miércoles, 8 de abril de 2009

Barcelona Ouverta

Una semana en la metrópolis, obligado a mirar por la ventana reflexionando sobre la primavera, da para mucho. Hay cosas que son y cosas que no serán, por mucho que se empeñen los rentistas de la diferencia. A pesar del maltrato a que ha sometido la liga del tripartit a la cosmopolita cultura catalana, todavía se aprecia cierta brisa de aire fresco mediterráneo entre la calima del oportunismo, eso sí, cada día más escasa y rara.

No hay otro lugar que haya perdido más mixtificación en las riveras del Mare Nostrum del último siglo, para ahormarse a los intereses de los supuestos verdes de la cultura, que en realidad son pioneros del ostracismo más carpetovetónico y caciquil y especies en extinción en el ecosistema de la corrupción.

Barcelona exclusivamente en catalán es una merma, tal que comparar las imágenes en color natural con las de blanco y negro, el cine sonoro con el mudo; vamos, se queda parca y deformada la representación. Ese renunciar a Roma tan insólitamente catalán, denota temor al más allá y al más acá, algo que no ocurrió en los viajeros, pioneros y comerciantes de la edad media, que partían del noreste peninsular para abalanzarse en lo desconocido del mar o de la tierra.

Tanto exclusivismo blanco, autóctono, genuino y singular, en la lengua o la butifarra huele a miseria, a racismo de salón, a apropiación indebida, que quieren que les diga.

Verán ustedes, soy de los que piensa que Cataluña, y sobretodo Barcelona, son algo más que un club o una empresa de venta al por menor.

Barcelona es más española que la tortilla de patata. ¿De qué delirante bolsillo o caja fuerte ha podido surgir la memez de su diferencia, su distinción, su singularidad?. Pues evidentemente, no va a ser Zaragoza, Valencia, Madrid, o Bilbao, porque es Barcelona.

Un reto para los barceloneses del futuro es liberarse de los definidores, de los que dicen esto sí, esto no, de los memos papanatas que se suben a un taxi y hablan en catalán a un peruano, que también es un español de ultramar que ha venido buscando a Colón para saber donde comienza el mundo, no para contemplar la señal de dirección única que hay en la base del monumento al descubridor.


Erasmo de Salinas