Tras la II Guerra Mundial, las sociedades democráticas occidentales mantuvieron un modelo evolutivo que establecía un singular equilibrio entre el progreso colectivo de la comunidad y el respeto genuino a los individuos que la conformaban, pero ese equilibrio se ha roto en la primera década del siglo XXI, primando los políticos el avance de lo común sobre lo individual, o desde otra perspectiva, la vida pública sobre la vida privada; en la época actual, estamos viviendo las consecuencias y el resultado de este cambio en el modelo de desarrollo humano.
El cuerpo social prevalece sobre los miembros humanos que, como células de un organismo, lo conforman; los seres humanos hemos perdido significado propio (creencias, valores, principios, identidad) para ser comprendidos exclusivamente desde nuestra condición social. Se ha producido un proceso de desidentificación humana por qué la globalización, un instrumento cultural, económico y político, así lo requiere. La identidad individual de los seres humanos, su reconocimiento público y visibilidad distintiva, se ha desvanecido en un marasmo de detracciones públicas.
Lo público está destruyendo al ser humano, porque está eliminando su condición singular, para que prevalezca su definición social. Hoy, los seres humanos, no importan tanto por su condición propia y subjetiva, sino por la objetividad materialista que se establece desde su clasificación social: contribuyentes, usuarios, votantes, consumidores, ciudadanos, son las únicas categorías admitidas por el Estado, asumidas por la Sociedad. Objetividades materialistas son el socialismo y el capitalismo.
Este proceso conduce directamente a un retroceso en los derechos civiles alcanzados por nuestros antecesores, una involución de imprevistas consecuencias, porque lleva implícita la destrucción de nuestra libertad, al tiempo que el fantasma de los sesgos sectarios planea de nuevo sobre nuestro futuro.
Una ley no escrita considera que el poder siempre trata de autofortalecerse reduciendo las posibilidades de su control y límites. Ocurrió en los países que sufrieron un modelo de socialismo real, sin democracia, sin libertad, sin pluralidad, sin tolerancia, con una justicia social imperando sobre una justicia de referencia individual.
Tras la caída del Muro de Berlín y la Perestroyka, la mayoría de los ciudadanos occidentales, al ver lo que había ocurrido en los países tras el Telón de Acero, consideramos que el socialismo, en todas sus formas había fracasado y que nadie osaría a plantearlo siquiera como una alternativa posible, pero nos equivocamos.
Sí, nos equivocamos al pensar que todo el mundo quiere la libertad y la igualdad de oportunidades en nuestra sociedad, porque no es así, los socialistas quieren precisamente lo contrario, tras un discurso de buenas palabras, ocultan la opresión y el privilegio para los suyos. Esto no quiere decir que el capitalismo sea perfecto, que no lo es, por qué permite igualmente situaciones de ventaja y obscenidades personales como la pensión del número 2 del BBVA, la organización de la estafa piramidal de Madof, el parasitismo bancario en connivencia con los gobiernos occidentales o la asfixia de los ciudadanos que requieren un crédito o pagan una hipoteca. O más próximo, en nuestro país, la esperpéntica historia para no dormir del caso Gürtel. Pero hay una gran diferencia, si los casos que se producen en el ámbito del capitalismo voraz dependen de unos cuantos despiadados y son puntuales, los que se organizan en el socialismo siguen un programa no escrito de explotación de los ciudadanos, a los que se engaña con buenas palabras, mientras se les expolia con hechos perfectamente urdidos. El capitalismo permite los truhanes esporádicos, el socialismo, los organiza en sectas con premeditación y alevosía. La corrupción capitalista es un robo esporádico, la corrupción socialista, una estafa organizada. Sin corrupción, el capitalismo seguiría existiendo en nuestro país, pero el socialismo no. El socialismo necesita la corrupción para sobrevivir, por qué es inherente a su propósito mesiánico de cambiar el mundo.
