera haber estado sin nación o un estado que pretenda negar a la existencia de la nación.

Si el Estado nos proporciona igualdad en un momento dado, la nación nos proporciona igualdad a lo largo del tiempo, consistencia y coherencia en una secuencia de principios y valores, que trascienden la coyuntura y los intereses particulares”.

(“Todos somos España” 12/10/07)

“Con el gobierno socialista vigente, la única política que ha habido en España ha sido la del reparto de los recursos, con el único objetivo de mantenerse en el poder, redistribuyendo las cosas a su manera, premiando a las comunidades afines a su propósito y castigando a las que se oponen a sus decisiones. Con el PSOE se ha fragmentado España en un inusitado rango de conflictos. La crispación favorece a sus intereses, porque se puede manejar como necesidad de cambios, lo que ha sido provocado para conseguirlos.

La semántica es una barrera contra sus intenciones. Analizando la palabra estado proviene de "status", que a su vez lo hace del verbo estar, y estar de forma permanente en el poder es lo que pretenden Chávez y Zapatero, en eso no se distinguen estos buenos amigos, solo que uno lo dice y otro lo calla. Menos mal que el lenguaje español en su riqueza delimita los conceptos con precisión, no se dice en nuestra lengua “estar español”, sino “ser español”. Por lo tanto el concepto de estado es insuficiente para determinar nuestra condición: los españoles no solo estamos, también somos”.

(“La Nación sin Estado” 8/12/07)


“La nación es hoy el último reducto en la defensa de los oprimidos, los cautivos, los desposeídos, los excluidos, los desheredados, los que no cuentan, los del montón, la carne de cañón, los aislados, los siervos de los nuevos señores. Si los sinvergüenzas de los socialistas pensarán en los demás antes que en sí mismos, defenderían la nación por encima de todo. Si los sinvergüenzas de los populares, acomplejados herederos del franquismo y los privilegios de clase, pensaran en los demás antes que en sí mismos, defenderían la nación por encima de todo. Lamentablemente todos defienden sus privilegios, nacionalistas, populares y socialistas.

Los españoles somos los demás, los que quedamos sin adscripción política, los que estamos hartos de ver como ser político es exclusivamente un ascensor económico y social, los ciudadanos de a pie, anónimos, los que no estamos agrupados, los que nos defendemos solos, los que solo tenemos la nación, la Constitución, y nuestras propios recursos para cambiar la tiranía política que nos asola cada día más. En resumen, los que no podemos prescindir de España, porque si lo hacemos esta legión de crápulas podrá convertir sus privilegios en ley.

España es de todos los españoles, si queremos que deje de ser así, solo tenemos que seguir apoyando a los partidos políticos nacionales y nacionalistas con nuestros votos y nuestro silencio. Cruel paradoja, nacionales y nacionalistas, todos ellos confundidos en un estado sin nación que beneficia exclusivamente a sus propios intereses, contra los de todos los demás, contra el pueblo, contra los ciudadanos, contra los españoles”.

(“Prescindiendo de España” 26/12/07)

“El artículo 1.2 de la Constitución Española de 1978, dice lo siguiente

2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

Quiere decir que la soberanía nacional reside en el pueblo español, pero no dice que pertenezca al pueblo español, ni que proceda del pueblo español, más bien se encuentra en el pueblo español, y el pueblo español, aunque sea la suma de vascos, catalanes, gallegos, etc, es la suma de todos los españoles, y no admite fraccionamientos, al igual que tampoco los admite la soberanía nacional, porque es un todo en coherencia con el todo, que la acoge, el pueblo español en su conjunto.

Si nos fijamos en el segundo párrafo del artículo, dice que los poderes del Estado emanan del pueblo español, pero no dice que la soberanía emane del pueblo español en ningún sitio; evidentemente, los poderes del Estado permiten cambiar la condición de soberanía, pero para ello debería de votarse una nueva Constitución, con la actual, resulta imposible aceptar algo diferente a lo que hay.

