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viernes, 6 de junio de 2008

Pepiño: We all thank you!


Dice nuestro Pepiño en el blog pepiñil:

miércoles 4 de junio de 2008

Claro que podemos

Me he resistido en estos últimos meses a confesar públicamente mi simpatía hacia Barack Obama para no interferir en lo más mínimo en el proceso de elección que estaba desarrollando el Partido Demócrata. Quienes me han pedido un pronóstico en privado saben que, sin lugar a dudas, aposté claramente por Obama.

Mi convicción fue siempre que obtendría más apoyos, sin menospreciar el trabajo realizado por Hillary Clinton. Pero, además, contó, desde el principio, con toda mi simpatía. Cuando, hace unos meses, se recibió en el PSOE la invitación para participar en agosto en la Convención del Partido Demócrata, ya les avancé a mis colaboradores que iría representando a los socialistas para apoyar un hecho histórico en ese país: por primera vez un negro como candidato y, estoy convencido, como primer presidente de los Estados Unidos de América.

La campaña de Obama me interesó política y técnicamente desde sus inicios y la he seguido especialmente porque he encontrado muchas similitudes con procesos de renovación vividos en España. Obama tiene la frescura y la fuerza ilusionante que necesita una sociedad como la norteamericana y que, por la influencia que ejerce ese país, precisa la política mundial.

Lo de Obama ha sido todo un ejemplo para muchos, por múltiples circunstancias. Sin duda abre una nueva etapa para los EEUU y para el mundo. Nada será igual a partir de ahora. Confío en que obtenga el apoyo de una mayoría de ciudadanos americanos y pueda desarrollar todo el potencial que lleva dentro. Él ha demostrado que se puede y confío en que, entre todos, podamos también cambiar la orientación de la política mundial que heredamos de la era Bush: guerra, pobreza, miseria intelectual y crisis económica.

sábado, 26 de enero de 2008

Se llamaba Libertad

A veces te asaltan los recuerdos, precisamente hoy invadió mi tranquilidad una historia que viví hace años, y mientras trato de que mi hija de tres años no se cargue la mesa de cristal con el cenicero, voy recorriéndola por los pasajes entelarañados de la memoria.

Era una chica muy joven, la recuerdo mendigando calle arriba y calle abajo, con su mirada verde de esperanza agotada, en aquellos rasgados y aburridos ojos que parecían vidrieras de un convento de clausura abandonado. Seguía el paso a los transeúntes, poco más de cinco metros, repitiendo su arenga de hijos y miseria.

Le pregunté a Dionisio, el camarero del bar donde tomo café que sabía de aquella chica, y me dijo que era una yonki. Más tarde pensé en la diferencia entre ese “ser” yonki, y el “estar en la droga”. El caballo salvaje de la heroína no admite visitantes, ni turistas, solo emigrantes permanentes, esclavos a precio, saldos humanos.

Luego desapareció y tras varios meses, un día helado de diciembre, volví a verla, con poca ropa, ensombrecida, tiritando, ya no seguía a los viandantes, se movía como un robot a izquierda y derecha, me acerqué y le dije que si quería tomar un café. Asintió con la cabeza.

A Dionisio le extraño verme sentado con ella, le pedí un café grande y dos magdalenas, pero solo se comió una. Quería invitarla a un café y que los dos siguiéramos nuestro camino, pero fue inevitable que le preguntara mientras miraba como comía, si no tenía familia, o porque no buscaba trabajo.

Con la boca llena levantó su cabeza y sus ojos acristalados se fijaron en los míos como quien se mira ante un espejo o una pregunta. Permaneció en silencio y siguió comiendo, olvidándose de la inquisición menor de tener que dar referencias de su vida.

Eso hizo que pensara que tal vez le hubiera molestado con mi tonta curiosidad, y pensé por un momento que su respuesta había sido algo así como: ¿necesitas qué te cuente realmente como he llegado hasta aquí, de verdad qué quieres saberlo?.

Una señora con su abrigo de visón, alertada por su amiga, evitó sentarse en la mesa de al lado y se fueron tres más allá para cuchichear mientras nos miraban.

La chica terminó su magdalena y le dio un sorbo al café, entonces con una voz áspera, gutural y profunda, me dijo:

- ¿Sabes?. Tengo Sida, me han quitado a mis hijos.

Siguió tomando el café y con la mirada extraviada en la calle, bajando la voz hasta el susurro, continuó.

- Mi madre se murió cuando tenía nueve años, con diez años mi padre me violó por primera vez, y a los trece ya me había acostado con casi todos los chicos del barrio. A los catorce un señor muy majo, me llevó a un hotel y me dio 30 euros por satisfacerle. ¿Puedo pedir otro café?. ¿Cómo te llamas?. Yo me llamo Libertad.