La miseria del socialismo
El socialismo, un movimiento doctrinario y sectario, que apenas ha evolucionado en sus fundamentos desde su nacimiento, se fragmentó en sus múltiples componentes, orientados a la salvación de los seres humanos de sí mismos en este mundo, a costa de convertir la sociedad en un sistema utópico sin individuos, exclusivamente con unidades clónicas indiferentes que reunidas conforman un único colectivo de seres homogéneos (algo que le distingue de las religiones que buscan la salvación de los seres humanos en otro mundo y consideran el libre albedrío como un instrumento para conseguirlo)
La doctrina moral del socialismo, ha venido a sustituir, en muchos países, a las religiones. Se aduce la extinción del bienestar individual y subjetivo, exclusivamente para considerar que el único bienestar posible es el social. El bienestar de la mayoría, aunque sea a costa de la negación de la felicidad individual. Se considera conducta pecaminosa ser feliz, siempre que esta felicidad no se acompañe de la felicidad de todos los que rodean al afortunado. Esta sectaria aventura condena a las sociedades occidentales, entre ellas a la española, al quietismo y la ruina, algo muy relacionado con la crisis económica y política que estamos padeciendo.
La diferencia no existe, todos los seres humanos son iguales, independientemente de lo que hagan, piensen o digan. Quien trate de distinguirse de los demás por su esfuerzo, trabajo o estudio será acusado de conducta impía e insolidaria y condenado al ostracismo, como un egoísta representante de la especie humana. Quien no haga nada por sí mismo, ni por los demás, será favorecido. A eso, los socialistas lo denominan igualdad y justicia.
Sin embargo, la auténtica realidad es que el socialismo es un movimiento político que proviene exclusivamente de la envidia de los mediocres que sesgan la realidad a su antojo. La apoteosis de la ignorancia, la sublimación del sectarismo, se pueden contemplar en nuestro país a cada instante. Tenemos ministros que a duras penas han concluido sus estudios de bachiller (Blanco, Corbacho), presidentes y dirigentes autónomos que no han realizado estudios superiores (Saura, Montilla), al igual que ocurre con dirigentes de partidos políticos como Rosa Díez y otros que no han destacado en su vida en nada que no tenga que ver con la política o los sindicatos (Zapatero, Salgado, Sebastián, Chaves), que organizan el futuro jugando a Nostradamus. El argumento preferido para disfrazar su sublime incompetencia es que habiéndose dedicado a la política no tuvieron ocasión para formarse individualmente, como si los que están en otros partidos políticos o sus propios compañeros, no hubieran estado expuestos a las mismas condiciones.
Donde no hay conocimiento las decisiones se fundamentan en la experiencia, la práctica y el oportunismo, y que experiencia han tenido los componentes del elenco más que la de trepar a costa de los demás, haciendo trampas y escaqueándose de los caminos establecidos que debemos seguir los demás ciudadanos. El mayor problema que tiene este país no es que haya una ignorancia muy bien repartida, sino que la ignorancia, y la ceguera que produce, se ha convertido en un elemento para medrar, contra la inteligencia, el esfuerzo personal, el mérito y el trabajo.
En fin, esto es lo que hay, esta es la única consecuencia de que prevalezca lo social sobre lo individual, que los más aprovechados y tramposos puedan hacer fortuna a costa de desplazar de forma inicua a todos los que se merecerían, si realmente hubiera justicia (no justicia social), estar en los puestos que ellos ocupan. Como el modelo se reproduce a lo largo de la jerarquía de la pirámide social que se han construido los socialistas, tenemos que hasta los menos formados con carnet, tienen más privilegios y ventajas que los menos formados sin carnet. Ese el origen de la mayor parte de la desigualdad en España: el carnet de un partido o un sindicato.
Y todavía le extraña a la gente que estemos en recesión, que el próximo año superemos los 60.000 millones de deuda, y con toda probabilidad, los cinco millones de parados y la subida de impuestos (mientras Francia, Reino Unido, Italia y Alemania los bajan). Y estos sinvergüenzas tienen todavía la desfachatez de echarle la culpa de la crisis al capitalismo, cuando otros países sin socialistas en el gobierno salen ya de la crisis y en España todavía no hemos visto siquiera su horripilante final.
La crisis económica en España, ha mostrado la calaña de nuestros gobernantes y su insuficiencia supina fundamentada en la envidia de lo que son incapaces de lograr por sí mismos, pero que consiguen fácilmente utilizando la sociedad como herramienta de su propia fortuna. Estos mártires que han sacrificado su mediocres existencias por nosotros, y que ahora se cobran de nuestra explotación, lo que nunca hubieran sido capaces de lograr compitiendo con otros en condiciones de igualdad.
Cuanta corrupción hay en España, no sólo en Valencia.
Biante de Priena