La soberanía nacional en nuestro país, es la representación de la soberanía popular, pero no exactamente la soberanía popular. Y no es lo mismo representar que ser lo mismo o equivalente, para nada. El único caso en que podría establecerse un paralelismo con el concepto de nación sería con los Estados Unidos, pero al ser una república federal resultaría harto complicado. Pero las naciones europeas no tienen un concepto parecido en lo que se refiere a nuestra organización política.

España en las Cortes de Cádiz se hace nación, el pueblo español decide hacerse nación, esta es la principal diferencia con otros países. Este aspecto se conserva en la Constitución de 1978 y en todas las anteriores.

El pueblo se hace nación, se constituye en nación, se determina en nación, contra el invasor francés, contra el Rey absolutista, contra su fragmentación territorial y política, y contra todo lo que sea.

Pero al mismo tiempo, se hace Estado, no se hace Estado para hacerse Nación, sino que se hace las dos cosas al mismo tiempo de forma concurrente y separada, por eso en el caso español la soberanía nacional no puede ser considerada como soberanía popular, no deriva del Estado, por mucho que algunos constitucionalistas traten de reinventar las propiedades del lenguaje

Dos cosas que surgen al mismo tiempo de ninguna forma pueden ser una causa de la otra, por simple y evidente lógica racional. Tal vez repitiendo ahora el artículo 1.2 de nuestra Constitución vigente se puedan entender mejor las cosas. La soberanía nacional reside en el pueblo español, el pueblo español establece los poderes del Estado.

Esta es la auténtica realidad, y no se ha cambiado desde hace casi 200 años, y esa es la cuestión que nunca han querido comprender los nacionalistas.

La defensa de la nación española, es el instrumento que los españoles tenemos, como pueblo convertido en ciudadanos, para defender tanto nuestra cohesión intrínseca, como nuestros derechos y deberes civiles puesto que los derechos civiles brotan precisamente de la constitución del pueblo español como nación, y no exclusivamente de nuestra conversión en ciudadanos que nos hemos dotado de una Constitución, lo que hubiera derivado en un concepto diferente, el de soberanía popular.

Antes de que me salten al cuello los nacionalistas, diré, que evidentemente los "ciudadanos españoles" (no los catalanes, vascos, gallegos, madrileños, etc por separado), podremos dejar de ser nación cuando nos venga en gana, pero como la Constitución de 1978 está vigente, por ahora seguimos siendo nación española, y para ser otra cosa debería establecerse una nueva Constitución, no es suficiente con los nuevos Estatutos”.

(“La nación española explicada para torpes” 13/03/07)

El profesor Françesc de Carreras ha hecho la siguiente declaración a Libertad Digital hace unos días, ante la pregunta del periodista:

P: La autodeterminación es una reivindicación vieja de los nacionalismos vasco y catalán. Se habla de ella hasta en los libros de texto escolares y no como hecho histórico que permitió a partir de los 14 puntos de Wilson llegar a un acuerdo en la guerra mundial y después en la descolonización de las potencias europeas, sino como una reivindicación del País Vasco y Cataluña asemejándolas a "colonias" españolas. Hábleme de ello.

Ni el derecho interno español, ni el derecho internacional, permiten ningún derecho de autodeterminación en Cataluña o el País Vasco. Es un simple invento ideológico de los nacionalistas sin la menor base jurídica. La soberanía está en el pueblo español, como dice el apartado 2 del art. 1 de la Constitución. El derecho de autodeterminación es algo totalmente ilusorio. Pero los nacionalistas vascos y catalanes lo seguirán reclamando, con más o menos énfasis, según la táctica del momento, mientras sean nacionalistas. Está en su naturaleza.

Realmente abruma tanta frivolidad rayana en la incoherencia, ¿cómo puede desdecirse de su principal argumento ideológico y quedarse tan fresco?. Dicen que rectificar es de sabios, a buena hora, porque la rectificación llega demasiado tarde para Ciutadans, aunque posiblemente no para él.