Le pedí a Dionisio un café para la chica y otro para mí, encendí un cigarro y le ofrecí a ella, cuando lo cogió me di cuenta de que en sus manos había cicatrices de viejas quemaduras. Dioni nos trajo los cafés hasta la mesa, mientras se acercaba a las señoras parlanchinas para atenderlas, no habían dejado de cuchichear desde que se habían sentado.

- Más tarde, un amigo que me gustaba, Juan me dijo que si nos íbamos a vivir juntos, tendría unos dieciséis años por entonces, Juan se metía caballo y me aficioné al "chute"; un día le encontré muerto, pero antes me dejó unos gemelos preciosos. Yo seguí trabajando en la calle, él no hacía nada, yo me acostaba con quien me pagaba. Mi novio me pegaba cuando no traía dinero, cuando ya nadie quería acostarse conmigo por la tripa enorme me fui a un refugio de unas monjas, allí me quitaron a mis hijos, no les he vuelto a ver. Desde entonces prefiero mendigar. Y ahora te dejo, tengo que hablar con aquel chico, señalando a un punki encrestado que pasaba por la calle. Me dio las gracias y un beso para irse.

El de la cresta era un camello conocido, Dionisio se acercó a recoger las tazas y los cubiertos y dijo.

- Esto no lleva remedio, hay gente que solo sabe destrozar su vida. Ni se sabe para que nacen, son escoria.

No le respondí, quedé mirando la tele donde anunciaban un nuevo atentado en Bagdad; la señora del abrigo de visón se reía discretamente con su amiga. Un señor mayor tropezó con una banqueta de la barra y casi se cae, mientras unos niños pequeños deshacían un servilletero, a la par que sus madres despellejaban ajenas a alguna vecina.

Salí a la calle, hacía más frío, era posible que nevara. Me fui al trabajo.

Al día siguiente volví a tomar café, Dionisio se acercó, estaba nervioso, me dijo que si sabía lo que había pasado, le dije que no.

- La chica a la que invitaste ayer ha aparecido muerta en el portal de la óptica, tenía una jeringuilla al lado, debió ser por sobredosis. Mañana seguro que sale en los periódicos.

Me puso el café y pensé en Libertad, había muerto, pero todos aquellos imbéciles no sabían que la sobredosis no había sido de caballo sino de vida; tantas afrentas, tanta miseria, tanto horror no hay cuerpo ni mente que los soporte. En ocasiones, la vida es la droga más dura, no hay antídoto para su veneno.

Y aquel invierno tan frío nos quedamos sin Libertad, pero todo siguió más o menos igual. La señora del abrigo de visón siempre que pasaba a mi lado me miraba despectivamente, estoy seguro de que no tiene hijos, para que los necesita si tiene su abrigo tan bonito y tan caro, y seguro que no tiene más preocupaciones que criticar a los demás, esa afición a meterse en las vidas ajenas por aburrimiento, posiblemente porque nunca se atrevió a vivir la suya en plenitud, demasiado riesgo eso de vivir.

Aquí se acaba la historia, que se va haciendo tarde. Las vidas de los demás siempre nos parecen simples, pero son extraordinariamente complejas. Estamos acostumbrados a ver solo las sombras de la existencia ajena, así que cuando nos encontramos con un ser que vive descarnadamente, arrastrado por la corriente, nos inunda la sorpresa hasta dejarnos perplejos. Despertamos un instante del cotidiano discurrir de nuestros días, para volver inmediatamente a aletargarnos en el más de lo mismo. Cuanta razón llevaba el dramaturgo que equiparó la vida al sueño.

- Libertad, quieres dejar de una vez el cenicero, vas a terminar rompiendo la mesa.


Biante de Priena

sábado, 19 de enero de 2008

Gumer, el taxista pacense


Antes de que se forme por completo la gran tormenta electoral que nos vienen anunciando, quiero hablarles del ciudadano Gumersindo Palomares, más conocido como “Gumer”.

Este buen señor, pasea su mediana edad por las calles de Barcelona en un taxi. Llegó a Cataluña desde Badajoz, provincia profunda, allá por los años setenta, y se casó con una chica muy maja (por entonces) de nombre Montserrat, que provenía de Vich y estaba trabajando en una empresa textil del cinturón de la capital catalana.

Tuvieron dos hijos, Pedro y Joan; Pedro se alistó en el ejército profesional por qué no estudiaba mucho y prefería ir y venir por la vida recogiendo experiencias; hace dos meses, precisamente, ha regresado de Bosnia tras una estancia de seis meses. Joan, estudia tercero de telecomunicaciones en la UAB, tiene novia, Nuria, que trabaja en la Generalitat como administrativo. Joan y Nuria están viviendo juntos desde hace unos meses.

Gumer y Montse se está separando, cosas del nido vacío y del aburrimiento; Pedro y Joan, también se están separando, lo saben hace tiempo, desde que Pedro le dijo un día a su hermano algo así como: “a ti lo que te pasa es que la Nuria te ha comido el coco, ya se sabe que tiran más dos tetas que dos carretas”. A Joan no le gustó lo que le dijo su hermano, pero calló y se fue, y eso que siempre había tenido admiración por él.