Es hora de dejar las cosas claras ante tanta "ignorancia y pedantería": es la nación la que nos hace ciudadanos, libres e iguales, la que nos concede la esencia que permite sustanciar en derechos nuestra realidad política, somos españoles y por ello ciudadanos, porque los "primeros ciudadanos" que nos hicieron políticamente españoles y por ello ciudadanos, los constitucionalistas de 1812, ya no están entre nosotros. Hay que dejarse de argumentos circulares y acudir a la racionalidad que explica las cosas más allá de la correlación.

Nosotros no tenemos la capacidad de hacernos ciudadanos, nos viene dado cuando nacemos (o nos hacen nativos por nacionalización) a este país llamado España, nos hace la Constitución, la historia, la política, la cultura, es decir, la Nación, que es la reunión de todos los españoles a lo largo de la historia desde 1812, los que se han ido y los que están,  aunque nosotros podamos hacer historia, política o cultura o una nueva Constitución, no podemos hacer una nación, sin dejar de ser la nación que somos; pero con la Constitución vigente, la nación de ciudadanos es una mendacidad propia de los tiempos en que vivimos.



Enrique Suárez

jueves, 19 de enero de 2012

Reflexiones sobre la censura


"El secretismo, la censura, la falta de honestidad y el bloqueo de la comunicación amenazan todas las necesidades básicas." Abraham Maslow

Una pregunta que surge en las sociedades democráticas avanzadas es si realmente existe censura y en que grado se manifiesta (o mejor dicho, sirve para ocultar la realidad), junto con otras preguntas necesarias como a qué intereses sirve, cual es su propósito y finalidad, y quienes la ejecutan.

Es fácil comprobar la existencia de censura, cuando no existe plena libertad de expresión y divulgación de lo expresado. Muchos pensarán que en una sociedad como la nuestra, en la que los medios de comunicación cibernéticos fluyen, y todo el mundo tiene acceso a la información a golpe de ratón, es difícil que exista censura, pero posiblemente se equivoquen.

La información no fluye libremente en nuestra sociedad, más bien lo hace canalizada a través de conductos establecidos previamente, que están controlados de antemano y regulados exhaustivamente, es el caso de medios de comunicación social como cadenas de televisión, emisoras de radio o prensa escrita.

Algunos pensarán que internet nos salva, pero prueben ustedes a decir algo que no sea alabanza y aplauso a la línea oficial establecida en cualquier muro de Facebook o Foro de internet, y podrán comprobar cuanto dura su mensaje en el escenario, y da igual si el tema en cuestión es la política, la cultura, la religión o el fútbol, es cierto que hay la posibilidad de crear nuevos muros de Facebook o foros alternativos, para criticar la actitud de los anteriores, pero en ellos ocurrirá exactamente lo mismo, cuando no se coincida con la línea argumental oficial.

Sin duda, el objetivo de la censura en estos casos es buscar la cohesión artificial en forma de pensamiento único en los participantes, algo más propio de regímenes fundamentalistas que de democracias. Su pretensión es eliminar a los discrepantes, estigmatizar el pensamiento alternativo y la crítica, favoreciendo la presencia en su grey exclusivamente de aquellos que aplauden lo que se decida, eso sí, sin su participación en las decisiones.

La consecuencia inmediata de tanta intolerancia es la ruptura de cualquier posibilidad de diálogo entre interlocutores de opinión diferente, la negación de cualquier posibilidad de acuerdo, el empobrecimiento acelerado de los discursos, la negación de la crítica y el estancamiento o degeneración intelectual de los participantes, cada día más limitados en sus posibilidades de expresión.

Esto conduce a una sociedad confrontada en bandos cada día más fanáticos y adoctrinados, bajo la bandera compartida de la intolerancia, en los que se va reduciendo la libertad de expresión y cualquier oportunidad de diálogo. Pero también a una sociedad menos participativa, que hastiada o aburrida de la agresión a que es sometida por los censores se aparta de cualquier actividad en defensa de la libertad, para dejar el espacio existencial dispuesto para el dominio de los enemigos de la libertad.

En realidad, la censura es una forma de control ideológico, que trata de ocultar las discrepancias existentes y las opiniones encontradas, así como la diversidad natural de manifestaciones inherentes al ser humano, algo que al mismo tiempo facilita la emergencia de la propaganda, porque eliminada cualquier posibilidad de crítica o de simples opiniones discrepantes, se conforma un pensamiento único, que termina derivando en una nueva doctrina, en la fe que sustituye a la razón y en la lealtad que se transforma en esclavitud.

La censura ara el huerto para sembrar la propaganda, porque sin duda, la forma más acabada de censura en nuestros días es la desinformación y su forma más perversa, que es la intoxicación. Desinformar es una forma de censura, fundamentalmente organizada en forma de distracción: hablar de lo que le conviene a los adoctrinadores y ocultar lo que atenta contra la doctrina, pero también proporcionar datos espurios o crear informaciones directamente falsas para lograr el objetivo de que la opinión pública no esté informada. Hay una ley del poder que nos dice que una sociedad desinformada es más dócil e insegura, y está más dispuesta a aceptar cualquier alternativa que resuelva la incongruencia que siente y soporta. Si se quiere una sociedad insegura, dócil y obediente, nada como la censura, la desinformación y la intoxicación para lograrla.

Pero la censura no es una barrera inexpugnable, un burka ineludible, o una mordaza inquebrantable para la libertad, aunque para erradicarla se necesitan al menos dos acciones relacionadas: su detección y señalamiento por una parte, algo que puede ser apreciado por cualquiera en un momento dado, pero al mismo tiempo requiere la cohesión de los afectados y su denuncia ininterrumpida, sean lectores de prensa, oyentes de radio, telespectadores o participantes en un foro de internet. Sin erradicar la censura no hay ninguna posibilidad de libertad, y sin libertad, no hay ninguna posibilidad de democracia, el horizonte se convierte en una jaula cada día más totalitaria, que reduce las posibilidades de expresión al sometimiento a las verdades oficiales, la servidumbre a los detentadores del poder y la asfixia de cualquier posibilidad de que las cosas puedan cambiar en el futuro. Consintiendo la censura cerramos cualquier camino que nos conduzca fuera de ella, estamos atrapados, sin salida.

Crimen contra la razón que queda sin sanción, irracionalidad que asumimos como cadenas en nuestro destino. El camino de la censura sólo puede conducir al horizonte seguro de la dictadura, sólo depende del tiempo y nuestro silencio su llegada. En nuestra elección y voluntad está el ser colaboracionistas con los totalitarios o denunciar sin descanso, su apoderamiento de nuestra existencia gracias a la asfixia de la libertad y la imposición de su adoctrinamiento.

Enrique Suárez

miércoles, 18 de enero de 2012

Cien libros para el siglo XXI (017)


"Principios de Política aplicables a todos los gobiernos representativos" (1815) - Benjamín Constant de Rebecque (017)

"Tiende a reconocerse que la actual Constitución, aun después de haber sido aceptada por el pueblo francés, podría ser mejorada en algunas de sus disposiciones. Creo que, si se estudia bien, se podrá comprobar que casi todos sus artículos se ajustan a los principios preservadores de las asociaciones humanas y favorecen la libertad. Pero no es menos útil y razonable dejar a los poderes constituidos la facultad de perfeccionar el acto que determina sus atribuciones y fija sus relaciones recíprocas.

Sostuve en alguna ocasión que, en la medida en que toda Constitución es la garantía de la libertad de un pueblo, todo lo que está implicito a la libertad es constitucional, y no lo es cuanto la ignora; que extender una Constitución a todo implica multiplicar los peligros que la acechan, cercándola de obstáculos; que en la Constitución existen ciertos principios fundamentales que ninguna autoridad nacional puede alterar, pero que el consenso de todas ellas puede hacer todo aquello que no se oponga a dichos principios.

No será, pues, superfluo examinar nuestra Constitución, tanto en su conjunto como en sus detalles, puesto que, refrendada por el sufragio nacional, es susceptible de perfeccionamiento.