Joan era más enclenque, y Pedro, dos años mayor que él, siempre le estuvo vigilando y protegiendo cuando tenía problemas, pero aquellos recuerdos de cuando le paraba los pies a los que le amenazaban gratuitamente en el colegio, entre otras cosas por qué estudiaba muy bien, ya se van olvidando. Joan tampoco entiende a su hermano, y piensa que el ejército le ha convertido en un inadaptado, que sueña con banderas e himnos, y otras cosas extravagantes. Ahora los hermanos se saludan y poco más. Hace más de dos años que no cruzan más de tres palabras.

En cierta ocasión, Pedro lloró delante de su hermano, una sola vez, cuando este le dijo que cada día entendía mejor a los nacionalistas, y que tenían tanto derecho como el que más a defender la independencia de su territorio y su cultura, su lengua y su forma de estar en la vida. Pedro lloró para no llegar a las manos, era su hermano, coño.

Las lágrimas de Pedro no eran por lo que decía su hermano, sino por qué se daba cuenta de que en ese momento se rompía la relación con uno de los seres humanos que más quería; en el fondo, Pedro era un sensible, más tierno que un espárrago, pero trataba de ocultarlo con lo del ejército y esas cosas del heroísmo.

En cierta ocasión, a Gumer le habían dicho en el colegio que Pedro era mucho más inteligente que Joan, pero que le perdía la pasión, las emociones, siempre se metía en todos los líos y había tenido numerosos problemas con los profesores cuando el consideraba que actuaban injustamente, a alguno llegó a amenazarlo. Siempre fue más violento, pero buena gente.

Pedro se quiere largar de Cataluña, no soporta la opresión del nacionalismo, de su hermano, de su cuñada, también de su madre. Gumer, que está a punto de jubilarse, le ha dicho que entre los dos pueden arreglar la casa de los abuelos, y en éllo andan. A él tampoco le gusta lo que está viendo y eso que el oficio de no quedarse quieto y recorrer las calles siempre le ha gustado, en realidad, nunca se ha sentido aceptado del todo por los catalanes, porque sabe que no se apellida como debiera, y cuando va a alguna ventanilla y da su nombre, percibe que si se apellidara Feliú seguro que le atenderían mejor. Pero es una impresión privada, que jamás ha compartido. Nunca ha aprendido formalmente catalán, pero lo entiende, aunque solo lo chapurrea.

Montse se lleva mejor con Joan, entre otras cosas porque se siente orgullosa de que utilice su apellido, Balcells, y de que vaya a ser ingeniero; se lleva muy bien con Nuria y se han planteado vivir los tres juntos por aquello del dinero, al menos durante una temporada. En su casa se habla exclusivamente en catalán, siempre en catalán, los tres conocen el castellano pero han renunciado a comunicarse en otra lengua que no sea el catalán. Pedro, no acaba de comprender a su madre, no entiende que lo que les separa sea cada día más fuerte que lo que les une.

A Gumer le importa un carajo lo de las naciones, él es de Badajoz y lo sabe, porque cada vez que regresa al pueblo se lo dicen, mira “el catalán” que bien se lo ha montado. Él se calla, para que va a decirles nada, para que va a discutir si ellos no entenderán nunca lo que es sentirse extranjero en tu propio país después de haber vivido más de treinta años en Barcelona. Gumer habla con Joan de todo lo que no les desune, ha desistido de hablar de lo que les une.

Gumer, que no es tonto, más bien sensible, como Pedro, no tuvo muchas oportunidades en la vida, pero conoce bien la calle, sabe respirarla, sabe que al igual que su familia se ha ido a la mierda por esas tonterías que se van acumulando en la vida, también se está yendo al cuerno la convivencia entre los españoles, sabe que la próxima generación de catalanes, los hijos de Joan y Nuria, sus nietos, ni siquiera sabrán que su abuelo era de Badajoz, ni falta que les hace.

El taxista pacense está jodido, piensa en sus hijos, Pedro y Joan, lo que más quiere en este mundo, mientras espera en un semáforo de La Diagonal, y nota que sus ojos se humedecen y que una de las pocas lágrimas que le quedan se desliza por su mejilla, y vuelve a sentir ese tironcillo en el corazón, que ahora ya ha dejado de preocuparle tanto, porque cada día le importa menos si su final está próximo o lejano. Uno se muere cuando los recuerdos cobran más valor que la propia vida, y Gumer, cada vez que piensa en el sentido de su existencia, se queda muy triste, porque no entiende nada, o mejor dicho, pasa de entenderlo. La luz verde y el claxon del que le sigue le despiertan del ensueño, el pasajero que ocupa el asiento trasero sigue leyendo "El Avui", sin inmutarse.


Biante de Priena

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