En este libro se hallarán con frecuencia, no solo las mismas ideas, sino las mismas palabras que en mis escritos precedentes. Pronto serán ya veinte años que me ocupo de temas políticos y siempre he profesado las mismas opiniones y he enunciado los mismos principios. Lo que pedía entonces era la libertad individual, la libertad de prensa, el fin de la arbitrariedad, el respeto de los derechos de todos. Eso mismo es lo que reclamo hoy, con no menos celo y más esperanza.

Si nos limitamos a un examen superficial de la situación de Francia, aparecen en primer plano los peligros que la amenazan. Poderosos ejércitos se levantan contra nosotros. Tanto los pueblos como sus jefes, parecen cegados por el recuerdo. El resto del espíritu nacionalista que los animaba hace dos años, tiñe todavía, con cierto aspecto nacional, el esfuerzo que de ellos se exige. Pero si analizamos con detenimiento, esos alarmantes síntomas pierden mucho de su gravedad. Hoy ya no es su propia patria lo que esos pueblos defienden; atacan a una nación encerrada en sus fronteras y que no quiere franquearlas, una nación que solo reclama su independencia interior y el derecho a darse su propio gobierno, como Alemania lo ha hecho al elegir a Rodolfo de Habsburgo, Inglaterra al llamar a la Casa de Brunswick, Portugal al dar la corona al duque de Braganza, Suecia al elegir a Gustavo Vasa; en otras palabras, del mismo modo que todas las naciones europeas lo han ejercido en una determinada época, generalmente la más gloriosa de su historia.

Hay en las personas una razón natural que acaba siempre por reconocer la evidencia, y los pueblos se cansarán pronto de entregar su sangre por una causa que no es la suya. Respecto a nosotros, hay dos sentimientos en que participa la inmensa mayoría de los franceses: el ansia de libertad y el odio a la dominación extranjera. Todos nosotros sabemos también que la libertad no puede venirnos del extranjero, sabemos también que cualquier gobierno que se reinstaurara bajo sus banderas, se opondría a nuestros intereses y a nuestros derechos.

A esta convicción que impregna nuestros espíritus se suman todos los recuerdos capaces de despertar el orgullo nacional, nuestra gloria eclipsada, nuestras provincias invadidas, los bárbaros a las puertas de París, por no hablar de esa insolencia mal disimulada de los vencedores, que sublevaba a los franceses cuando veían flotar sobre nuestras torres los colores extranjeros, y cuando, para cruzar nuestras calles, o entrar a nuestros espectáculos, o regresar a nuestros hogares, había que implorar la indulgencia de un ruso o la moderación de un prusiano. Hoy no cabría esperar ni indulgencia ni moderación. No hablan ya de Constitución ni de libertad. Es a la nación a la que se acusa: son los atentados del ejército los que se quieren castigar.

Nuestros enemigos tienen poca memoria. El lenguaje que de nuevo emplean derrocó sus tronos hace veintitrés años. Entonces, como ahora, nos atacaban porque queríamos tener un gobierno nuestro, porque habíamos liberado del diezmo al campesino, de la intolerancia al protestante, de la censura al pensamiento, de la detención y del destierro arbitrarios al ciudadano, de los ultrajes de los privilegiados al plebeyo. Mas entre las dos épocas hay una diferencia: ayer nuestros enemigos sólo hacían la guerra a nuestros principios, y hoy la hacen a nuestros intereses, a los que el tiempo, la costumbre e innumerables hechos han identificado con nuestros principios. Lo que en nosotros era entonces presentimiento, ahora es experiencia. Hemos ensayado la contrarrevolución. Hemos intentado conciliarla con las garantías por las que luchamos. Nos hemos obstinado, y yo más que nadie, en creer en la buena fe, porque su necesidad era evidente. Al fin se ha comprobado que el odio a la libertad era más fuerte que el amor a la propia sobrevivencia. No inculpamos a la desgracia; respetamos la edad y el infortunio. Pero la experiencia se ha realizado, los principios son opuestos, los intereses son contrarios, los lazos se han roto."

Benjamin Constant

Obra Completa

Biblioteca Antorcha

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Otras cuestiones

Reseña bibliográfica

Antecedentes del Pensamiento Liberal
y la aportación de la Ilustración


Biogfrafía Benjamín Constant (Wiki)

Cien libros para el siglo XXI (016)



El Federalista ("The Federalist Papers") (1788) Publius (Hamilton, Madison, Jay) (016)

El Federalista se publicó por primera vez en 1788 en formato de libro, recopilando una serie de artículos orientados a la ratificación de una nueva Constitución para los Estados Unidos. Los artículos fueron escritos bajo el seudónimo de Publius, compartido por Hamilton, Madison y Jay.

Cuando la constitución de los Estados Unidos fue enviada a los estados para su ratificación, a finales de septiembre de 1787, se convirtió inmediatamente en el blanco de numerosos artículos y críticas escritos desde posiciones anti-federalistas y opositoras al nuevo modelo constitutivo. Por ejemplo, los más importantes de ellos fueron los titulados “Catón” y “Bruto”, aparecidos en los periódicos de Nueva York el 27 de septiembre y el 18 de octubre, respectivamente.

La respuesta a estas agresiones fueron la colección de artículos mencionados: "The Federalist Papers", que trataría de explicar a los residentes en New York la nueva Constitución y convencerles de que la ratificaran.

Se trata de una serie de ochenta y cinco artículos que abogan por la ratificación de la constitución americana. Setenta y siete de ellos fueron publicados en The Independent Journal y en el New York Packet, entre octubre de 1787 y agosto de 1788. Ese mismo año se publicó una compilación, con todos ellos y otros ocho adicionales, a la que se dio el nombre de The Federalist (El Federalista).

Los escritos que dejaron sirven como fuente primaria para la interpretación de la constitución, pues permiten explicar la filosofía inspiradora de esta, y la motivación del sistema de gobierno –federal- propuesto. Como ha dicho el historiador Richard Morris, son una “exposición incomparable de la constitución, una obra clásica en la ciencia política sin igual en amplitud y profundidad que el producto de cualquier escritor americano más reciente.”

Los artículos fueron escritos por Alexander Hamilton (Números 1, 6-9, 11-13, 15-17, 21-36, 59-61, y 65-85), James Madison (Números 10, 14, 18-20, 37-58, y 62-63), y John Jay (Números 2-5, y 64). A Madison se le considera el padre de la constitución, y fue el cuarto Presidente de los Estados Unidos. Hamilton fue un delegado activo en la convención constitucional, y se convirtió después en el primer Secretario de Hacienda. Jay, por su parte, se convirtió en el jefe de la Corte Suprema de justicia del recién constituido país.

Los escritos aparecieron bajo el seudónimo de “Publius,” en honor del cónsul romano Publius Valerius Publicola, uno de los mayores defensores de la república romana. De hecho, por este tipo de referencias, y por el discurso defendido en la mayoría de los artículos, The Federalist Papers se ha convertido enhttp://www.blogger.com/img/blank.gif los últimos años en una de las referencias obligadas para los defensores del llamado Nuevo Republicanismo, ideología que pretende recuperar hoy los valores de la república romana y de las repúblicas italianas de la Edad Moderna. Para muchos republicanistas, los motivos que impulsaron la redacción de la constitución norteamericana no fueron estrictamente liberales, como se ha defendido siempre, sino puramente republicanos –en el sentido expuesto-. Y la obra de Hamilton, Madison y Jay constituye una prueba palpable de estos principios (laguia2000.com).

Finalmente, la nueva Constitución de los Estados Unidos resultó aprobada en 1789.

La edición que les ofrecemos en esta ocasión es la presentada por la Biblioteca Antorcha en la que pueden encontrarse los 85 artículos. También les ofrecemos un resumen de su importancia del Anuario de Teoría Política. Por último, para el que quiera realizar una lectura rápida, La Escola de Redes nos ofrece una sinopsis de la obra y de sus artículos.

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